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	<title>Ezagutu Barakaldo &#187; 2010 &#187; mayo</title>
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		<title>La derecha en Barakaldo (1936-1939)</title>
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		<pubDate>Fri, 28 May 2010 04:53:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>

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		<description><![CDATA[4. La Guerra Civil En el capítulo anterior se ha analizado cómo los nacionalistas vascos se aventuraron a buscar un espacio de acuerdo con las izquierdas. El PNV se integró en el gobierno republicano y lideró la resistencia de la Vizcaya republicana desde el Gobierno autónomo aunque buena parte de la base nacionalista no comprendía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><a href="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Guerra-Civil-en-Barakaldo-2.jpg" class="floatbox" rev="group:1836 caption:`Guerra Civil en Barakaldo (2)`"><img class="alignleft size-medium wp-image-1837" title="Guerra Civil en Barakaldo (2)" src="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Guerra-Civil-en-Barakaldo-2-280x300.jpg" alt="" width="280" height="300" /></a>4. La Guerra Civil</strong></p>
<p>En el capítulo anterior se ha analizado cómo los nacionalistas vascos se aventuraron a buscar un espacio de acuerdo con las izquierdas. El PNV se integró en el gobierno republicano y lideró la resistencia de la Vizcaya republicana desde el Gobierno autónomo aunque buena parte de la base nacionalista no comprendía la alianza de su partido con republicanos, socialistas y comunistas.</p>
<p><strong>4.1.-El fracaso del Alzamiento y sus consecuencias.</strong></p>
<p>El pronunciamiento que había de dar inicio a la guerra civil fracasó en Bilbao al mantenerse fieles a la República los principales jefes de los cuerpos armados de la ciudad: el teniente coronel Joaquín Vidal Munarriz, al frente del batallón de la Montaña n.6 (Garellano), el teniente coronel Colina, jefe de la Guardia Civil, y el comandante Aizpuru, jefe de la Guardia de Asalto. De hecho, en Bilbao el pronunciamiento fue abortado antes de producirse.</p>
<p>Según el relato recogido por la Causa General, el jefe del movimiento en Vizcaya había de ser el comandante de artillería retirado Alejandro Velarde González. Este contaba con la opinión favorable al golpe de la oficialidad del Batallón de la Montaña n. 9 de Bilbao, también conocido como de Batallón de Garellano. En el interior del Batallón dirigía la conspiración el capitán de infantería Juan Ramos Mosqueda. Al no contar con los oficiales de mayor graduación ni con la Guardia Civil, toda la conspiración se centró en la sublevación del Cuartel de Basurto. Esta concentración facilitó sin duda la actuación de las autoridades fieles al gobierno. Ya la noche del 17 de julio se personó en el cuartel el jefe de la guardia municipal de Bilbao con la orden del gobernador civil de retirar 130 fusiles. La actitud golpista de la oficialidad quedaba ilustrada por la resistencia pasiva que ofreció a esta entrega; pero la lealtad a las autoridades republicanas del teniente coronel Vidal estaba fuera de duda. Incluso el informe relata que, ante la resistencia dilatoria de la oficialidad, el propio Vidal rompió los cristales de la vitrina donde se guardaban los fusiles con su bastón de mando.</p>
<p>Durante el día 18, “el ambiente en el cuartel era de nerviosismo e intranquilidad. Los comprometidos vigilaban al Teniente Coronel Vidal y éste vigilaba a sus  subordinados y daba noticias al Gobernador Civil”. Finalmente, la noche del 18 al 19 Vidal hizo detener a los cabecillas de la conspiración. Mientras tanto, el Gobernador Militar, coronel Piñerúa, se negaba a obedecer las órdenes de Pamplona que le instaban a declarar el Estado de Guerra y convocaba una reunión de los principales mandos militares. El Teniente Coronel Colina, jefe de la Guardia Civil, amenazó con atacar el Cuartel de Basurto con sus 800 guardias si el Batallón de Garellano se sublevaba. A esta intención se sumó el jefe de la Guardia de Asalto y el de Carabineros. Así, pues, en la noche del 18 al 19 de julio el Alzamiento en Vizcaya quedaba sentenciado.</p>
<p>En Bilbao, las autoridades republicanas dominaron la situación y retuvieron el control del poder. La mañana del día 19 las tropas desfilaban por la Gran Vía, mostrando su fidelidad a las autoridades republicanas, pero también el control de éstas sobre el orden público. El gobernador civil organizó la excepcionalidad en una Junta de Defensa que asumió el poder en la provincia e impidió el colapso del Estado republicano.</p>
<p><strong>4.2.- Las derechas ante el Alzamiento.</strong></p>
<p>La situación era muy distinta en el País Vasco y Navarra. En ambas zonas existía una derecha antirrepublicana sólidamente instalada y con importante arraigo popular. En Navarra la sublevación fue acompañada por un baño de masas tradicionalistas y en menor medida la situación se reprodujo en Alava. En Vizcaya, según el relato recogido por la Causa General, los dirigentes golpistas, el comandante de artillería retirado Alejandro Velarde González y el capitán de infantería Juan Ramos Mosqueda, mantuvieron diferentes reuniones con la derecha vizcaína, en las que ésta se comprometió plenamente con la preparación del golpe. Figuras como Areilza y Julio Serrano, por Renovación Española, José Valdés y Florencio Milicua, por Falange Española, y el Jefe Señorial de la Comunión Tradicionalista, Luis Lezama Leguizamón, marcan la diferencia con los personajes relativamente secundarios que constituían la trama civil en otros lugares y subrayan el compromiso de la derecha no nacionalista vizcaína con el derrocamiento militar del régimen republicano.</p>
<p>Para los militares conspiradores, esta implicación civil no era simplemente una cuestión de cobertura o colaboración ideológica; sino que respondía a una necesidad práctica de contar con hombres armados para el triunfo del movimiento. Los soldados acuartelados en Bilbao eran apenas 300 y el informe de la Causa General silencia muy significativamente cualquier contacto con la Guardia Civil, el cuerpo armado más numeroso en la provincia, y cuya actitud resultó finalmente determinante. En estas circunstancias, los grupos paramilitares que mantenían algunos partidos de la derecha constituían una ayuda no despreciable. Dado los escasos efectivos del resto de las fuerzas políticas implicadas, el peso principal en la organización civil del Alzamiento recayó sobre la Comunión Tradicionalista, un partido que contaba con numerosa militancia y un grupo paramilitar, el <em>requeté</em>. En las semanas previas al Alzamiento, la Comunión organizó sus fuerzas colocando sus efectivos bajo dirección de los militares conspiradores. Según el informe de la Causa General, el movimiento contaba con 3.000 requetés en la provincia, 1.500 de los cuales estaban preparados para actuar al primer llamamiento. En Bilbao se seleccionó a 490 que, junto a 250 jóvenes falangistas, habían de constituir el primer apoyo a la sublevación.</p>
<p>El papel de estos efectivos provocó disensiones entre los mandos golpistas. Frente a las pretensiones del comandante retirado Velarde de armar a los civiles en su totalidad y con anterioridad al pronunciamiento, el capitán Ramos hizo valer su criterio de supremacía militar reduciendo a doscientos los fusiles a entregar y retrasando esta entrega hasta después del golpe. Su plan consistía en concentrar discretamente a los civiles en Bilbao a la espera de que los sublevados se hicieran con el cuartel para poder tomar las armas. El resto de las fuerzas en la provincia había de esperar órdenes que llegarían por conducto de la Guardia Civil. La noche del 18 al 19 julio, estos civiles al mando de Velarde se concentraron en un piso de la Gran Vía, 60, a la espera de la orden para recoger las armas. La estéril espera se prolongó hasta la mañana, cuando el desfile de los cuerpos armados de la capital, Batallón de Garallano incluido, dejó claro que las autoridades republicanas controlaban la situación.</p>
<p>A diferencia de estos sectores de las derechas, el PNV no participó en la preparación del golpe. Con respecto al PNV, Ignacio Olabarri y Fernando de Meer enumeran las diferentes fuentes que hacen referencia a los contactos de los nacionalistas con los conspiradores. Sin embargo, las confidencias que Franco realizó al Cardenal Gomá acerca de la participación nacionalista en una de las primeras reuniones preparatorias constituyen la única evidencia que estas fuentes aportan.  Antonio Marquina, por su parte, se basa en la documentación del <em>Public Record </em>de Londres, para establecer que el diputado José Horn, jefe de la minoría nacionalista en las Cortes, se había comprometido en nombre del partido a apoyar al General Mola si se sublevaba contra la República. De la Granja añade que también el ex-diputado Telesforo Monzón mantuvo contactos con las fuerzas golpistas en Guipúzcoa, sin que llegase a ningún acuerdo; pero a la vez establece que “me parece indudable que el PNV no se hallaba implicado en la preparación del pronunciamiento militar, apoyado por la extrema derecha, de la que le separaba un abismo en 1936&#8243;. Tampoco la Causa General hace referencia alguna a la participación nacionalista en las reuniones preparatorias, ni siquiera en las primeras, cosa que no sería de extrañar aunque efectivamente se hubiera producido.</p>
<p>Así, pues, el PNV no participó en la conspiración, aunque conocía su preparación. En ausencia de más datos para concretar en qué grado disponía de información, el mero conocimiento de la conspiración, en realidad, no le sitúa demasiado lejos del resto de las fuerzas políticas españolas.</p>
<p>Ahora bien, esta inhibición ante la conspiración derivó hacia adscripciones contrarias tras el fracaso del golpe, aunque la postura final de cada una de las formaciones no fue automática. La inhibición ante conspiración anti-republicana no significa que el PNV tuviese clara qué actitud tomar una vez en marcha la sublevación.</p>
<p>No faltaron personalidades nacionalistas que inmediatamente proclamaron su fidelidad al gobierno legalmente establecido. Así, los diputados nacionalistas Irujo y Lasarte expresaron el mismo día 18 su compromiso con “la encarnación legítima de la soberanía representada en la República” en un comunicado que fue leído por Radio San Sebastián. Mas era ésta una opción personal, que mostraba la evolución ideológica de algunos dirigentes hacia las fórmulas liberales. La cuestión no estaba tan clara para el resto de los dirigentes del partido. Ese mismo día, el órgano supremo del PNV, el EBB, les desautorizó y decidió declararse neutral y permanecer a la expectativa. Redactó incluso una nota, que no llegó a publicarse por la intervención de Irujo, y se disolvió.</p>
<p>De hecho, el principal partido de Vizcaya y Guipúzcoa no expresó su opinión sobre los graves acontecimientos que se estaban produciendo hasta el día 19. Este día, <em>Euzkadi </em>publicó una nota en la que apoyaba al gobierno republicano. Esta nota no había de disolver, sin embargo, la ambigüedad nacionalista. La nota no iba firmada. Puesto que se publicó en el órgano oficial del partido, tradicionalmente se ha asignado su autoría al EBB, máximo órgano del partido. Pero de la Granja señala que el EBB no se reunió en Bilbao y que la nota fue elaborada por el BBB, el Consejo Regional de Vizcaya.</p>
<p>Representa, por tanto, solamente la postura de las autoridades vizcaínas del partido y, aún, sin firmar. En Guipúzcoa, el GBB decidió el día 20 apoyar a la República, no sin resistencias en su seno. Por el contrario, en Navarra el consejo regional publicó una nota en la que denunciaba que la nota publicada en <em>Euzkadi </em>no era una decisión del EBB y desmentía que el partido permaneciera fiel al bando republicano. El Consejo Regional de Álava, por su parte, decidió inhibirse y desautorizó la resistencia de varios nacionalistas; posteriormente publicó una nota en la que instaba a los nacionalistas a colaborar con los sublevados.</p>
<p>Los nacionalistas se sentían profundamente incómodos con una situación que les forzaba a optar entre dos bandos ante los que mantenían serias reticencias. Unos consideraban que el papel de los nacionalistas debía ser únicamente el de asegurar el orden; Luis Arana, el hermano de Sabino, y el grupo radical <em>Jagi-Jagi </em>defendían que el partido debía permanecer estrictamente neutral en un conflicto que afectaba a españoles y otros dirigentes defendían que el lugar del partido estaba con los sublevados en la defensa de la religión y contra la revolución. Sin duda, la postura más común debía ser la del presidente del Consejo Regional de Vizcaya, Ajuriaguerra, quien según sus propias declaraciones “tenía la esperanza de escuchar alguna noticia que nos aborrase el tener que tomar una decisión: que uno u otro bando ya hubiese ganado la partida”.</p>
<p>En realidad, más allá de los debates entre los dirigentes nacionalistas, la postura de los consejos regionales estuvo determinada por el resultado del golpe en cada provincia. De Pablo, Mees y Rodríguez apuntan que tras la nota del ABB hubo presiones militares y el ambiente de los cientos de <em>requetés </em>enardecidos en Pamplona no parecía dejar mucho margen de maniobra al Consejo Regional de Navarra.</p>
<p>Igualmente, la tardía declaración del GBB se produjo cuando las milicias de izquierda patrullaban ya por las calles de San Sebastián. Finalmente, no debe obviarse que la nota no firmada del BBB en <em>Euzkadi </em>apareció cuando la incógnita sobre el pronunciamiento en Bilbao ya se había despejado. Su publicación el día 19 coincidió con el desfile militar que ponía de manifiesto el control de la situación por el Gobernador Civil.</p>
<p>Dadas las vacilaciones y contradicciones de los nacionalistas, la comprensión de la actitud del PNV ante la guerra civil requiere retomar una vez más la tradicional tensión entre la radicalidad de sus principios y su práctica posibilista. Las vacilaciones ante la sublevación militar revelan que la evolución del nacionalismo vasco hacia posturas liberales o democráticas, aunque fuera en su versión cristiana, estaba lejos de haber desplazado de su horizonte ideológico el integrismo aranista. Como se intentó mostrar en el apartado anterior, esta evolución era resultado del posibilismo que presidió la actuación política del partido y de su gran versatilidad en el juego político. Sin embargo, las actitudes ante situaciones de crisis resultan mucho más reveladoras que las evoluciones en periodos de normalidad política. En la crisis abierta por la caída de la monarquía el PNV hizo frente común con la ultraderecha y cuando ésta dio un golpe de Estado dudaba por qué bando decidirse.</p>
<p>Esta indecisión no se derivaba únicamente de la percepción del conflicto como una lucha entre españoles. Este argumento podría sostenerse para una minoría de puristas alejados de la realidad política como Luis de Arana, pero para el resto de los dirigentes nacionalistas no podía ser más que una excusa para ocultar otra realidad. El carácter españolista de la sublevación dejaba poco lugar a dudas sobre las posibilidades de actuación política que su triunfo deparaba para los nacionalistas. El enfrentamiento entre españoles afectaba, pues, también, y mucho, a los nacionalistas. No puede sostenerse seriamente, por tanto, que las vacilaciones se derivaran de la cuestión nacional. Estas provenían de la pervivencia de la vieja síntesis integrista y antiliberal a pesar de la evolución vivida durante el periodo republicano. En realidad, a pesar de su españolismo, el bando sublevado resultaba atractivo para parte de los nacionalistas, o como mínimo, no menos atractivo que el republicano. La síntesis sabiniana, antiliberal, tradicionalista e integrista seguía pesando en el ánimo del partido mucho más de lo que su actuación en un marco de normalidad política hacía pensar. Era desde el arraigo de esta síntesis desde donde se planteaba una disyuntiva difícil de solucionar: ¿qué se correspondía en mayor grado con la idea sabiniana de Euzkadi, un marco republicano democrático en el que el partido podía actuar o un marco autoritario, tradicionalista e integrista, sin libertades políticas, pero que prometía una restauración de los principios más reaccionarios en materia religiosa, social y cultural?. Esta era la cuestión a la que el Partido no podía todavía responder en julio de 1936. Una vez resuelta la disyuntiva por la vía de los hechos consumados, el partido ya podía actuar. Cerrada la crisis, el posibilismo volvía a imponerse. De la misma manera que había dirigido las alianzas políticas del partido en los últimos años republicanos, la consecución del Estatuto selló el pacto del PNV con el bando republicano.</p>
