Fin del Desierto de San José de la Isla

convento-el-desierto-1-1Creemos haber hecho una buena relación de lo que fue este famoso Convento, y para no alargarnos demasiado hemos omitido muchísimos detalles, como las envidias que provocó en su tiempo, las abundantes cosechas de la Vega, pues cuando era un arenal yermo hubo urgencia por venderlo y cuando comenzó a dar rendimiento “las apetencias se despertaron sobre ella”.

La vida del Desierto y su Convento estuvo suspendida en algunos períodos oscuros de la Historia española, como la exclaustración de 1809 que duró cuatro años y también restringida su actividad eremítica por la Constitución de 1820 “que casi acabó con él”.

Finalmente, el 18 de septiembre de 1834 los religiosos carmelitas que durante 115 años han permanecido y luchado por conservar su Santo Desierto se ven obligados a abandonarlo ante las presiones desamortizadoras del ministro Mendizábal.

Existe una carta del 9 de noviembre de 1822 del Ayuntamiento Constitucional de la Villa de Sestao (que ya se rige a sí misma) y otras de Portugalete y Barakaldo, que elogian la conducta edificante de los monjes del Desierto, como rúbrica honrosa de lo que este Convento representó para la comarca circunvecina.

Después de la marcha de los carmelitas, la guerra civil que ensangrentó a España ya desde 1833, provocada por la sucesión de Fernando VII entre Isabelinos y Carlistas a cuya herencia se creen acreedores cada uno de los dos bandos, convierte el Desierto en baluarte inexpugnable en manos de los liberales, desapareciendo bajo las fortificaciones levantadas la mayor parte del arbolado y edificios que componían el Convento.

El Real Decreto de 19 de febrero de 1837 y otros posteriores saca a subasta pública el Desierto, que queda adjudicado a don Juan García Baquero, vecino de Madrid y en 1879 la propiedad está en manos de la Compañía inglesa “Cantabrian”, que la cede a D. Francisco de las Rivas Ubieta, Marqués de Mudela quien la dedica al establecimiento de la fábrica de “San Francisco”.

Sobre lo que fue el Convento, hoy en la Campa del Carmen, se alza ahora la iglesia de airosas líneas de Nuestra Señora del Carmen que fue erigida en 1897 por D. José Martínez de las Rivas.

Nos queda por resaltar un pasaje de orden religioso que nosotros mismo hemos llegado a vivir por haber residido varios años de nuestra adolescencia en el bello marco del pueblo de Santurce Antiguo.

La imagen de la Virgen del Carmen que había presidido desde 1804 la Capilla pública que levantaron los monjes en sustitución  de la antigua ermita de San Nicolás, fue trasladada a Santurce en 1834 por Juan Simón San Pelayo, capitán de la Marina Mercante y práctico que era santurzano de rigen. En 1907 la Reina del Carmelo fue declarada solemnemente Patrona de Santurce y entronizada en el nicho central del altar mayor de la Parroquia de San Jorge.

Ante dicha imagen que tantas veces enfervorizó el ánimo de los santurzanos al ser paseada por las aguas de su Puerto exterior, nosotros tuvimos la dicha de ir formando nuestro espíritu de la Doctrina de Cristo, recibir por vez primera la Sagrada Comunión y presentar a la Reina del Carmelo nuestras cuitas juveniles. Por esto, nuestro corazón quedó desgarrado cuando unas manos sacrílegas rociaron con gasolina nuestra querida Parroquia de San Jorge y prendiendo la llama devastadora redujeron a cenizas la imagen bienhechora de nuestra Patrona, suceso que desgraciadamente me tocó vivir en el año 1937 y que tan fuerte impresión me causó que, aun hoy en día, sigo rezando sin interrupción un acto de desagravio que se compuso en aquella triste ocasión, después de 33 años de haber ocurrido tan lamentable circunstancia.

Aunque no hayamos podido ocultar nuestra condición de católicos, ya sabemos que no tenemos mérito excepcional para ser distinguidos por el Señor con favor especial, pero a nadie se le podrá ocultar que es curiosa coincidencia que nosotros que durante años adoramos a la bella imagen del Carmen ignorando su procedencia, loarnos a cumplir con el paso del tiempo la misión de explicar su origen y certificar su indigno final, así como enlazar el trabajo más importante de nuestra vida con el que sus hijos los Carmelitas Descalzos del Desierto practicaron en este pueblo de Sestao en que también es coincidencia llegásemos a nacer.

 

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