<p>Sin embargo, como ya se defendió para los años republicanos, este desarrollo final no autoriza a afirmar que la consecución del Estatuto presidiera la actitud del PNV ante el pronunciamiento y la guerra. El Estatuto no era una preferencia de primer orden de los nacionalistas vascos. Su consecución no jugó un papel determinante en la evaluación de las crisis de 1931 y 1936. Las prioridades que se ponderaban eran otras y estaban relacionadas con la síntesis sabiniana. Sólo una vez cerradas las crisis, al margen de la actuación nacionalista en ambos casos, se reinstauraba el posibilismo y se abría la posibilidad de que el Estatuto pasara a ser el objetivo.</p>
<p>Derrotado el golpe en Guipúzcoa y Vizcaya, lo que no podía hacer el PNV era tomar a posteriori partido por los sublevados. Tampoco podía dejar de proclamar su fidelidad a la República sin pagar un coste previsiblemente alto. Lo que sí podía hacer era condicionar esa fidelidad al respeto de la legalidad e inhibirse del conflicto, que fue lo que realmente hizo. Durante los primeros meses de la guerra, la pasividad del PNV fue notable, limitándose a intentar mantener el orden. La presencia nacionalista en las Juntas de Defensa que gobernaron las provincias bajo poder republicano estaba muy por debajo de la que le hubiese correspondido en relación a su fuerza real. Los nacionalistas no participaron en la defensa de Guipúzcoa y, de hecho, se negaron a que sus milicias participaran en la batalla de Irún22. En realidad, las proposiciones que el bando sublevado dirigía al partido no pedían mucho más y, aunque nunca fueron atendidas, la pasividad del PNV a lo largo del verano satisfacía estas ofertas.</p>
<p>Fue necesario que la República ofreciera el Estatuto para que los nacionalistas abandonaran su inhibición. El tradicional posibilismo volvía a imponerse y sólo los recalcitrantes como Luis Arana o Angel Zabala se oponían a esta evolución, tal y como se opusieron en 1931. A mediados de septiembre Irujo entraba en el nuevo gobierno republicano y el 7 de octubre se constituía en Guernica el primer gobierno autónomo vasco. La alianza del PNV con la República quedaba sellada y desde ese momento los esfuerzos nacionalistas se concentraban en defender Vizcaya, el único territorio sobre el que el gobierno vasco podía ejercer sus competencias. La práctica independencia con que este gobierno actuaba dadas las condiciones de guerra y la confusión entre gobierno y partido abrían en la práctica un escenario más que tentador para los nacionalistas y reforzaron el compromiso <em>jeldike </em>en la lucha.</p>
<p>A pesar del compromiso personal de algunos dirigentes, entre ellos Aguirre, no debe olvidarse que los nacionalistas mantuvieron siempre una concepción propia de la guerra y que la alianza con el bando republicano era sólo el resultado de la satisfacción de una preferencia de segundo orden. Un cambio en estas condiciones podía hacerles volver a la inhibición anterior. Sólo esta premisa confiere lógica a la actuación nacionalista tras la caída de Vizcaya.</p>
<p>Ante el avance de las tropas nacionales los nacionalistas se negaron a destruir las instalaciones industriales permitiendo que el potencial industrial vizcaíno cayera en manos de los sublevados. Un mes después, tras unas complicadas, y fracasadas, negociaciones con los italianos, los nacionalistas rendían sin condiciones el ejército vasco, incluídos los batallones no nacionalistas, a las tropas nacionales en Santoña. Posteriormente, el gobierno vasco, ya sin territorio sobre el que gobernar, se trasladó</p>
<p>A Barcelona donde desarrolló su propia política bastante al margen de los objetivos del gobierno republicano. En realidad, las actuaciones del PNV durante la guerra sólo se entienden si se tiene en cuenta la prioridad perentoria necesidad de mantener en su seno a un partido católico y conservador que contrarrestara su imagen internacional anticlerical y revolucionaria.</p>
<p>Las consideraciones anteriores no cuestionan el hecho de que el PNV se alió con el bando republicano y que jugó un importante papel en la guerra civil.</p>
<p><strong>4.3.- Barakaldo en los primeros días de la guerra.</strong></p>
<p>En los primeros días de la guerra en Barakaldo el poder fue asumido, en sintonía con lo que ocurría en Vizcaya, por una Junta de Defensa. No se ha localizado documentación alguna sobre la composición o actuación de esta Junta. Sin embargo, podemos deducir el clima general a partir de las informaciones de la Causa General. Al igual que en otras zonas del bando republicano, los partidos políticos de izquierdas incautaron los locales de algunas asociaciones vinculadas al Alzamiento. Así, la CNT se hizo con el local de la Sociedad Tradicionalista, Izquierda Republicana con el de Acción Popular y el Partido Comunista con el del Centro Católico. Sin embargo, a diferencia del resto de la España republicana, no hubo ni revolución ni persecución religiosa. Antonio Rivera señala que los dos factores claves para explicar esta diferencia fueron el peso de una fuerza conservadora como el PNV y el control de la situación por parte del aparato del Estado. Desde la perspectiva que se ha venido manteniendo en este capítulo, la primera cuestión resulta relativamente secundaria. La hegemonía conservadora no impidió que en otras zonas republicanas se produjeran tanto la revolución como la persecución religiosa. El factor determinante fue el mantenimiento de los mecanismos de poder del Estado republicano, básicamente de los instrumentos de coerción, como ilustra el caso de Barakaldo.</p>
<p>Los primeros días de la guerra en Barakaldo no estuvieron exentos de conatos de persecución religiosa que podían haber desencadenado procesos similares a los que se vivía en el resto de la zona republicana. La mañana del 21 de julio, según el relato de J.L. Bastarrica, grupos de milicianos y un torrente humano que saltaba las tapias al grito de <em>¡los frailes!, ¡los frailes!,¡que tienen armas! </em>irrumpieron en el Colegio Salesiano. Sin embargo, los padres salesianos contaron con la pronta ayuda de las nuevas autoridades locales que podían imponerse sin dificultad sobre los asaltantes por dos razones que marcaban la diferencia con lo que estaba sucediendo en Vilanova: en primer lugar, contaban con la Guardia de Asalto y, en segundo, los asaltantes no disponían de armas. Este era el contexto que permitía que los voluntarios nacionalistas pudieran actuar añadiendo una protección más simbólica que real a los religiosos durante su traslado al ayuntamiento, donde permanecieron mientras duró el registro del colegio. No se encontraron armas y el propio alcalde, antiguo alumno del colegio, se disculpó ante el director y dispuso que los religiosos permanecieran a resguardo en las casas consistoriales. Durante la noche, los padres se dispersaron por varios domicilios particulares. El colegio fue incautado por los milicianos, anarquistas según Bastarrica, y en los días siguientes se multiplicaron los incidentes entre los salesianos que se aventuraban a salir de sus refugios y los milicianos que patrullaban las calles. Estos incidentes provocaron una reunión de la Junta de Defensa para definir la situación de los salesianos en la que, siempre según el relato de Bastarrica, se oyeron voces a favor de la ejecución de los religiosos en el propio colegio. El anhelo represivo contra los religiosos estaba, por tanto, presente en Barakaldo. La solución a esta tensión fue aportada por los nacionalistas, que venían velando por la seguridad salesiana desde la ocupación del colegio. El propio Aguirre envió un coche que en la noche del 4 de agosto condujo a los salesianos al Gobierno Civil. La gestión se había realizado a través de Pedro de Basaldúa, secretario de Aguirre y antiguo alumno del colegio. A partir de ese momento, los salesianos quedaron bajo la protección del partido nacionalista que gestionó su salida al extranjero; mientras eran alojados y atendidos por las <em>emakumes.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>4.4.- La represión de retaguardia</strong></p>
<p>A tenor de lo expuesto hasta el momento, no resulta extraño que la principal característica de la represión de retaguardia en Vizcaya en relación al resto de la zona republicana fuera su baja intensidad. Según los datos de la Causa General, el índice represivo en Vizcaya sería del 1,3‰ frente al, por ejemplo, 2,4‰ que puede calcularse a partir de los datos de Sole y Villarroya para la provincia de Barcelona42 y el 2,9‰ de Cataluña. Las 23 víctimas establecidas sobre una población 34.000 habitantes arrojas en Barakaldo un saldo represivo del 0,67 ‰. La represión en Barakaldo se sitúa casi a la mitad de la media de la provincia de Vizcaya.</p>
<p>Una segunda característica de la represión en Barakaldo y, por extensión en Vizcaya, es la baja incidencia de ejecuciones incontroladas en forma de <em>paseos</em>. El control de los cuerpos de seguridad por parte de las autoridades republicanas impidió que este tipo de represión <em>en caliente </em>alcanzara los índices del resto de la zona republicana. Sin embargo, la tensión entre las autoridades y los partidarios de esta represión <em>en caliente </em>fue permanente. Estos últimos lograron imponerse en tres ocasiones, tras bombardeos importantes sobre Bilbao, asaltando los centros de detención. Las víctimas de estos asaltos constituyen, como se verá, el grueso de la represión en Vizcaya.</p>
<p><em>La represión en Barakaldo</em></p>
<p>Para el caso de Barakaldo la fuente básica utilizada en el estudio de la represión en la retaguardia en Barakaldo es la Causa General. La obra de José Echeandía <em>La persecución roja en el País Vasco </em>de 1945 y el folleto editado por la Delegación Provincial de Excautivos de Vizcaya en 1946 titulado <em>In memoriam. Mártires de Vizcaya. Labor de una delegación51 </em>ofrecen también listados de víctimas. Se cuenta,<em> </em>además, con diferentes listados realizados por el ayuntamiento. A los problemas<em> </em>señalados para el caso de Vilanova, se añaden en Barakaldo las contradicciones de la<em> </em>Causa General que arroja saldos de víctimas dispares en sus diferentes piezas, además<em> </em>de incluir a fallecidos en febrero de 1936. Sin embargo, sí que se cuenta para Barakaldo<em> </em>con fuentes relativas a otros tipos de represión, concretamente varios sumarios, y las memorias inéditas del joven carlista Angel Basterrechea, prisionero durante la guerra.</p>
<p>En el mes de julio se produjeron en Barakaldo tres <em>paseos: </em>la de un conductor monárquico que apareció en la carretera de Santurce el día 22 de julio, la de un obrero calderero de Acción Popular encontrado en el calero de Santurce el 27 de julio, y la del antiguo líder de la Unión Patriótica y dirigente de la derecha monárquica Pedro Elías, asesinado en la carretera de Cabieces. Sólo esta última parece tener una funcionalidad política clara. La escasa significación de las otras dos víctimas parece remitirnos al complejo mundo de venganzas más o menos personales que caracterizó la represión descentralizada. Víctima de la ejecución directa murió también un militante carlista, pero en Orduña donde fue apresado por la Junta local después de haber huido de una prisión de Bilbao. Además del empleado asesinado en la retirada de junio de 1937, éstas son las únicas víctimas de <em>paseos </em>en Barakaldo. Se trata de una cifra realmente baja, si se tienen en cuenta, no sólo las circunstancias excepcionales, sino el hecho de que en Barakaldo existía una violencia política endémica en torno a grupos armados de los diferentes partidos que había dado lugar a tiroteos en el periodo republicano y había arrojado muertos en las elecciones de febrero de 1936.</p>
<p>Aparte de estos tres casos de represión descentralizada, la represión de retaguardia funcionaba en Barakaldo bajo el control de la Junta de Defensa local.</p>
<p>Durante el mes de julio se procedió a la detención de carlistas y dirigentes de la derecha que después de su paso por el ayuntamiento eran conducidos a Bilbao. La represión de las primeras semanas en Barakaldo parece tener, pues, con la excepción de los tres <em>paseos, </em>un carácter preventivo y se dirigía fundamentalmente contra aquellos sectores de las derechas que, como se señaló con anterioridad, se habían estado entrenando para apoyar al golpe de estado. Tampoco parece detectarse un especial ensañamiento con los detenidos por parte de la junta local a tenor de las memorias del carlista Angel Basterrechea, quien escribía que “con satisfacción hago constar que en los días transcurridos en la prisión provisional de Baracaldo, fuimos tratados con toda clase de consideraciones personales, por los milicianos encargados de nuestra custodia”.</p>
<p>Tras la estancia en Barakaldo, los presos eran conducidos a Bilbao y de ahí, dada la saturación de los centros de detención bilbaínos, muchos de ellos a los barcos prisiones anclados en la Ría, a la altura de Altos Hornos. Una vez en los barcos, la seguridad de los presos quedaba garantizada por el normal funcionamiento de las instituciones que hacía que cómo mínimo el <em>Altuna Mendi </em>estuviera custodiado por la Guardia Civil. Según las memorias de Basterrechea, el trato de la guardia civil era bueno, ya fuera por atención a sus funciones o por simpatía con los presos.</p>
<p>Sin embargo, existió siempre una tensión entre esta represión preventiva que ejercían las autoridades y los partidarios de la represión <em>en caliente </em>o directa. El resto de las víctimas de Barakaldo, y en general de Vizcaya, se produjo en los momentos puntuales en que las autoridades se vieron desbordadas por los segundos. La represión <em>en caliente </em>no operó en Vizcaya a través de los <em>paseos</em>, aunque los hubo, sino principalmente a través de los asaltos a los centros de detención como represalia por acciones de guerra enemigas. Esta circunstancia aporta algunos elementos de reflexión sobre la represión en otras zonas del territorio republicano. Ciertamente, la liberación de los presos y el colapso del Estado republicano permitió la actuación impune de elementos procedentes de los bajos fondos y la marginalidad, especialmente en las grandes ciudades. Sin embargo, no conviene exagerar su incidencia, puesto que en Vizcaya la práctica inexistencia de estos <em>incontrolados </em>no políticos no impidió episodios de represión <em>en caliente</em>. La misma consideración puede aplicarse a los <em>incontrolados</em> políticos, es decir, a los grupos armados de diferentes organizaciones que actuaban autónomamente. En Vizcaya, su papel fue asumido por los milicianos de los que, a pesar de no formar parte de un ejército regular y de las excepcionales circunstancias imperantes, no puede decirse que actuasen sin control alguno. La cuestión era que una buena parte de los hombres armados tras el fracaso del golpe de estado, incluyendo a sus dirigentes, estaban a favor de pasar por las armas a los sospechosos de simpatías con el enemigo Y, además, sus pretensiones encontraban un eco popular difícil de medir, pero no despreciable. La ausencia de autoridad y la posibilidad de fundirse en el anonimato facilitaba estos objetivos.</p>
<p>Los barcos-prisión fondeados en la Ría ilustran esta tensión. Según el relato de Angel Basterrechea, el <em>Altuna Mendi </em>fue ametrallado por grupos de milicianos desde la carretera ya en la segunda semana de agosto. El anhelo represivo se fue incrementado a medida que se iniciaban los primeros bombardeos de la aviación nacional sobre el área bilbaína. El 16 de agosto una incursión aérea incendió los depósitos de la CAMPSA en Santurce. Tras el bombardeo se congregó en los muelles una multitud que pedía la ejecución de los presos y que intentaba acceder a los barcos en gabarras. Todos estos intentos fueron contenidos por la Guardia Civil. La suerte de los presos cambió, sin embargo, cuando este cuerpo fue relevado y los milicianos pasaron a ocuparse de la custodia de los detenidos. Desde entonces se convirtió en práctica común el formar a los presos en cubierta cuando se producían bombardeos de Bilbao. Así las cosas, el bombardeo de Bilbao del 25 de septiembre iba a tener consecuencias trágicas. Acabado el bombardeo, de nuevo según la Causa General, “gran número de hombres y mujeres de la más baja calaña, se dirigieron vociferando hacia los muelles de la ría próximos a la factoría de Altos Hornos, a cuya altura se hallan fondeados los barcos <em>Altuna Mendi </em>y <em>Cabo Quilates </em>[...] Desde la orilla, los grupos vociferaban contra los presos e instaban a los guardianes, para que no dejaran a un preso sin vida, y algunos componentes de dichos grupos consiguieron entrar en los barcos a los que se trasladaron utilizando gabarras”. Durante la noche se desarrolló la matanza en los barcos-prisión que costó la vida a 41 presos del <em>Cabo Quilates </em>y a 29 del <em>Altuna Mendi</em>. La matanza se repitió el 2 de octubre cuando los marineros de <em>Jaime I </em>entraron en el <em>Cabo Quilates, </em>con un saldo de 38 muertos. Echeandia establece que en primer lugar los marineros se dirigieron al <em>Altuna Mendi </em>y que la guardia civil les impidió el acceso, pero el relato de Angel de Basterrechea, prisionero en el barco, no hace referencia a tal incidencia. Según la Causa General, las ejecuciones fueron iniciadas por los milicianos del barco y los marineros del <em>Jaime I </em>se añadieron a la matanza una vez empezada.</p>
<p>Del relato de Basterrechea, que nunca fue publicado, se desprende con claridad que la presencia de la Guardia Civil era clave para la seguridad de los presos. Un día después de esta segunda matanza, los últimos milicianos abandonaban el barco. Estas matanzas en los barcos-prisión provocaron casi el 17% de las víctimas de la represión en Vizcaya, y el 52% de las de Barakaldo. El mismo día 25 de septiembre se produjo también la <em>saca </em>de la cárcel de Durango de 23 presos de filiación tradicionalista que fueron fusilados en el cementerio. El 26, la cárcel instalada en las escuelas de Urbínaga en Sestao fue asaltada y resultaron muertos seis presos. Este asalto se repitió en 26 de octubre con un saldo de cuatro muertos, entre ellos dos <em>requetés </em>barakaldeses.</p>
<p>Con la estela de estas matanzas se iniciaba la gestión del gobierno vasco autónomo. El encauzamiento de la represión a través de los tribunales de justicia había sido una de las preocupaciones de los nacionalistas desde el inicio de la guerra. El nombramiento de Monzón como consejero de Gobernación, que ya había dimitido de ese mismo cargo en la Junta de Guipúzcoa en protesta por las matanzas de presos, dejaba claro que el nuevo gobierno tenía como una de sus prioridades la seguridad de los detenidos. De hecho, Monzón mantuvo el control de la situación durante el resto de la guerra, con la excepción de los sucesos del 4 de enero de 1937. En esta fecha, un nuevo bombardeo sobre Bilbao de la aviación nacional desencadenó un asalto a las cárceles de la capital. Según el informe del fiscal de la Causa General participaron en estas matanzas batallones uniformados y gran número de paisanos, entre ellos, “muchas mujeres que incitaban con verdadero odio y rencor incontenidos, al asesinato”. El folleto de la Delegación de Excautivos habla de cerca de 300 muertos en estas matanzas. Echeandía establece nueve muertos en El Carmelo, 53 en La Galera, 109 en Los Angeles Custodios y 56 en Larrinaga, en total 227 víctimas de los asaltos a los centros de detención bilbaínos. La Causa General no cuantifica las víctimas, pero de sus propios datos puede deducirse que las víctimas oscilaron entre las 240 y las 250, cifra que supondría el 40% de las víctimas de Vizcaya.</p>
<p>Con estas matanzas se cerró la secuencia represiva por lo que a Barakaldo respecta, y en general para Vizcaya, hasta los días de la retirada de las fuerzas republicanas. El día de la entrada de las tropas nacionales en Barakaldo se encontró cerca de su domicilio el cadáver con cinco balas en la cabeza de un empleado de 66 años, que el estadillo de la Causa General califica de monárquico, pero que según su viuda en la declaración personal carecía de filiación política. También en otras localidades de Vizcaya se registraron asesinatos en la retirada. En Vedia un matrimonio y su hija aparecieron carbonizados entre las ruinas de su casa, tras la evacuación del pueblo. Igualmente, los cuatro hermanos Zubiría Somonte, más la esposa de uno de ellos y la institutriz a su servicio, fueron asesinados en Las Arenas pocas horas antes de la entrada de las tropas nacionales. Esta última oleada represiva, fruto del despecho, supone un salto cualitativo por cuanto se dirige a familias completas y afecta como mínimo a cuatro de las nueve mujeres que, según la Causa General, fueron víctimas de la represión de retaguardia.</p>
<p>En resumen, el balance represivo en Vizcaya muestra la tensión existente entre las autoridades (tanto las republicanas como las nacionalistas) y los partidarios de las ejecuciones directas de los presos que se impusieron en tres momentos puntuales. Según la Causa General, 356 personas (55,2%) murieron en estos asaltos a los barcos y las prisiones, mientras que sólo 20 (3,1%) habrían sido ejecutadas de sentencias dictadas por los Tribunales. Del 41% restante cabe deducir que murió a consecuencia de <em>paseos</em>, tanto en Vizcaya como fuera de ella, o de otras medidas de la justicia de guerra. En el caso de Barakaldo, tal como ilustra el cuadro adjunto, los cuatro episodios de asaltos le costaron la vida a más de tres cuartas partes de las víctimas.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>4.5.- Análisis de las víctimas de la represión.</strong></p>
<p>El establecimiento de la lógica de esta represión necesita de la abstracción de la casuística y el establecimiento para cada víctima de la razón o razones fundamentales que los habrían provocado. Sin embargo, en localidades relativamente pequeñas las oposiciones ideológicas o económicas formaban parte de un todo inseparable de las relaciones de conocimiento, deferencia, vecindad o parentesco. De aquí que la asignación de una propiedad causal a la víctima se convierta en compleja y meramente aproximativa a los motivos reales de los represores para llevar a término sus acciones, único nivel explicativo relevante. Posicionamiento político, actividad católica, actuaciones no necesariamente políticas o talante personal constituyen posibles motivos de la represión, cuya jerarquización se complica todavía más por el desconocimiento de la situación real del grupo susceptible de ser represaliado. Dado que las declaraciones de la Causa General no recogen las vicisitudes de todo este espectro y que parte de los que declararon tendían a magnificarlas, no se sabe quién se encontraba realmente a merced de la represión y quién estaba escondido. Además, sólo para Barakaldo se dispone de información de actuaciones represivas que no desembocaran en la muerte.</p>
<p>A pesar de ello, el análisis de las víctimas desde diferentes criterios permite como mínimo para establecer las condiciones necesarias de la represión, aunque no las suficientes, y de ahí la lógica de ésta.</p>
<p><em>Perfil socio-profesional</em></p>
<p>En contraste con otros lugares, en el País Vasco no existió una persecución generalizada del clero, se respetaron los edificios religiosos y el culto continuó practicándose con normalidad. Aún así, 59 religiosos que cayeron víctimas de la represión en el País Vasco republicano, 44 de ellos en Vizcaya según la Causa General.</p>
<p>Esto supone un 8,68% de las víctimas es esta provincia.</p>
<p>En Barakaldo, el coadjutor de San Vicente fue asesinado en la segunda matanza del <em>Cabo Quilates </em>y un párroco de la diócesis de Burgo de Osma apareció asesinado dos semanas antes en la carretera del Regato. La existencia de opciones de la ultraderecha con sólidas bases populares, como los carlistas, arroja una presencia mayor de las clases bajas entre las víctimas de la represión, concretamente un 30,43% del total y un 33,33% de los no religiosos o fuerzas del orden. A pesar de esta incidencia, el grupo más afectado con diferencia fue el de los empleados. El 52% del total de las víctimas pertenecían a este grupo social que en Barakaldo había actuado como la columna vertebral de las opciones de la derecha no nacionalista. Los ingenieros, otro pilar de la política local, constituyen el único grupo de las clases altas afectado.</p>
<p>Este mero repaso al peso de los distintos grupos sociales entre las víctimas permite establecer el carácter clasista de la represión, pero su incidencia real no puede constarse si no se tiene en cuenta la muy desigual presencia de cada grupo en el conjunto de la población. El 3% de las personas que declaraban profesiones clasificables en las clases altas murieron víctimas de la represión en Barakaldo (el 20% de los ingenieros). En contraste, sólo el 0,09% de las clases bajas se vieron afectadas.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Perfil político</em></p>
<p>Tras la guerra, las declaraciones de los familiares de las víctimas de la represión tendieron a adscribirlas a las opciones políticas vencederas. En Barakaldo esta magnificación en la Causa General de las opciones vencedoras en la guerra resulta menos problemática. En la medida en que la represión no afectó a la derecha nacionalista desaparecía el ocultamiento por parte de los familiares de la filiación política de las víctimas. Posiblemente los falangistas aparezcan sobrerrepresentados, pero esta distorsión no parece afectar a las dos grandes tradiciones existentes en el seno de la derecha no nacionalista barakaldesa: de un lado, los tradicionalistas y, de otro, los monárquicos, desgajados a esas alturas en diferentes etiquetas.</p>
<p>Para el caso de Barakaldo, el mantenimiento del orden republicano permite disponer de listados de detenidos y su proceso. Así, pues, es posible realizar un análisis de la lógica política de represión no centrada exclusivamente en las víctimas mortales.</p>
<p>51 personas de Barakaldo estuvieron encarceladas durante los 11 meses que duró la guerra y 25 sufrieron prisión preventiva. A principios de 1937 el Tribunal Popular de Euzkadi se hizo cargo de estos casos. Casi una tercera parte de los detenidos eran carlistas. Si se cifra la militancia carlista en la localidad alrededor de un centenar de hombres, esto supone que casi un 25% de los carlistas barakaldeses fueron detenidos y, destacadamente, sus dirigentes, como permite constatar el análisis de las juntas de la Sociedad Tradicionalista.</p>
<p>La represión afectó prácticamente a la totalidad de la junta tradicionalista de 1936. El secretario y el tesorero se encuentran entre las víctimas mortales, el contador y dos vocales pasaron en prisión los 11 meses de guerra y otro vocal sufrió prisión preventiva. Curiosamente, escaparon a esta represión el presidente y el vicepresidente.</p>
<p>El primero, José M. de Llaneza, había huido, y el segundo aparece entre los encausados, pero no entre los detenidos. Según su declaración, se dio de baja en febrero, cuando el carlismo no aceptó el resultado electoral y comenzaron los preparativos para el Alzamiento. Contaba, además, a su favor con un informe favorable de Acción Vasca Autónoma que ratificaba su versión y destacaba su comprensión y actuación social en los jurados mixtos.</p>
<p>La junta de 1935 no se vio tan afectada en cuanto a la extensión de la represión, pero sí en la intensidad. No tenemos constancia de que dos de sus miembros fuesen ni siquiera encausados, otros dos lo fueron sin que conste detención, pero, en cambio, el vicepresidente y un vocal fueron ejecutados en los barcos prisión. No hay víctimas mortales entre los miembros de la junta de 1934, pero el presidente, el vicepresidente y un vocal pasaron la guerra en prisión; el tesorero sufrió prisión preventiva. En la junta de 1933, sin contar a las personas que hemos nombrando en juntas posteriores, encontramos a tres encarcelados, tres en prisión preventiva y un encausado.</p>
<p>En el caso de los carlistas, por tanto, las detenciones tenían una clara funcionalidad política y afectaron a sus dirigentes, disminuyendo a medida que se retrocede hacia juntas anteriores a 1936. Junto a estos dirigentes, se encuentran entre los detenidos bastantes militantes jóvenes que presumiblemente debían de formar parte del <em>requeté </em>o participar en los grupos de choque callejeros, como Maximinio López, que ya había sido detenido con una pistola en las elecciones de febrero.</p>
<p>Aunque no existió persecución religiosa en el sentido del resto de la zona republicana, la estrecha vinculación de muchos religiosos a la ultraderecha, especialmente al tradicionalismo, les perfilaba como acreedores de este tipo de medidas represivas. En Barakaldo, tres sacerdotes Paúles fueron detenidos el 16 de agosto por miembros de las patrullas locales, siendo liberados dos horas después. De nuevo, los padres Paúles fueron detenidos el 5 de febrero de 1937, pero esta vez por el Director y Subdirector de Orden Público de Bilbao y ya en el periodo de gobierno autónomo.</p>
<p>Fueron encausados por escuchar Radio Nacional y por ayudar al carlista José Luis Arce a pasar a la zona nacional. Una sentencia del Tribunal Popular de Euzkadi condenó a uno de ellos a 14 años y ocho meses de cárcel y liberó al resto el 18 de mayo. Por otro lado, los dos coadjutores de la parroquia de San Vicente fueron detenidos en el verano de 1936 y, como ya se indicó, uno de ellos encontró la muerte en la segunda matanza en el <em>Cabo Quilates</em>.</p>
<p>Sin embargo, con la excepción de este asesinato y la sentencia contra el padre Paúl, la represión no se dirigió contra los religiosos ni contra los católicos. Un análisis de las juntas de diferentes organismos católicos revela que sólo sufrieron la represión aquéllas personas que, además de participar en el asociacionismo católico, tenían una militancia política. Entre los miembros de las juntas de 1931 y 1933 del Sindicato Católico Siderúrgico se produjo un encarcelamiento durante los 11 meses de guerra, pero de un dirigente carlista, y una prisión preventiva, pero de un miembro fundador de Acción Popular. Entre los dirigentes del Centro Católico Obrero se constata otro encarcelamiento durante toda la guerra, pero de un dirigente carlista, y el único caso de prisión preventiva para una persona de la que no se tiene constancia de militancia al margen de la católica, concretamente el presidente en 1932 de la Congregación de María Inmaculada. De entre los dirigentes de la Asociación de Antiguos Alumnos Salesianos sufrió prisión su presidente, que era también miembro fundador de Acción Popular, y el bibliotecario, cuya militancia se desconoce. La represión de retaguardia en Barakaldo pues, no se dirigió contra los católicos y sólo les afectó en la medida en que compartían dirigentes con la derecha local no nacionalista.</p>
<p>Además del carlismo, ya analizado, la militancia política de los católicos represaliados era Acción Popular. En el caso de esta formación no se dispone de la composición de sus juntas, pero sí del listado de fundadores en 1933. En total, 14 personas sobre las que represión de retaguardia se abatió con muy distinta intensidad.</p>
<p>De 10 de ellas no se tiene constancia de que fuesen detenidas, dos sufrieron prisión preventiva, una pasó la guerra en prisión y su presidente, José M. Basaldúa, murió en la segunda matanza del <em>Cabo Quilates</em>.</p>
<p>De lo anterior puede concluirse que un tercio de las detenciones de retaguardia se practicaron sobre los carlistas, que no afectaron a los católicos, y poco a Acción Popular. La cuestión, entonces, es determinar quiénes eran y por qué fueron detenidos los dos tercios restantes de la muestra que estamos analizando.</p>
<p>Los tribunales de guerra hacen referencia a estas personas con el genérico calificativo de <em>derechas</em>. Después de la guerra se les engloba bajo el epígrafe de <em>monárquicos</em>. El problema radica en que, al no contar la derecha monárquica con una estructura asociativa similar a la del resto de las fuerzas políticas durante la República, la mayoría de estos nombres resultan absolutamente desconocidos. El vaciado de la actividad política y asociativa de los años republicanos no ofrece ninguna información sobre ellos. Tampoco un análisis desde la actividad profesional arroja una caracterización definida de este grupo. El grupo profesional más numeroso de entre los encarcelados <em>de derechas </em>era el de los jornaleros, mientras que empleados y comerciantes suponían poco más del 35%.</p>
<p>En resumen, pues, las detenciones de retaguardia se dirigían contra los dirigentes carlistas y contra los monárquicos, evitando a los católicos en la medida en que no participaban en la actividad política y asociativa de estos grupos. De los detenidos carlistas, que representaban un tercio del total, se sabe que mayoritariamente eran dirigentes; de los detenidos de <em>derechas </em>o monárquicos se desconoce su significación política, pero se ha establecido que no son un grupo homogéneo socialmente.</p>
<p>La siguiente cuestión a analizar es si la represión que acabó en muertes respondía a esta misma lógica. El cuadro adjunto muestra a las claras que esto no era así. Los carlistas barakaldeses eran mucho más numerosos entre las víctimas mortales que entre los detenidos. Esta opción política agrupa a más de la mitad de las víctimas. Siguen a bastante distancia los monárquicos, que representan casi el 20% de las víctimas mortales, a pesar de ser el grupo más numeroso entre los detenidos, y después, falangistas y miembros o simpatizantes de Acción Popular.</p>
<p>Este desajuste entre detenidos y víctimas mortales indica que ambos tipos de represión seguían lógicas distintas. Las matanzas a bordo de los barcos-prisión, que provocaron más de la mitad de las víctimas barakaldesas, no fueron, por tanto, aleatorias, puesto que de ser así se hubiera tendido a mantener la proporción existente entre los detenidos. Por el contrario, la selección de las víctimas mortales se realizaba a bordo siguió criterios sensiblemente diferentes a los utilizados para la detención. En primer lugar, destaca la abundancia de carlistas, la mitad de los barakaldeses ejecutados en los barcos. En segundo, la significación política de las víctimas. Además de tres dirigentes carlistas, fueron víctimas de estas matanzas el presidente de Acción Popular y el destacado ultraderechista Emilio Rojí, antiguo upetista y falangista según la Causa General en el momento de su muerte72, además de un sacerdote. Se trata, en definitiva, de la misma lógica que subyacía al <em>paseo </em>del dirigente monárquico Pedro Elías. Si las detenciones parecían tener un carácter preventivo y afectaban a un amplio espectro de las derechas locales no nacionalistas, los asesinatos se dirigían contra personajes destacados de la derecha local, y especialmente contra sus miembros más activos en la lucha callejera, los carlistas y falangistas.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Edad</em></p>
<p>En la localidad vicaína, la edad media se situaba en torno a los 30 años, con un mínimo de 21 y un máximo de 66. Por filiación política, las víctimas monárquicas eran como media mayores que las del resto de los grupos políticos. Este dato es congruente con la caracterización realizada con anterioridad del grupo monárquico como personajes más relevantes socialmente que el resto de los represaliados. La juventud de carlistas y falangistas, por su parte, respondería a la elevada presencia en esos grupos de jóvenes combativos pertenecientes al <em>requeté </em>o a los grupos de acción de Falange.</p>
<p><strong>4.6.- La normalización institucional</strong></p>
<p>Tras la dispersión de poderes que había caracterizado al bando republicano durante el verano, la centralización y la institucionalización fueron afirmándose a lo largo del otoño.</p>
<p>La derecha nacionalista no sólo se había integrado en septiembre en el gobierno de Largo Caballero, sino que, tras la aprobación del Estatuto Vasco en octubre, pasaba a protagonizar la política del nuevo gobierno vasco. De manera similar a lo que había sucedido en Cataluña, el Departamento de Gobernación del Gobierno de Euzkadi publicó el 16 de noviembre de 1936 un Decreto por el que disolvía las Juntas de Defensa locales y traspasaba todas sus funciones a los ayuntamientos. Se restauraba así a los concejales electos en 1931, con la excepción de aquéllos que habían sido destituidos a lo largo del verano. En el caso de Barakaldo, los destituidos habían sido los concejales de la derecha no nacionalista (católicos independientes y los republicanos radicales). Sus vacantes habían de cubrirse con concejales propuestos por el Frente Popular y el PNV, en proporción a los votos obtenidos por estas formaciones en las elecciones de febrero de 1936.</p>
<p>Esta fórmula permitía adecuar en parte la composición municipal a la correlación de fuerzas existente con anterioridad al estallido de la guerra, corrigiendo una representación municipal que permanecía inalterable desde 1931 a pesar de los avatares políticos vividos en el País Vasco en los años republicanos. Además, en el conjunto de Vizcaya, favorecía notablemente a los nacionalistas, vencedores en estas últimas elecciones. En Barakaldo, los nuevos nombramientos reequilibraban drásticamente la correlación de fuerzas en el ayuntamiento74. Los socialistas pasaban de siete concejales a 11 y entraban en el ayuntamiento nuevas fuerzas como el PCE con dos regidores e Izquierda Republicana y Unión Republicana, con uno respectivamente. En total, 15 regidores para el centro-izquierda no nacionalista. Mucho más beneficiado salía el PNV que pasaba de cuatro a 10 regidores. Permanecían en sus puestos los antiguos concejales de ANV que poco antes de la guerra se habían escindido para fundar Acción Vasca Autónoma. Con ello, el sector nacionalista contaba con 14 regidores. A ellos se añadía el concejal que le correspondía nombrar a ANV, de adscripción nacionalista, pero nombrado dentro del cupo correspondiente al Frente Popular.</p>
<p>Esta línea divisoria entre nacionalistas y no nacionalistas marcó las votaciones para la constitución del nuevo ayuntamiento. En ausencia de Luis de Urcullu, de AVA, la votación para alcalde confirmaba al socialista Eustaquio Cañas, alcalde desde marzo, por 15 votos a favor y 14 en blanco. Sin embargo, al no obtenerse mayoría absoluta, se entabló una discusión sobre si la votación debía repetirse en la misma sesión o en la siguiente, según se siguiese la ley de 1877 o la de 1935. La propuesta de una nueva sesión fue defendida por Acción Vasca Autónoma y secundada por el PNV. Finalmente, el concejal de ANV dio por zanjada la cuestión al sumar su voto a los de la izquierda, permitiendo que se procediera la inmediata repetición de la votación.</p>
<p>Con la abstención de cada bloque cuando el elegido pertenecía al bando opuesto, los socialistas obtuvieron la alcaldía y la primera tenencia, el PNV la segunda, y el PCE, ANV, IR y UR, se hicieron cargo respectivamente de la tercera, cuarta, quinta y sexta. Una séptima tenencia en poder de los socialistas subrayaba la hegemonía de esta fuerza política. Quedó configurado así un equipo de gobierno de concentración en el que se integraban todas las fuerzas políticas, con la excepción de AVA, y en el que las fuerzas no nacionalistas eran hegemónicas. El PNV sólo tenía una de las tenencias (la 2ª) y los concejales escindidos de ANV abandonaban el equipo de gobierno, en el que habían estado desde 1931. En la siguiente sesión el PNV renunciaba a la segunda tenencia “sin que esto suponga ninguna clase de obstrucción”. La elección de un socialista para ocupar la vacante dejaba íntegramente el gobierno local en manos las izquierdas no nacionalistas, con una destacada hegemonía socialista.</p>
<p>El PNV en Barakaldo, por tanto, preferían no participar en un grupo de gobierno en el que tenían poca capacidad de influencia. Eso no significa, sin embargo, que los nacionalistas barakaldeses se inhibiesen a la manera en que lo había hecho el nacionalismo hasta la formación del gobierno vasco. La insistencia en la cuestión formal en la sesión de constitución, a pesar de la premura que imponía la situación de guerra según los socialistas, revela que pretendían hacerse con el gobierno de la localidad. Su estrategia política se centraba en la formación de un frente nacionalista con los concejales de AVA, escindidos de ANV, y el nuevo concejal de esta formación. Reeditaban, así, la estrategia que habían seguido en los meses anteriores a la guerra. Contaban para ello con la disposición de los antiguos concejales de ANV, que precisamente habían sido expulsados de la formación por ese pacto, aunque no fueron seguidos hasta el final por el nuevo concejal de ANV. El compromiso nacionalista con la nueva situación se puede medir también por las características de sus nuevos concejales. La notable ampliación del grupo nacionalista llevaba al ayuntamiento a una representación del entramado institucional nacionalista en la localidad. Entre los recién nombrados figuraban el presidente del Batzoki de Barakaldo en 1934, el presidente del Batzoki del Regato de este mismo año, a un antiguo presidente de STV y vocal de la Junta Municipal y a un dirigente solidario, además del hijo de uno de los primeros.</p>
<p>Antonio Fco. Canales Serrano</p>
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		<title>El Mayorazgo de CORRALA</title>
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		<pubDate>Tue, 25 May 2010 05:04:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[Mayorazgo de CORRALA EN BARAKALDO Propiedades del mayorazgo. La casería de Corrala Propietarios. La casería del Corral o Corrala estaba situada en el barrio de Landaburu. A comienzos del siglo XVII era propiedad de Teresa del Corral casada con Tomás de Careaga. Heredera de los anteriores fue María de Careaga, que casó con Pedro de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Plaza-Bide-Onera.jpg" class="floatbox" rev="group:1831 caption:`Plaza Bide Onera`"><img class="alignleft size-medium wp-image-1832" title="Plaza Bide Onera" src="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Plaza-Bide-Onera-300x189.jpg" alt="" width="250" height="157" /></a>Mayorazgo de CORRALA</p>
<p><em>EN BARAKALDO</em></p>
<p>Propiedades del mayorazgo.</p>
<ul>
<li>La casería de Corrala</li>
</ul>
<p>Propietarios.</p>
<p>La casería del Corral o Corrala estaba situada en el barrio de Landaburu. A comienzos del siglo XVII era propiedad de Teresa del Corral casada con Tomás de Careaga.</p>
<p>Heredera de los anteriores fue María de Careaga, que casó con Pedro de Retola. De este matrimonio nació Francisca de Retola, a quien también encontramos en algunos documentos citada como Francisca del Corral.</p>
<p>Francisca casó en dos ocasiones. Contrajo primeras nupcias con Domingo de Loizaga y, fallecido éste, contrajo nuevo matrimonio en el año 1647 con Sebastián de Uraga, hijo de Andrés de Uraga y María de Retuerto. En el contrato matrimonial Francisca es dotada por su madre, María de Careaga, con la casería del Corral. <sup>139</sup></p>
<p>Del matrimonio Uraga-Retola nació Juan Ramos de Uraga.</p>
<p>La casería del Corral acabó en poder del mayorazgo de Beurco­Larrea.</p>
<p>En 1776 su dueño José Ramón de Echabarri decía de esta casa que estaba inhabitable y que ya no servía ni para tener inquilinos, por lo que es lógico suponer que desaparecería en estas fechas.</p>
<p>Gregorio Bañales</p>
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		<title>La derecha en Barakaldo (1923-1931)</title>
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		<pubDate>Fri, 21 May 2010 05:09:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[La Dictadura de Primo de Rivera. El golpe de Estado de Primo de Rivera cerraba de manera autoritaria la descomposición política y social de la Restauración. En 1923, el desmantelamiento del Estado liberal parecía para buena parte de las clases dominantes en España un paso previo para establecer una nueva dinámica capaz a la vez [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><a href="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Altos-Hornos-4.jpg" class="floatbox" rev="group:1827 caption:`Altos Hornos 4`"><img class="alignleft size-medium wp-image-1828" title="Altos Hornos 4" src="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Altos-Hornos-4-300x222.jpg" alt="" width="260" height="192" /></a>La Dictadura de Primo de Rivera.</strong></p>
<p>El golpe de Estado de Primo de Rivera cerraba de manera autoritaria la descomposición política y social de la Restauración. En 1923, el desmantelamiento del Estado liberal parecía para buena parte de las clases dominantes en España un paso previo para establecer una nueva dinámica capaz a la vez de regenerar la vida política al forjar un nuevo consenso conservador y de frenar o reconducir las reivindicaciones populares que cuestionaban su dominio. Sin embargo, este acuerdo básico distaba mucho de ser ampliado a aspectos fundamentales como la duración de las medidas excepcionales, el sentido y concreción de la <em>regeneración </em>y, especialmente, los sectores políticos y sociales que se iban a ver favorecidos por la nueva situación.</p>
<p>Las dificultades para alcanzar una solución estable eran grandes, especialmente a la hora de solucionar el encaje de las reivindicaciones autonomistas o nacionalistas.</p>
<p>En el País Vasco bastó la supresión de las libertades y el cierre de los batzokis para desactivar al nacionalismo vasco. Sin posibilidad de movilización electoral y sin tejido asociativo, un movimiento desde fuera del sistema como era el nacionalismo vasco no podía hacer gran cosa, a no ser que optara por la insurgencia, estrategia que ni los aberrianos estaban dispuestos a desarrollar.</p>
<p><strong>2.1.- Las derechas locales tras el Golpe de Estado.</strong></p>
<p>En Barakaldo, la Tercera Asamblea de Cooperadores Salesiana, presidida por el cura párroco, dirigía un escrito al ayuntamiento en febrero de 1924 que no dejaba lugar a dudas sobre su pretensión de aprovechar el giro autoritario introducido por la Dictadura, muy positivamente valorado, para imponer sus objetivos. Así, “persuadidos de que habremos cumplido con un sacratísimo deber de ciudadanía, é interpretando los grandes anhelos de nuestros gobernantes que afortunadamente hoy nos rigen, anhelos que empiezan ya a cristalizar con la realidad de los hechos hacia la consecución de una verdadera regeneración social,” las autoridades eclesiásticas locales exponían al Ayuntamiento sus conclusiones sobre la moral pública para que éste las hiciera cumplir “poniendo en práctica <em>los admirables resortes que las leyes ponen a su alcance</em>”. Las medidas propuestas se referían a la blasfemia y las publicaciones contrarias a la moral católica. El ayuntamiento, por su parte, respondía a esta petición de “poner coto y mordaza, si preciso fuera, á esos entes irracionales que se empeñan en invertir los órganos de sus ser” asumiendo por unanimidad las conclusiones de la asamblea y dando orden a la guardia municipal “de que dedique especial atención á los fines a que dichos acuerdos se refieren”.</p>
<p>Los halagos de las autoridades locales barakaldesas a las pretensiones católicas se mantuvieron durante toda la Dictadura. En mayo de 1926 se acordada otorgar un donativo de 1000 pesetas para la reconstrucción de la iglesia de Amorebieta destruida por un incendio y, en noviembre del mismo año, se elevaba a 250 pesetas la aportación del ayuntamiento al monumento del Corazón de Jesús de Bilbao “considerando que es exigua la cantidad de cincuenta pesetas que se propone, dada la importancia de este pueblo”. Obviamente, la corporación asistió al año siguiente a la inauguración del monumento. Otras medidas que ilustran la buena relación de los consistorios dictatoriales con la Iglesia eran el adelanto de 4000 pesetas al párroco del Regato para efectuar reparaciones en la iglesia o la subvención a las funciones de beneficencia de las Damas Catequistas. Por otro lado, el cura párroco estuvo presente en todas las reuniones de fuerzas vivas convocadas para los distintos actos y fue abundante la presencia católica en la comisión de homenaje a Primo de Rivera.</p>
<p>También en el País Vasco sufrió el nacionalismo la represión bajo la Dictadura. Según Ciprino Ramos, el sector de la Comunión mantuvo su existencia legal, aunque sin apenas actividad, de la misma manera que su diario, <em>Euzkadi</em>, continuó apareciendo con normalidad bajo la estrecha supervisión de la censura militar. Este letargo fue imposible para el sector aberriano. Ni el ideario ni la combatividad de los aberrianos les permitían escapar al Decreto sobre el separatismo. Así, el 22 de septiembre dejó de aparecer <em>Aberri </em>y el 28 de octubre, en aplicación del Decreto contra el separatismo, todos los locales y sociedades del PNV fueron registrados y clausurados. En Barakaldo, donde la totalidad de las sociedades nacionalistas existentes se habían adherido al PNV esto supuso la desaparición institucional del nacionalismo.</p>
<p><strong>2.2.- Estabilidad versus inestabilidad</strong></p>
<p>Los ayuntamientos eran una pieza clave para el programa de saneamiento de la administración pública y descuaje del caciquismo del Dictador, ya que eran núcleos en los que convergían las redes caciquiles. Acabar con las antiguas corporaciones, substituyéndolos por rectos administradores desvinculados de la <em>vieja política </em>habría de producir el doble efecto beneficioso de sanear la administración pública a la vez que privaba a los caciques de su base de actuación. Así, un decreto fechado el 30 de septiembre de 1923 disolvía los ayuntamientos y los substituía por los vocales asociados.</p>
<p>Esta fórmula de substitución reforzaba la imagen administrativista y regeneracionista del Directorio. Por un lado, el automatismo situaba la designación de los nuevos concejales al margen de la voluntad gubernamental, con lo que las nuevas corporaciones se constituían por encima de criterios partidistas. Por otro lado, la extracción de los corporativos de entre los mayores contribuyentes garantizaba el carácter genéricamente de orden de los nuevos consistorios, aunque eventualmente la designación recayera sobre algún nacionalista, republicano o socialista. La fórmula de los vocales entroncaba con una larga tradición de corporativismo administrativista que reservaba el gobierno municipal a los pretendidamente apolíticos representantes de las clases vivas de la población.</p>
<p>En Barakaldo, el automatismo establecido en el Decreto no se cumplió. Manifestaba la autoridad militar en la sesión de constitución del nuevo ayuntamiento que, al no poseer ninguno de los vocales asociados título profesional ni ejercer industria técnica o privilegiada,” había designado a los señores presentes a este acto y que quedan relacionados [...] a fin de ejercer los cargos de Concejales del Ayuntamiento de esta</p>
<p>Anteigleisa, esperando de su acendrado patriotismo que aceptaran la designación”.</p>
<p>Los nuevos concejales procedieron a la elección por unanimidad del nuevo equipo de gobierno. Este estaba presidido por Gregorio de Arana y Olaso, abogado, propietario y juez municipal en años anteriores. Lo completaban un propietario en la primera tenencia de alcaldía, un abogado y juez municipal en la segunda, un comerciante  en la tercera y otro propietario en la cuarta, quedando la sindicatura en manos de un comerciante.</p>
<p>De la mano de la Dictadura, pues, la clases altas retornaban al gobierno local tras su desplazamiento en los años de intensa politización. Concretamente, suponían el 42% de los nuevos concejales. Junto ellos, el otro gran grupo social presente en el ayuntamiento eran las clases independientes, comerciantes e industriales, que constituían un 47%. Esta composición interrumpía el proceso de popularización señalado en el apartado anterior, pero además, dejaba fuera del consistorio al grupo más importante durante el periodo de lucha política: los empleados. En 1923 este grupo sólo suponía el 10% de los concejales, una participación mínima en comparación con el 19.3% conseguido en el periodo 1918-1923 y su peso en la localidad (7.2%). Esta nueva composición apuntaba a una reinstauración corporativa de los grupos acomodados barakaldeses alejados del mundo fabril: comerciantes, médicos, propietarios y abogados.</p>
<p>La intervención gubernamental en la designación del consistorio no alteró, por tanto, su carácter claramente corporativo, aunque introdujo un sesgo notoriamente favorable a la derecha de Altos Hornos. No parece casual que ningún nacionalista o filonacionalista entrara en la corporación, mientras que esto sí sucedía en otras localidades donde el automatismo se respetó. Se trataba, sin embargo, de un sesgo de carácter más preventivo que activo. Se impidió la entrada de nacionalistas por la vía corporativa y se tendió a favorecer a los monárquicos, pero no se otorgó el poder al grupo monárquico que venía actuando en el ayuntamiento los años anteriores, como era de esperar en atención a las retórica primoriverista que denigraba a los <em>viejos políticos</em>.</p>
<p>Aunque cinco de los dieciocho nuevos concejales lo habían sido durante la Restauración, su paso por el ayuntamiento se remontaba a fechas lejanas. El más cercano en el tiempo era el ex-republicano de la Unión Comercial que había participado en 1917-1922, otros dos pertenecían al periodo 1913-1917, uno al de 1910-13, y el último había participado en el ayuntamiento en fecha tan lejana como 1901. Figuraba también entre los nuevos concejales, Francisco Tierra, diputado provincial monárquico en 1913, además de dos candidatos conservadores a elecciones municipales. No había por tanto, una continuidad directa de los monárquicos de los últimos años, pero las pocas filiaciones políticas conocidas muestran la presencia de los grupos que se habían alineado con la <em>fábrica.</em></p>
<p>Concretamente, cuatro conservadores, dos tradicionalistas, un católico y el republicano de la Unión Comercial. A ello se añadía el hecho de que el primer teniente de alcalde fuera hijo de un alcalde conservador de 1910.</p>
<p>El 8 de abril de 1924 se produjo una remodelación de la corporación para adecuarla a las directrices contenidas en el Estatuto Municipal que no introdujo novedades relevantes en su composición. Abandonaba el consistorio un concejal por incompatibilidad y se nombraban nuevos regidores hasta completar el número de 24. Como representación popular fueron designados un comerciante y un industrial, ambos mayores contribuyentes sin filiación política conocida. El cupo corporativo daba entrada a representantes de la Cámara de la Propiedad Urbana, la Unión Comercial, el Sindicato Agrícola de Retuerto y la Cooperativa Obrera de Altos Hornos.</p>
<p>El equipo anterior fue confirmado por aclamación sin que se realizase votación alguna. La nueva política municipal parecía funcionar sin problemas ni discusiones sobre la base de esta mezcla de dirigismo político monárquico y corporativismo. Con esta remodelación quedó asentado el grueso del personal municipal barakaldés de la Dictadura. Este se caracterizó por su estabilidad como muestra la media de permanencia en los cargos que fue de 5,5 años para el consistorio de 1923 y de 5,7 para el de 1924. Prácticamente, el 60% del personal político de la Dictadura se incorporó en estos primeros siete meses.</p>
<p><strong>2.3.- Los hombres de la Unión Patriótica.</strong></p>
<p>En 1926 la Dictadura había renunciado a su provisionalidad y avanzaba tentativamente hacia la instauración de un nuevo sistema político. Esta evolución implicaba un salto cualitativo en el tipo de consenso que hasta el momento había demandado la Dictadura. Ya no bastaba con aceptar pasivamente la política de excepcionalidad del Directorio Militar; se reclamaba un apoyo activo al proyecto instaurador. Este apoyo activo venía encauzándose desde 1924 a través de la Unión Patriótica, que en consonancia con la evolución de la Dictadura iría adquiriendo progresivamente una mayor presencia política.</p>
<p>En Vizcaya, la remodelación de la Diputación constituyó un hito en este proceso de acceso al poder de los hombres de la Unión Patriótica.. Entre febrero y marzo de 1926 se desarrolló un pulso entre la Liga de Acción Monárquica, el gobierno y la Unión Patriótica por el control de la Diputación que se resolvió con la destitución de los diputados monárquicos y su substitución por upetistas34. El alcalde de Barakaldo, Gregorio de Arana, fue uno de estos nuevos diputados nombrados para cubrir las vacantes provocadas por las primeras dimisiones monárquicas. Ello le alineaba claramente con el sector oficialista ante el fraccionamiento del consenso monárquico.</p>
<p>Con la dimisión del alcalde por incompatibilidad entre los dos cargos y la aceptación de las planteadas por otros concejales, en mayo de 1926 eran cuatro las vacantes en el consistorio, entre ellas las de alcalde y primer teniente de alcalde. La provisión de estas vacantes reprodujo el proceso general de promoción de hombres fieles al gobierno en las instituciones locales. Abandonando el criterio más o menos corporativo seguido hasta el momento, hombre nuevos, tanto por su vinculación anterior a la política barakaldesa como por su extracción social ajena a las clases altas tradicionales, se hacían con el poder local. Eran los hombres de la Unión Patriótica.</p>
<p>Sólo uno de los cuatro nuevos concejales era propietario; del resto dos eran empleados y uno maestro. El contenido político de estos nombramientos quedaba subrayado por la promoción directa de estos recién nombrados a tres primeras tenencias de alcaldía, mientras el anterior primer teniente de alcalde, el propietario Sebastián de Begoña, se hacía cargo de la alcaldía. Se trataba, en definitiva, de un relevo en la cúspide que el resto de los concejales se limitaba a sancionar, con la excepción del republicano Primitivo Fernández que hacía constar en acta “que el voto emitido en blanco lo ha sido por él porque conociendo todos de antemano el resultado de esta votación no ha querido hacerlo en el sentido en que lo han hecho los demás concejales puesto que es de la opinión que para aquellos cargos ha debido designarse a individuos que pertenecen a la corporación antes que los Sr. Viguri y Zaballa por tener más práctica y conocer mejor los asuntos municipales&#8230;”. Esta promoción de los hombres de la Dictadura se veía completada en octubre con la incorporación del jefe del Somatén y presidente de la Unión Patriótica, Pedro Elías Suárez, y de su secretario, Cipriano Saiz Membribe.</p>
<p>La imposición del criterio político de fidelidad al gobierno frente al corporativista implicó una notable mutación de la composición social del consistorio.</p>
<p>Con la remodelación de 1926, los empleados recuperaban su tradicional presencia en el consistorio, en torno al 25%, en detrimento de las clases altas barakaldesas que descendían hasta situarse en torno al 30%, peso que mantendrían hasta el fin de Dictadura.</p>
<p>Víctor Viguri, inspector maquinista de Altos Hornos, sería la estrella ascendente de esta nueva promoción. En 1928 era ya primer teniente de alcalde, ocupando la segunda el representante de la Cámara de la Propiedad Urbana. La licencia por enfermedad ilimitada del alcalde Sebastián de Begoña, le convirtió en alcalde interino desde esta fecha hasta el fin de la Dictadura.</p>
<p><strong>2.4.- El consenso de la Dictadura</strong></p>
<p>La nueva dirección política de Barakaldo transcendió el administrativismo que había caracterizado Dictadura hasta el momento y se encargó de encauzar las demandas de consenso activo del nuevo régimen intentando movilizar a sus bases de apoyo a través de diferentes actos.</p>
<p>Ya en 1925 se había desplazado a Madrid el alcalde Gregorio de Arana y un representante del ayuntamiento para asistir a un homenaje a la Corona. Este primer acto de adhesión ilustraba el carácter oficialista que habían de tener las movilizaciones de apoyo a la Dictadura en Barakaldo. Según un estadillo oficial, el homenaje en la localidad fue pobre, puesto que no se celebraron actos ni se envió ninguna delegación de la Unión Patriótica. Aún así, nueve personas se trasladaron con carácter particular a Madrid con motivo del homenaje.</p>
<p>Mayor proyección pública tuvo el plebiscito nacional de apoyo al gobierno convocado por la Unión Patriótica a finales de 1926, celebrado ya bajo la nueva dirección política. En bando dirigido a la población, el alcalde Sebastián de Begoña apelaba a esa opinión pública en la que la Dictadura pretendía basarse ante la falta de apoyo de las fuerzas políticas tradicionales. Confiaba el alcalde en que “no quedará un barakaldés que deje de emitir su voto en este plebiscito para que prosiga en España la labor de saneamiento y tonificación hace tres años comenzada, ya que sin la asistencia de la opinión pública no puede haber estímulo para que el gobernante de buena fe se imponga los sacrificios que tan alta e importante misión exige”. Si bien las 4408 firmas recogidas no eran un apoyo despreciable (25.36% del censo de 1932), la adhesión baracaldesa estaba lejos del 54% alcanzado en la provincia.</p>
<p>El escaso entusiasmo que la Dictadura suscitaba quedaba ilustrado en la suscripción de diciembre de 1926 con el fin de erigir un monumento a Primo de Rivera.</p>
<p>La abría el ayuntamiento con 300 pesetas y se ofrecieron al público contribuciones únicas de 0.5 pts. A pesar de la modestia de esta cantidad, sólo se consiguieron 53 suscriptores. Un análisis de estos suscriptores ilustra el carácter oficialista del apoyo activo a la Dictadura. Entre los 53 suscriptores se encontraban el alcalde y su hermano, así como un 26% de empleados municipales más sus familias (el secretario del ayuntamiento aportaba a sus cinco hijos) y dos guardias municipales. En realidad, la suscripción parecía vincular más a los empleados del municipio que a los cargos corporativos. Ningún concejal contribuía con la excepción del alcalde y el presidente y secretario de la UP. Pero más significativo aún que la ausencia de los concejales, era la del mundo conservador tradicional. Entre los suscriptores no había conservadores, tradicionalistas o católicos conocidos; simplemente la contribución corporativa del secretario de la Cámara de la Propiedad Urbana y del presidente del Sindicato Agrícola de Retuerto.</p>
<p>Similar apatía caracterizó el homenaje al Ejército convocado en octubre de 1927 con motivo de la resolución del conflicto africano. Para organizar los actos se creó una comisión compuesta por el cura párroco, el juez municipal, el jefe local de la UP, el cabo del Somatén, el capitán de la Guardia Civil y dos concejales. Los actos preveían una misa y un tedéum por los fallecidos en la campaña precedida de una comitiva, un concierto de la banda municipal y un banquete ofrecido por el ayuntamiento a los trescientos ocho licenciados del Ejército de África residentes en Barakaldo. El programa se completaba con una romería por la tarde.</p>
<p>Las adhesiones fueron más bien escasas. Al margen de la destacada aportación de la Cámara de la Propiedad Urbana y la de la sociedad de casas baratas El Hogar Propio, el resto redundaba en el carácter oficialista ya detectado en la anterior suscripción: el alcalde, el primer teniente de alcalde, el secretario del ayuntamiento y un empleado municipal. De hecho, los actos no contaron con aportaciones ni de los propios integrantes de la Comisión organizadora. Consiguieron, sin embargo, la adhesión del director del Orféon Barakaldés que se encargó de la parte musical de la función religiosa. Dada la mínima cuantía de las aportaciones, casi 5.000 pesetas corrieron a cargo de las arcas municipales.</p>
<p>El procedimiento de organización de este tipo de actos se reprodujo en 1928 en el Homenaje Nacional a Primo de Rivera con motivo del quinto aniversario del golpe de estado. Se convocó una reunión con “una nutrida representación de las fuerzas vivas de la localidad”, que constituyeron “dentro del mayor entusiasmo” un Comité local presidido por el alcalde interino39. Puede constatarse en él la importante presencia del mundo católico, que, sin embargo, no se detectaba en la suscripción. El alcalde interino exhortaba a los barakaldeses a participar en el desfile ante el Gobierno Civil en Bilbao, en el que la corporación había de participar con su bandera y la banda de música, recordando que “el milagro del restablecimiento del orden público y por consecuencia la mitigación de nuestros males, que parecían incurables, y el florecimiento de la Patria, solo a él y a sus fieles colaboradores debemos atribuirlo”.</p>
<p>Aunque la participación en la suscripción fue la mayor del periodo, resultaba social y políticamente muy poco representativa. Al igual que el mundo católico que no estaba representado ni por los mismos integrantes de la Comisión, destacaba la ausencia de los conservadores tradicionales, de la clase política anterior y de las entidades políticas y sociales. Concretamente, la Unión Comercial declinaba la invitación a colaborar alegando que se lo prohibían sus estatutos, pero dejaba libertad a los sus afiliados. La participación del entramado asociativo local se limitaba al presidente y secretario del Sindicato Agrícola de Retuerto y al secretario de la Cámara Oficial de Inquilinos.</p>
<p>Por otro lado, sólo participaban siete concejales y el anterior alcalde. A estas alturas estaba claro que existían dos tipos de concejales en Barakaldo. Aquéllos que participaban de la línea política del régimen, básicamente situados en el equipo de gobierno, y el resto, que se limitaba a ejercer las funciones administrativas propias de su cargo. De hecho, todos las actuaciones consideradas lesivas por la Comisión Revisora constituida durante la República, es decir, aquéllas que tenían un componente claramente político, fueron acordadas en la Comisión Permanente o por decreto de la Alcaldía.</p>
<p>Si políticamente la lista resultaba poco relevante, tampoco en el terreno social parecía perfilarse un apoyo social delimitado al margen de los dependientes del Estado.</p>
<p>Los empleados del municipio suponían casi el 40% de los suscriptores de los que se tienen datos. Más revelador que este dato resulta que estos mismos dependientes municipales supusieran un 28.75% del total de los suscriptores superiores a una peseta.</p>
<p>Junto a esta hegemonía de los empleados públicos, se detectan significativas sobrerrepresentaciones de colectivos locales concretos. En primer lugar, doce labradores, todos ellos de Retuerto, cuya participación podía responder tanto a su vinculación al Sindicato Agrícola, integrado en la dinámica corporativa de la Dictadura, como a la influencia más tradicional de propietarios como Tierra, Begoña o Arana, todos ellos fieles a la Dictadura. Esta movilización de las pequeñas redes caciquiles aparece ilustrada con mayor claridad por la participación de los cobradores y conductores de tranvías en la suscripción, participando la compañía en el Comité Organizador del homenaje.</p>
<p>La documentación de la Comisión Revisora del periodo republicano permite analizar la actividad política de estos consistorios41. Los ayuntamientos de la Dictadura, sobre todo los de esta segunda etapa, dedicaron parte de sus recursos a la promoción y cumplimentación de la Familia Real, como el viaje a Madrid de 1925, la compra y colocación de placas, los funerales por la Reina Madre y la suscripción abierta para erigirle un monumento.</p>
<p>Mayor cuantía se destinó, sin embargo, a actuaciones directamente vinculadas con la promoción y consolidación de la política del Dictador. En este apartado destacaba el viaje de la banda municipal a Madrid en 1928 para conmemorar el golpe de estado, las 5000 pesetas invertidas en el Homenaje a Primo de Rivera de 1928, la asistencia a los distintos homenajes al gobernador promovidos por la UP, más las subvenciones establecidas para el Somatén y la UP.</p>
<p>Finalmente, no se olvidaron estos ayuntamientos de dar publicidad a propia gestión, pieza clave del discurso regeneracionista de la Dictadura. Así, destinaron cantidades a la aparición de reportajes sobre Barakaldo en publicaciones como la <em>Unión Patriótica </em>y <em>La Nación</em>.</p>
<p>Sin embargo, a la vista de las suscripciones y homenajes, estas actuaciones no consiguieron cimentar un amplio apoyo activo a la Dictadura. Si bien el criterio corporativo otorgó inicialmente a las clases altas barakaldesas el control del Ayuntamiento, no parecía establecerse un apoyo activo al régimen por parte de este estrato social. De hecho, la politización del ayuntamiento corrió paralela a su declive.</p>
<p>No nos encontramos en Barakaldo, por tanto, ante una situación como la de Valencia, donde las clases altas controlaron la UP. En realidad, ningún grupo social definido mostró una especial propensión a integrarse en el grupo de <em>hombres justos y sanos </em>que reclamaba el Dictador para aplicar su política. Las bases de la Dictadura en Barakaldo estaban constituidas por hombres que por diferentes motivos se alienaron con la política del Dictador más los empleados públicos. Por ello, puede aplicarse al consenso activo barakaldés a la Dictadura la caracterización de Ignacio de Arana para la Unión Patriótica: “más bien da la impresión de ser una agrupación a la que, como instrumento de la Dictadura, debían pertenecer todos aquellos que desempeñasen cargos o trabajos relacionados directamente con la Administración, al menos en el ámbito local y provincial“.</p>
<p>Sin embargo, a pesar del poco entusiasmo que despertaba la Dictadura, las instituciones locales vascas no se vieron afectadas por la inestabilidad que caracteriza el caso catalán. Esta constatación parece apuntar a la existencia en el País Vasco de un consenso pasivo mucho más amplio que en Cataluña. La relativa marginalidad en las redes de poder local de los nacionalistas es sin duda la clave para entender esta situación.</p>
<p>La continuidad era mucho mayor y, en consecuencia, la propia acción administrativa. En este sentido, es importante destacar para el caso de Barakaldo este carácter administrativista para entender el consenso pasivo a los gobiernos locales promovidos por la Dictadura. La Comisión Revisora, instituida en la República para revisar la actuación de estos consistorios, hubo de limitar sus denuncias al terreno político y religioso, sin poder constatar irregularidades administrativas. De hecho, una memoria municipal de la época republicana reconoce la buena labor hacendística de estos consistorios. Igualmente, son innegables las realizaciones e inversiones a las que hacía mención <em>La Nación</em>. Esta gestión, en la que se subrayaba la baja presión fiscal y la falta de endeudamiento, había de contentar a los comerciantes y otras capas de la población.</p>
<p><strong>2.5.- El fin de la Dictadura.</strong></p>
<p>Tras la caída de Primo de Rivera el 30 de enero de 1930, el gobierno del general Berenguer inició una serie de inciertas tentativas para el retorno a la situación constitucional. Una de las piezas claves en la normalización institucional fue la disolución de las corporaciones locales de la Dictadura. Para su substitución se optó por una fórmula mixta que combinaba concejales electos con anterioridad a 1923 y mayores contribuyentes, según el Decreto de 6 de febrero de 1930. De nuevo, como en 1923 el gobierno intentaba una fórmula de designación que, por su automatismo, resolviera la situación excepcional sin su intervención directa.</p>
<p>En Barakaldo esta institucionalización automática no había de resultar fácil dada la oposición de gran parte de las fuerzas políticas. La sesión de constitución de este primer ayuntamiento postdictatorial, el 26 de febrero de 1930, abría una cadena de dimisiones que dilataría la conformación del consistorio hasta bien entrado el mes de abril. Los mayores contribuyentes no se mostraban demasiado interesados en participar en estos consistorios e intentaban acogerse a la cláusula de dimisión por imposibilidad física. En Barakaldo, cinco de ellos dimitieron en diferentes fechas. Sin embargo, la fuente principal de inestabilidad fue la negativa de republicanos y nacionalistas a aceptar los puestos que se les ofrecían, “aduciendo la forma en que sido hecha su designación contraria a los derechos de ciudadanía y las tradiciones democráticas de este pueblo, protestando contra la disposición gubernativa en que se fundan sus nombramientos”.</p>
<p>La firmeza de nacionalistas y republicanos hizo retrotraer la designación hasta los concejales electos en 1915.</p>
<p>La presencia de concejales de elección hubo de limitarse, en consecuencia, al resto de las fuerzas políticas: monárquicos, tradicionalistas y socialistas. El líder histórico de los socialistas, Evaristo Fernández Palacios justificaba su aceptación del cargo alegando que “debíendose a un partido obrero y político lo acepta por mandato imperativo del mismo y en honor a la disciplina que le caracteriza; pero que se consigne su protesta en nombre del partido a que pertenece y de la Unión General de Trabajadores en la forma en que se han llevado a cabo los nombramientos y por no haberse dado a la última colectividad una representación adecuada en los ayuntamientos”. El pragmatismo seguía inspirando, por tanto, la actuación política del socialismo barakaldés.</p>
<p>A finales de marzo se nombraba el primer equipo de gobierno por Real Orden. Lo presidía como alcalde Rodolfo de Loizaga, alcalde de 1920 a 1923 y, aunque autodenominado católico, hombre fuerte de la derecha barakaldesa no nacionalista. Para la primera tenencia se designaba al único mayor contribuyente del equipo, Rafael de Basaldua, presidente de la Cámara de Propiedad Urbana. Completaban el equipo un maurista, un tradicionalista y el socialista Evaristo Fernández. La aceptación de este cargo de designación gubernativa debió de parecerle una implicación excesiva y renunció, aunque manifestaba su voluntad de seguir colaborando en el ayuntamiento.</p>
<p>Este equipo, continuador directo de la derecha de Altos Hornos, se mantuvo al frente del ayuntamiento hasta la proclamación de la República. El Real Decreto de 20 de enero de 1931 que establecía la elección de los tenientes de alcalde no afectó a su continuidad. Con la excepción de los socialistas, los corporativos confirmaron a los tenientes de alcalde ya actuantes, incluido el socialista. Con las reservas socialistas que protestaban por la no extensión de la elección a la alcaldía, se aprobó por aclamación un voto de confianza para el alcalde.</p>
<p><strong>2.6.- La recomposición de las fuerzas políticas</strong></p>
<p>El paulatino restablecimiento de la legalidad constitucional permitía el retorno a la actividad política pública de las diferentes fuerzas. Sin embargo, la Dictadura había afectado de manera muy desigual a los tres vértices del triángulo político en ambas localidades.</p>
<p>En Barakaldo, la represión contra los nacionalistas había reducido el asociacionismo político a cuatro entidades: un Círculo Monárquico con 153 socios del que no se encuentran referencias de actividades, la Sociedad Tradicionalista con 165 afiliados, el PSOE con 68 y el Círculo Republicano con 168. Para el PSOE y la UGT, sus años de colaboración con la Dictadura fueron años de consolidación y expansión. A la caída de Primo, los socialistas barakaldeses conservaban intactas sus estructuras organizativas, aunque, a diferencia de la tónica nacional, no habían aumentado sus efectivos políticos. Igualmente los republicanos, aunque en oposición al Dictador, habían mantenido su centro de sociabilidad y contaban con más militantes que los socialistas. Para la izquierda no revolucionaria, la Dictadura había sido un paréntesis en su libre actividad política.</p>
<p>En lo que respecta a la derecha no nacionalista, la Dictadura supuso el colapso de los tradicionales partidos dinásticos. En consecuencia, la derecha monárquica encaraba la nueva situación desorientada y fragmentada en diversos grupúsculos. Sin embargo, la organización de esta derecha siempre había sido lasa en Vizcaya y más aún en Barakaldo. Al margen del tradicionalismo, la derecha liderada por Altos Hornos nunca había tenido una estructura organizativa explícita similar a la de otros partidos.</p>
<p>Era un conglomerado de intereses y de personalidades cuyo poder era independiente de la movilización política de sus bases electorales. En este sentido, y más allá de las reelaboraciones doctrinales, su situación no había variado estructuralmente. Contaba con el apoyo del poder económico y el Estado, como revelaba el hecho de que fuera directamente restaurada en el poder local tras la caída de Primo. Contaba también, en consecuencia, con las tradicionales redes de patronazgo como mostraba la carta enviada por la Liga de Acción Monárquica al alcalde Loizaga en julio de 1930 solicitando “nombres de seis amigos de ésa que deseen cubrir vacante de peones camineros eventuales de esta Diputación”. Su problema era hasta qué punto estos mecanismos tradicionales seguían siendo efectivos ante la movilización del resto de las fuerzas políticas.</p>
<p>En 1930 el nacionalismo barakaldés llevaba siete años silenciado y desorganizado institucionalmente por la represión estatal. Clausurados los batzokis, la continuidad de la actividad nacionalista local se había desarrollado en dos frentes: el sindical y el deportivo.</p>
<p>Ya en marzo de 1927 se publicaba en <em>El Obrero Vasco </em>la noticia de que se trataba de constituir una agrupación de SOV60, pero no fue hasta mayo de 1929 que se constituyó una Agrupación de Obreros Vascos en San Vicente, y se anunciaba la preparación de otra en Burceña, de la que no se tiene noticia. También en el terreno social, a finales de 1927 se inauguraron los nuevos locales de la cooperativa vasca Bide Onera.</p>
<p>La expansión del asociacionismo deportivo caracterizó la década de los veinte en Barakaldo. En 1930 existían en la localidad 22 de estas asociaciones. Algunas de ellas estaban estrechamente relacionadas con tradiciones políticas, como el Oriamendi Sport vinculada a los jóvenes tradicionalistas, pero fueron los nacionalistas quiénes descollaron en este terreno. Concretamente, seis sociedades deportivas estaban dirigidas en 1930 por jóvenes nacionalistas. Estas sociedades, repartidas por los diferentes barrios, ofrecían continuidad a la sociabilidad nacionalista que en otro tiempo habían mantenido los batzokis, pero introducían un significativo sesgo: acentuaban el protagonismo de los jóvenes.</p>
<p>Sin embargo no se produjo una restauración rápida y automática del movimiento nacionalista anterior al golpe de Estado. Ya se indicó que la estrategia deportiva otorgaba el protagonismo en la actividad nacionalista a los jóvenes. Esta circunstancia ayuda a entender que la primera asociación nacionalista reconstituida en Barakaldo fuera la Juventud Vasca. El 7 de diciembre de 1930, bajo la presidencia del veterano solidario Antonio de Villanueva, 60 socios ratificaban por unanimidad el reglamento aprobado por el gobernador civil y nombraban su junta directiva. Presidía esta Junta el secretario de la Junta Municipal del PNV de 1921 y se integraban como vocales dos presidentes de sociedades deportivas. La presencia de Villanueva y el hecho de que esta Juventud Vasca fuera posteriormente el bastión de ANV en Barakaldo permite establecer una línea bastante directa entre el Partido Nacional Vasco de 1923 y este nuevo partido. En torno a la Juventud se agrupaban aquéllos que, en palabras de Elorza, creían necesario “reconocer el fracaso del nacionalismo tradicional, de su aislamiento en la política española, y, en consecuencia, había que sumarse a las fuerzas de izquierda españolas para garantizar de acuerdo con ellas el logro de las reivindicaciones nacionales vascas”. Eran, en definitiva, los defensores de la tercera línea de desarrollo del movimiento nacionalista que, tras su irrupción en 1923, reaparecían con fuerza en 1930.</p>
<p>La reconstrucción del entramado asociativo del nacionalismo que permaneció fiel a la ortodoxia sancionada en Vergara con la unificación del PNV y la Comunión fue mucho más lenta y parcial. Se conoce una junta del Batzoki de Alonsótegui de principios de diciembre de 1930 y el día 24 el mismo mes el Gobierno Militar autorizaba la reconstitución del batzoki de Burceña. Mas aquí se acababa el impulso organizativo.</p>
<p>Aunque <em>Euzkadi </em>publicara en febrero de 1931 la existencia de batzokis en Barakaldo, Burceña, Lutxana y El Regato y juventudes Vascas en Alonsótegui y Retuerto, lo cierto era que en la primavera de 1931 el nacionalismo vasco ortodoxo contaba en Barakaldo con dos batzokis a lo sumo, ambos fuera del núcleo de la población. Su implantación se limitaba, pues, al distrito de Burceña que tradicionalmente había sido el bastión del nacionalismo barakaldés. De hecho, dos años después, el propio <em>Euzkadi </em>rebajaba esta implantación a un solo batzoki. La reconstrucción del nacionalismo tradicional se enfrentaba a serias limitaciones que emergieron con claridad con motivo de las elecciones.</p>
<p>En Barakaldo, los hombres de la Juventud Vasca pactaron con socialistas y republicanos su participación en el bloque electoral antimonárquico bajo las siglas de ANV, aún antes de su constitución formal en la localidad. A finales de marzo las negociaciones electorales estaban prácticamente concluidas. El acuerdo se limitaría a ANV, socialistas y republicanos, tras la negativa del PNV a participar en las candidaturas. Entre el 27 y el 28 de marzo cada formación política procedió a la designación de sus candidatos, quedando pendiente de negociación la pretensión de ANV de contar con cinco candidatos en lugar de los cuatro que socialistas y republicanos les concedían.</p>
<p>La ratificación del pacto no se realizó sin que se levantara alguna voz en contra en el seno de la Juventud Vasca. Uno de los socios argumentaba contra la alianza electoral señalando que “tanto los socialistas como los republicanos presentan candidatos que actuaron como concejales en tiempo de la Dictadura”. Sin embargo, la mayoría se ratificó en la voluntad de aliarse con la izquierda, a pesar de esta crítica y de no haber obtenido los cinco candidatos.</p>
<p>La cuestión de la colaboración con la Dictadura provocó también discusión en la asamblea electoral republicana. La dirección republicana incluía en su propuesta de candidatos a un concejal de la Dictadura que se defendía de las críticas de las bases republicanas argumentando que participó “siendo el representante de la Unión Comercial y Escuela Laica, a las que el Gobierno tenía concedido la representación en los Municipios [...] y que el Sr. Gobernador le amenazó con llevarle a la cárcel sino aceptaba la designación de Concejal”. 78 A pesar de ello, y de haber sido la única voz discordante en la unanimidad de los ayuntamientos de la Dictadura, el candidato no fue votado por los socios del Círculo Republicano.</p>
<p>Pero, las críticas del socio de la Juventud Vasca parecían más dirigidas a los socialistas y, concretamente, a Evaristo Fernández que continuaba ejerciendo la cuarta tenencia de alcaldía. De hecho, la presencia de veteranos dirigentes entre los candidatos republicanos y socialistas no facilitaba la evolución nacionalista hacia la izquierda.</p>
<p>Tanto el socialista Evaristo Fernández como el republicano Simón Beltrán, ambos de 65 años, eran hombres que habían participado en la definición del juego de oposiciones triangular de la segunda década del siglo y que habían formado el frente antinacionalista con la derecha monárquica desde 1920. En el caso de Evaristo Fernández estos agravios históricos se veían incrementados por la colaboración de su partido con la Dictadura y por la suya propia en el ayuntamiento desde 1930. Ante esta continuidad de viejos líderes, no era extraño que los precursores de ANV cifraran sus esperanzas en una renovación de los dirigentes de la izquierda y subrayaran frente a las voces contrarias al pacto el papel jugado por la Juventud Socialista en la designación de candidatos.</p>
<p>Efectivamente, junto al líder histórico y presidente de la Agrupación Socialista, figuraban entre los candidatos socialistas dos presidentes de la Juventud y el presidente del Sindicato Metalúrgico.</p>
<p>Estas alianzas colocaban claramente a la defensiva al nacionalismo vasco. De hecho, los sectores partidarios de la alianza con las izquierdas eran los únicos referentes institucionales de estos movimientos en la localidad. Aunque la solidez del nacionalismo tradicional permitiera la reconstitución de los batzokis de Burceña y Alonsótegui, el único referente del nacionalismo a finales de 1930 en el núcleo urbano de Barakaldo era la Juventud Vasca. Más allá de la pérdida de una parte de sus efectivos, este retraso en la reconstitución formal del nacionalismo vasco revelaba una contradicción estructural. Ante los sectores más tradicionales del movimiento se presentaban dos opciones: la primera era aprovechar el desprestigio del españolismo asociado a la Dictadura para renovar el discurso nacionalista. Pero dadas las mutaciones descritas, esta apelación ya no actuaba a favor de la reafirmación del universo católico y conservador, sino que atentaba directamente contra éste núcleo ideológico. La defensa de este núcleo originario de orden social y religión apuntaba a la alianza con el resto de la derecha, a una candidatura de fuerzas vivas. Sin embargo, esta segunda opción implicaba necesariamente la desaparición o relativización de la apelación nacionalista. Buena parte del nacionalismo tradicional del casco urbano de Barakaldo optó por pagar este precio aliándose con el resto de las derechas en unas candidaturas de frente común antirepublicano. De ahí, la lentitud con que se reconstruyó el movimiento tradicional. No se trataba de que las mutaciones les hubieran dejado sin efectivos; la cuestión era que no se consideraba oportuna tal reconstrucción.</p>
<p>La situación en Barakaldo era compleja. Ante la convocatoria de elecciones municipales, la base social del nacionalismo barakaldés se veía disputada por tres sectores: la Juventud Vasca que proponía un nacionalismo de izquierdas y laico, los seguidores del nuevo PNV que intentaban reorganizar el nacionalismo tradicional sobre la ortodoxia sabiniana y, finalmente, un amplio sector que, dada la incierta situación política y de los temas que se ventilaban, no consideraba prioritario afianzar el nacionalismo como una opción política excluyente y definida y apostaba por la alianza con el resto de las derechas.</p>
<p>En contraste con la determinación de los nacionalistas de izquierda, el nacionalismo ortodoxo barakaldés tuvo muchas más dificultades para definir su postura ante las elecciones que era, en realidad, la postura ante el gran debate al que se enfrentaba el país: Monarquía o República. Aquéllos para los que la identidad excluyente del ideario nacionalista era prioritaria optaron por prescindir de esta dicotomía y presentarse en solitario bajo las siglas del refundado PNV a las elecciones reafirmando los principios tradicionales. Sin embargo, ya se ha señalado su escaso éxito en la reconstrucción del entramado asociativo nacionalista. Para buena parte de la base nacionalista tradicional, la identidad excluyente progresivamente afirmada era inseparable de contenidos substantivos muy conservadores como orden y religión. En una incierta coyuntura en que éstos se veían amenazados por el avance de la izquierda la defensa de estos componentes se erigía en prioritaria y convertía la reconstrucción nacionalista en una cuestión secundaria, cuando no claramente contraproducente. Para éstos sectores se imponía una estrategia de unidad y defensa social.</p>
<p>Esta última era la línea que propugnaba el resto de la derecha. Ante la gravedad de la situación, los líderes tradicionales de la derecha no nacionalista proponían un retorno al tradicional conglomerado de derechas anterior a la ruptura de 1917. Así, la candidatura monárquica o de católicos de la derecha, como prefería autodenominarse, constituía una amalgama de elementos procedentes de todos los sectores de la derecha, con la significativa excepción de los hombres de la Unión Patriótica, coaligados por el mínimo común denominador de defensa del orden social y la religión y, subsidiariamente, de la Monarquía como su garante en la práctica. Entre los candidatos se encontraban figuras tan conocidas como Rodolfo de Loizaga, católico de la Liga Monárquica, alcalde con anterioridad y posterioridad a la Dictadura, mauristas que habían sido concejales, tres carlistas, entre ellos el presidente de la Sociedad Tradicionalista, más hombres provenientes del catolicismo como el tesorero del Sindicato Católico Obrero Metalúrgico o el presidente casi perpetuo de la Asociación de Antiguos Alumnos Salesianos. Esta línea de participación católica permitía la inclusión de nacionalistas, o personas muy cercanas a él, como Antonio del Casal o Eloy de Sagastagoitia que pasarían a dirigir el PNV durante la República, el mismo Pedro de</p>
<p>Basaldua, que sería secretario de Aguirre, o Tomás Zorriqueta, el <em>nacionalista de Altos Hornos </em>de los años en que el nacionalismo formaba parte del conglomerado de derechas.</p>
<p>El limitado espacio político que el debate fundamental dejaba a los seguidores del PNV se veía aún más menguado con estas últimas incorporaciones. En esta adversa situación su única salida era lanzar mensajes en diferentes direcciones con la esperanza de arañar votos de diversos sectores. Básicamente, las lineas del discurso del PNV ante estas elecciones fueron tres.</p>
<p>La primera era la tradicional reafirmación en la identidad nacionalista ajena a las disyuntivas que afectaban al resto del país. Este eran el tono de los mítines del Regato y Retuerto el día anterior a las elecciones en los que se insistía en que “el Partido Nacionalista Vasco no pertenece a ningún bloque ni a las izquierdas ni a la Monarquía” o se justificaba el no ingreso en el bloque “por no estar interesados nada más que en los asuntos de la tierra vasca”. Sin embargo, este tradicional discurso resultaba poco operativo cuando ya no se trataba de erosionar el poder de los monárquicos, sino que estaba en juego la supervivencia del ideario común de las derechas.</p>
<p>De ahí que el PNV se viera obligado a abordar la disyuntiva fundamental. La cuestión podía ser enfocada de dos maneras que los nacionalistas usaron a la vez, pero que tendían a desdibujar su limitado espacio político en favor de las opciones con las que competía.</p>
<p>La primera era una reformulación valiente de la situación del PNV en la dicotomía derecha-izquierda, reordenando los elementos tradicionalmente asociados en la práctica a estos conceptos: “El Partido Nacionalista Vasco sólo es derecha, y esto en absoluto respecto a la cuestión religiosa, en cuanto afecta a la Fe. Y esto, por lema. Pero en las demás cuestiones opinables, ¿a quién podrá caber duda por un momento de que no pueda ser la izquierda, y ni aún de que realmente lo sea? Si el régimen republicano es izquierda, con relación al monárquico, el Partido Nacionalista Vasco, para dentro de su pueblo, abríase de pronunciar seguramente por el izquierdismo. Si el sistema parlamentario es izquierda, si la democracia es izquierda, si la libertad es izquierda, ¿no ha de inclinarse por la izquierda el partido cuando un pueblo conoció las Cortes, las verdaderas Cortes, y conoció la libertad y conoció las leyes que garantizaban “los derechos del hombre y la democracia” siglos antes de que la Revolución Francesa derramara torrentes de sangre par a afirmarlos ante el mundo” [...]</p>
<p>El avance arrollador de las teorías obreras, el avance revolucionario indudable en el mundo entero, la impone. Querer actuar de muro, de dique infranqueable, es obra de locos, que únicamente la ceguera e incomprensión de las derechas españolas es capaz de acometer. Pero abandonarse a la corriente sin tan siquiera intentar encauzarla, es obra de niños, en que no debe incurrir ningún nacionalista. Y si este nacionalista es vasco, y la corriente es alienígena, mucho menos. No irá con los que ponen el Orden, el Principio de Autoridad, la TRAN-QUI-LI-DAD PU -BLI-CA, por encima de la justicia, única riqueza del pobre y única defensa del rico”.</p>
<p>El problema era que esta disociación de los elementos tradicionales sintetizados en la cosmovisión de la derecha era demasiado novedosa para ser de recibo por buena parte de los votantes a los que apelaba el PNV. Por mucho que se apelase a la rancia intransigencia religiosa y “a los principios inmutables y la raíz misma de la organización social vasca, verdadera columna de la raza”, gran parte de la base nacionalista sí que veía incompatibilidad “entre el derechismo religioso y los mayores radicalismos en materia económica” y se mostraba mucho menos relativista que el articulista en cuanto a la primacía del orden, el principio de autoridad y la tranquilidad pública, sobre todo cuando era la izquierda la que los amenazaba. Ni el clima de movilización de la derecha sociológica que precedió a las elecciones de 1931, ni la existencia por primera vez de una opción nacionalista de izquierda dibujaba demasiadas posibilidades inmediatas para este desarrollo discursivo. Por ello, parecía más seguro retornar al firme terreno de las seguridades que ofrecía la apelación religiosa: “Esku Ekintza” o “Acciones Vascas” y A.N.V. no admiten, pues, la religión católica, y, por lo mismo, A.N.V. y “Esku Ekintza” no son católicos. Tampoco serán  budista o mahometanos, ni tan siquiera creyentes en Khrisma Murti o adoradores de la Luna. PERO NO SON CATOLICOS.</p>
<p>Y bastaría ello para que nosotros pudiéramos afirmar que desde el momento en que no son católicos son anticatólicos. Aquello de “Quien no está conmigo está contra Mí”, nos parece que aquí viene de perillas&#8230; [...] Si realmente son católicos, han de seguir, por fuerza, las orientaciones católicas. En esto no puede caber duda. [...] Se es católico o no se es católico. Se acepta todo o no se acepta nada“.</p>
<p>El problema de esta segunda vía, como mínimo en Barakaldo, era que desdibujaba las fronteras entre el PNV y la otra opción de derechas. La defensa del “todo” asociado al catolicismo, más que al nacionalismo como opción específica, remitían a la unidad de derechas que implicaba la <em>candidatura católica</em>. Además, las “orientaciones católicas” establecían la obligación de todo católico de votar a la candidatura con más posibilidades que, dada su debilidad, no era precisamente en Barakaldo la del PNV.</p>
<p>Los nacionalistas barakaldeses eran conscientes de esta derivación e intentaban atajarla planteando en el terreno teórico si “¿no son solventes cual ninguna en todos los órdenes, moral y material, las candidaturas que presenta el Partido Nacionalista Vasco por los diferentes distritos de la Anteiglesia?”. La respuesta negativa que buena parte de su potencial base electoral daba en la práctica a esta pregunta les abocaba a la esterilidad política. Como había ocurrido en 1912-1916, la salida a una situación frustrante era el tradicional discurso victimista: “Ya se ve la maniobra: no han puesto candidatos que, por sus condiciones puedan restar fuerzas a las izquierdas, sino al nacionalismo vasco para lo que han intercalado en sus <em>combinaciones </em>nombres de personas afectas o afines a nuestro sector”.</p>
<p>Ante este reducido espacio político no era extraño que la campaña electoral nacionalista fuera muy pobre. Tanto la asistencia como el número de sus mítines se mantuvo a gran distancia de los del bloque antidinástico. Además, al no contar con batzokis, se vieron limitados a Burceña, Regato, Retuerto y Alonsótegui, fuera del núcleo de la localidad. Incluso se vio privada del impulso de oradores de alcance como Elías Gallastegui o José Antonio Aguirre que, a pesar de haber sido anunciados, no hablaron en la localidad.</p>
<p>Esta localización de las fuerzas nacionalistas en Burceña y en menor grado en Retuerto confiere lógica al recurso de alzada que presentaron contra la asignación de concejales a los distritos. Proponían los nacionalistas una asignación igual de concejales a cada distrito con independencia del número de electores. Ello habría dejado infrarepresentado al distrito del Desierto, que concentraba casi el 50% del censo electoral y donde los nacionalistas no presentaban candidaturas. El ayuntamiento informó negativamente sobre esta petición y resolvió por unanimidad un reparto de vacantes cuya proporcional fue todavía más acentuada por las modificaciones introducidas por el gobernador88.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>2.7.- La nueva correlación de fuerzas</strong></p>
<p>El resultado de la izquierda en Barakaldo revolucionaba el mapa político tradicional. La izquierda que en sus mejores resultados de antes de la Dictadura apenas superaba el 40% de los votos, ganaba en todos los distritos rozando el 70%. Superaban esta media en San Vicente y Desierto y se situaban por encima del 50% en Retuerto y Burceña. En este sentido, la izquierda, como venía ocurriendo desde 1917, presentaba una implantación relativamente homogénea en todo el término municipal. Sólo perdía en las dos secciones correspondientes a Alonsótegui.</p>
<p>No era esta la situación de las fuerzas de derecha. Como era también tradicional, sólo en dos distritos se combatía a tres bandas. En Burceña eran los nacionalistas los encargados de oponerse a la izquierda, mientras que en el Desierto cumplía esta función la candidatura católica. La Dictadura no había alterado, por tanto, la localización tradicional de las fuerzas de derechas, pero sí que afectó radicalmente a su nivel de voto.</p>
<p>Los nacionalistas no sólo sufrieron la grave debacle electoral que la restricción de su espacio político hacía suponer, sino que además no alcanzaron los resultados esperados en Burceña, distrito en el que competían con el bloque antimonárquico en solitario. Confiados de su tradicional control del distrito (63% en 1922) pretendieron reeditar el también tradicional copo, aunque parcial en esta ocasión, cuando no contaban más que con el 43% de los votos. Sólo en Retuerto mantenían posiciones, mientras que en San Vicente se veían reducidos a un escaso 8%.</p>
<p>Aunque superaba a los nacionalistas en número de votos, los resultados de la candidatura católica no eran mejores. Si aún los nacionalistas constituían un dique ante la izquierda en Burceña, poco podían contener los monárquicos con el 22% obtenido en el Desierto donde competían en solitario.</p>
<p>La excepcionalidad de la coyuntura política y la aparición del nacionalismo de izquierdas había descoyuntado el tradicional triángulo político en ambas localidades. Quedaba por establecer si esta alineación de fuerzas se iba a mantener en los años sucesivos.</p>
<p>Antonio Fco. Canales Serrano</p>
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		<title>Puentes Alzola y Galindo (Fichas Patrimonio)</title>
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		<pubDate>Tue, 18 May 2010 04:24:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Patrimonio]]></category>

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		<description><![CDATA[1.- Puente Alzola sobre el río Cadagua Fitxa Nombre : Puente Alzola sobre el río Cadagua Localidad : Barakaldo Provincia : Bizkaia Tipología exacta : Puente ferroviario Autor : Pablo de Alzola Fecha de construcción : 1888 Siglo : XIX Época : Edad Contemporánea Otros siglos : XX Tipología general : Ferrocarriles y funiculares Descripción [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2341" title="bar-pte-alzola- (7)-a" src="http://www.ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/bar-pte-alzola-7-a-300x237.jpg" alt="" width="252" height="199" />1.- Puente Alzola sobre el río Cadagua</p>
<p>Fitxa</p>
<p>Nombre : Puente Alzola sobre el río Cadagua</p>
<p>Localidad : Barakaldo</p>
<p>Provincia : Bizkaia</p>
<p>Tipología exacta : Puente ferroviario</p>
<p>Autor : Pablo de Alzola</p>
<p>Fecha de construcción : 1888</p>
<p>Siglo : XIX</p>
<p>Época : Edad Contemporánea</p>
<p>Otros siglos : XX</p>
<p>Tipología general : Ferrocarriles y funiculares</p>
<p>Descripción actual</p>
<p>El puente está sobre el río Cadagua y une los barrios de Zorroza (Bilbao) y Burtzeña (Barakaldo). Tiene caja doble con pilares arqueados, 64 m de luz y 5,40 m de altura; los pilares se asientan sobre soportes de <a href="http://www.hiru.com/artea/ondarea/industriala/hiztegia/harlanduzko_lana.html">sillar</a> artificiales.</p>
<p>Los pilares son de hierro y están reforzados con chapa laminada conformando un firme entramado. Se encuentra en buen estado.</p>
<p>En la Comunidad Autónoma del País Vasco hay pocos puentes ferroviarios de caja doble. Y los de cabezal arqueado son aún más escasos.</p>
<p>Datos históricos:</p>
<p>Lo derribaron en la guerra civil española de 1936; y fue reconstruido al finalizar la guerra. No se utiliza desde el año 1970; se construyó otro puente, de hormigón, junto al viejo puente de hierro.</p>
<p>2.- Puente de Galindo</p>
<p>Fitxa</p>
<p>Nombre : Puente de Galindo</p>
<p>Localidad : Sestao</p>
<p>Provincia : Bizkaia</p>
<p>Tipología exacta : Trenzuia</p>
<p>Fecha de construcción : 1888</p>
<p>Siglo : XIX</p>
<p>Época : Edad Contemporánea</p>
<p>Estilo : Racionalismo</p>
<p>Tipología general : Ferrocarriles y funiculares</p>
<p>Descripción y datos históricos</p>
<p>Une el barrio Lasesarre de Barakaldo con el barrio Simondrogas de Sestao. Se construyó seguramente en 1888.</p>
<p>Dos de los pilares daban servicio a la línea Bilbao-Santurtzi y el tercero se colocó seguramente en 1892, para unir esa línea con la de Triano y para que continuara en servicio.</p>
<p>Tiene tres cajones de estructura metálica y el central es diferente a los otros dos.</p>
<p>Tiene un pasadizo metálico adscrito a uno de los pilares.</p>
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		<title>La derecha en Barakaldo (1898-1923)</title>
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		<pubDate>Fri, 14 May 2010 20:51:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Sociedad]]></category>

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		<description><![CDATA[1.- Barakaldo a finales de siglo La evolución económica y demográfica Tras la última guerra carlista, Vizcaya vivió un acelerado proceso de transformación económica. En el último cuarto del siglo XIX, la exportación de mineral de hierro, que creció a ritmo exponencial en estos años, estuvo en la base de un “despegue del aparato productivo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong><a href="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Calle-Zaballa-2.jpg" class="floatbox" rev="group:1814 caption:`Calle Zaballa (2)`"><img class="alignleft size-medium wp-image-1815" title="Calle Zaballa (2)" src="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Calle-Zaballa-2-300x174.jpg" alt="" width="257" height="149" /></a>1.- Barakaldo a finales de siglo</strong></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>La evolución económica y demográfica</em></p>
<p>Tras la última guerra carlista, Vizcaya vivió un acelerado proceso de transformación económica. En el último cuarto del siglo XIX, la exportación de mineral de hierro, que creció a ritmo exponencial en estos años, estuvo en la base de un “despegue del aparato productivo que puede identificarse con la <em>revolución industrial</em>”.</p>
<p>Estrechamente vinculadas a la actividad exportadora minera aparecieron las primeras industrias siderúrgicas que aplicaban las modernas técnicas productivas. La erección de altos hornos era una consecuencia lógica de la estrategia del poderoso y reducido grupo de beneficiarios del negocio del hierro que pretendían añadir valor a su actividad con la transformación del mineral en lingote. Sin embargo, aunque en sus orígenes no fuesen más allá de la complementación de la actividad extractiva, la aparición de las nuevas siderurgias extendió los efectos del ciclo exportador de mineral más allá de los montes de hierro y la plaza comercial de Bilbao para revolucionar la configuración de la margen izquierda de la Ría del Nervión.</p>
<p>El moderno Barakaldo nació de este súbito y acelerado proceso de industrialización de las primeras dos décadas de la Restauración. La transformación en 1882 de la vieja Fábrica de Nuestra Señora del Carmen en la Sociedad Altos Hornos de  Bilbao, con una capacidad de unas 100.000 Tms/año sancionaba la rápida mutación de lo que había sido un tradicional conglomerado de núcleos agrícolas que no alcanzaban los dos mil habitantes en 1857 en un denso centro industrial de 15.000 habitantes a finales de siglo.</p>
<p>De 1860 a 1877 la población baracaldesa prácticamente se dobló. La llegada masiva de inmigrantes estaba en la base de este crecimiento. En el siguiente decenio, los inmigrantes siguieron llegando a Barakaldo aún en mayor número. Así, de 1877 a 1887, la población de la localidad volvió prácticamente a duplicarse. Este ritmo de crecimiento exponencial se mantuvo en la última década del siglo si bien ligeramente atenuado y, sobre todo, cualitativamente transformado. Entre 1891 y 1900 los flujos inmigratorios cedieron el protagonismo en la explosiva demografía baracaldesa al crecimiento natural de la población que alcanzó en estos años la nada despreciable tasa del 1.78% anual. “En 20 años, de 1870 a 1890, se había pasado de una población dependiente de una estructura económica preindustrial, basada en un semiautarquía agrícola familiar, de pequeños y medianos propietarios y arrendatarios, ayudados por otras labores, como la minera, carbonera, etc. al predominio del asalariado industrial y a una nueva estructura productiva de corte industrial”.</p>
<p>Este crecimiento acelerado y su dependencia de las nuevas industrias determinó la configuración física de la localidad. El nuevo Barakaldo era un conjunto de núcleos de población sin continuidad y jerarquía clara. Entre el tradicional núcleo de San Vicente y la Ría, nació El Desierto, que sería el nuevo centro de la localidad. Subsistían además núcleos dispersos como Retuerto, Luchana, El Regato y Burceña, además de Alonsótegui a bastantes kilómetros del nuevo centro, con una fisonomía social y económica particular.</p>
<p><em>El panorama político local</em></p>
<p>El súbito cambio económico y social del último cuarto de siglo desequilibró en el terreno político el tradicional equilibrio de poder local en Barakaldo. El liderazgo de las fuerzas vivas tradicionales, fundamentalmente propietarios agrícolas, se fue viendo progresivamente amenazado por el poder de las nuevas empresas que dominaban la economía local. Entre ellas destacaba de manera espectacular Altos Hornos de Bilbao que empleaba a 1850 obreros en 1891 y a 2850 en 1901 (aproximadamente el 18% y el 14% de la población total respectivamente). De ahí, que Altos Hornos no fuese una más de las industrias que se desarrollaban en la localidad, sino la <em>fábrica</em>.</p>
<p>Como se indicó Altos Hornos había determinado la formación social y física del Barakaldo de final de siglo. Además, sus propietarios no eran accionistas lejanos que se conformaban con ver satisfechos sus intereses económicos, sino piezas centrales de la nueva burguesía vizcaína, cuya voluntad de intervención política era firme. La pujanza política de la nueva burguesía vizcaína quedaba ilustrada por su copo de la representación política de la provincia. Incluso el propio distrito electoral de Barakaldo fue creado en 1896 para satisfacer las pretensiones políticas de la familia Ybarra.</p>
<p>Dada esta correlación de fuerzas, no era de extrañar que el monarquismo fuese la opción política dominante en Barakaldo. Los gobiernos locales de finales de siglo eran consistorios monolíticamente monárquicos, en los que se alternaban propietarios y labradores con una general adscripción dinástica y elementos procedentes del campo tradicionalista.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Los disidentes</em></p>
<p>Existía en el País Vasco una larga tradición de oposición al campo liberal liderada por los carlistas. También en Barakaldo el carlismo contaba con predicamento entre algunos sectores de la población tradicional. Al menos esto parece indicar la  fundación de la Sociedad Tradicionalista en 1892, aunque su refundación en 1905 apunta a que el moderno Barakaldo no era en los años del cambio de siglo un contexto muy favorable al desarrollo carlista. A diferencia de lo que les sucedía a los tradicionalistas, los católicos tenían una mayor implantación que les sirvió de base para la expansión política y organizativa que vivieron que en los años siguientes.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>La rebelión de las fuerzas vivas</em></p>
<p>El fin de siglo coincidió en Barakaldo con una crisis en el funcionamiento político tradicional.  Se produjo en estos años un desafío de las fuerzas vivas a la dinámica política instaurada. Las tensiones entre las fuerzas vivas tradicionales de Barakaldo y los hombres de la <em>fábrica </em>no se derivaban del copo de la representación electoral a este nivel que los segundos ejercían. La viejas élites baracaldesas ni podían, ni pretendían competir en este ámbito. Tal tensión se circunscribía estrictamente a la esfera local y, más concretamente, al control del ayuntamiento. El conflicto transcendía la dimensión simbólica que para las fuerzas vivas tradicionales tenía su permanencia al frente del ayuntamiento, aspecto al que la <em>fábrica </em>fue sensible hasta bien entrado el siglo XX. Las resistencias al dominio de los nuevos hombres de las empresas tenían, además, una base material clara en la oposición de intereses entre la élite tradicional y la nueva.</p>
<p>El dominio del ayuntamiento suponía para las empresas industriales el control de los recursos del municipio y de sus mecanismos de financiación. La apropiación de las aguas del término municipal por parte de Altos Hornos era un claro exponente del primer punto. En cuanto al segundo, las empresas instauraron una política fiscal basada en los impuestos indirectos en detrimento de las Utilidades que habían de gravar sus actividades.</p>
<p>El éxito de las empresas en la consecución de sus objetivos en materia municipal dibujaba una pirámide de agraviados en función de su número y capacidad de resistencia política. En la base de tal pirámide se situaba la población en general que soportaba los costes de tal política, ya fuese viendo agravadas sus ya difíciles condiciones de salubridad por la falta de aguas o disminuida su capacidad adquisitiva por la fiscalidad indirecta. Puesto que el peso del común de la población en la política local fue muy poco significativo hasta bien entrado el siglo XX, sus agravios no suponían ninguna amenaza para la continuidad de los intereses fabriles. En un nivel intermedio se perfilaba un grupo más concreto de afectados: los comerciantes. Sobre los tenderos baracaldeses recaía el peso de la fiscalidad local, ya fuera gravando directamente sus actividades o indirectamente por las restricciones al negocio que implicaban los consumos. Sufrían, además, la competencia de las cooperativas de consumo impulsadas por las propias empresas. El hecho de que la cooperativa de Altos Hornos absorbiese en 1897 aproximadamente el 80% del salario de sus 487 afiliados constituye un indicio de que la magnitud de tal competencia no era despreciable. Sin embargo, la capacidad de resistencia de los comerciantes, mayoritariamente marginales en las redes de poder local, era todavía muy pequeña y sólo posteriormente, como se verá, entraron en el juego político local, manteniendo siempre una ambigüedad derivaba de su difícil situación en los sucesivos mapas de oposiciones locales. Finalmente, en el vértice de la pirámide se encontraban los propietarios agrícolas que se veían limitados en el uso del agua y relativamente sobrepresionados fiscalmente. En tanto que núcleo central de las fuerzas vivas tradicionales su oposición a la <em>fábrica </em>había de ser la de mayor alcance político.</p>
<p>En 1896, el semanario <em>La Ortiga Baracaldesa </em>se erigió en el portavoz de la resistencia de estas fuerzas vivas. A través de la publicación, los miembros más activos de las antiguas élites exhortaban a la movilización contra la situación municipal del momento:</p>
<p>“Los verdaderos baracaldeses, y especialmente los propietarios, deben sacudir esa incomprensible indolencia que les subyuga; deben mirar más por el porvenir de este pueblo y tomar parte más activa que hasta el presente en todos los acuerdos del Municipio. (&#8230;) Sí; todos los hijos de Baracaldo deben agitar esta idea y despertar á sus habitantes de ese profundo letargo de indiferencia en que se hallan sumidos, para que, constituyendo un Ayuntamiento probo, honrado e imparcial, sea fiel salvaguardia de todos los intereses mora les y materiales del pueblo&#8230;”.</p>
<p>Se trataba de una llamada regeneracionista a abandonar las inercias que presidían la política local. Sin embargo, la apelación regeneradora de <em>La Ortiga </em>no apuntaba a un programa democratizador de la administración local. Por el contrario, era fuertemente deudora de la nostalgia de un dominio pasado que se consideraba idílico. Esta armonía anterior tocó a su fin con la irrupción en la esfera local de la <em>política</em>, novedoso elemento perturbador desde la perspectiva de <em>La Ortiga</em><strong>:</strong></p>
<p>“aquel Baracaldo tranquilo, sosegado de bonacible calma se convirtió apresuradamente en un pueblo de odios, rencores y de política avasalladora.</p>
<p>La razón, la rectitud y la justicia quedaron encadenadas á la voluble vanidad del caciquismo.</p>
<p>Llegó a tal estado de algidez la perversión de la conciencia pública que, olvidándose de que eran vizcaínos y convirtiéndose en hijos expúreos de Baracaldo se arrastraron por el suelo para conseguir del mandón de la anteiglesia, un Monterilla de Real Orden”.</p>
<p>Adornadas con los míticos valores de rectitud, valentía e independencia de la hidalguía vizcaína, estas fuerzas vivas se autocontemplaban como la natural representación del <em>pueblo, </em>en sus dos acepciones. Su exposición de lo que había sido el funcionamiento político del último cuarto de siglo era inequívocamente corporativa. En los primeros tiempos de la industrialización, “el pueblo de Baracaldo, penetrado de la importancia de esa industria, daba siempre representación en el Municipio á individuos que la fábrica elegía entre sus empleados”45. Mas el equilibrio entre este <em>pueblo </em>y los intereses de las industrias locales se vio definitivamente alterado con la proclamación del sufragio universal. La extensión del sufragio acababa con aquella situación en la que la <em>fábrica </em>“no podía luchar con ventaja contra el pueblo”. Ya fuese por la incorporación efectiva de nuevos actores políticos, hasta el momento desprovistos de derechos, o por las posibilidades de manipulación caciquil que ofrecía a la <em>fábrica</em>, el sufragio universal fue el tiro de gracia al dominio político local tradicional. En cualquier caso, la irrupción de la <em>política </em>se perfilaba como la principal responsable del derrumbe de un equilibrio considerado como natural.</p>
<p>El tema del agua ilustraba la extrema debilidad e impotencia de las élites tradicionales que aún permanecían a finales de siglo al frente del ayuntamiento. En el verano de 1896 denunciaba <em>La Ortiga Baracaldesa </em>que las fábricas captaban el agua más arriba del barrio del Regato en perjuicio de los cultivos y la salubridad, y llamaban a la movilización ante el anuncio de la construcción de un pantano en este río. De nada sirvió, sin embargo, que la corporación se opusiese a la construcción de tal pantano. Representantes del gobierno local eran expulsados por guardias privados de las obras del pantano, que se estaba construyendo sin las licencias oportunas48, y burlados por el diputado Urquijo que les hacía recorrer infructuosamente en su busca la margen derecha de Bilbao a Las Arenas.</p>
<p>La impotencia dejaba paso a la épica resistencial localista, invocadora de firmes valores consuetudinarios, pero incapaz de frenar los procesos que erosionaban el tradicional Barakaldo. El traslado del ayuntamiento de la anteiglesia de San Vicente al núcleo industrial de El Desierto sancionaba simbólicamente la consolidación del moderno Barakaldo, a pesar de las exacerbadas imprecaciones localistas de los hombres de <em>La Ortiga: </em>“¿qué hombre que lata en su pecho el amor al pueblo, qué baracaldés amante de sus tradicionales costumbres consentirá que se arranque de San Vicente la Casa Consistorial? ¿No se ha n puesto a pensar nuestros concejales lo que significa aquel santuario de nuestras tradicionales costumbres? ¿N o están allí, alegó ricamente representadas todas las penas, todas las alegrías y los sobresaltos que experimentaron nuestros antepasados en las vicisitudes que asediaban á nuestro querido pueblo de Baracaldo?&#8230;”</p>
<p>La confirmación como alcalde de un empleado de Altos Hornos de Bilbao en 1896 cerraba el breve ciclo de abierta resistencia de las fuerzas vivas tradicionales. A partir de este momento, la confrontación se veía substituida por la implorante exposición de méritos a la espera de gratitud por parte de los nuevos dueños de la situación:</p>
<p>“porque la fábrica ha necesitado arena para sus hornos y Baracaldo le ha abierto espontáneamente y gratuitamente sus abundantes bancos de sílice en los filones de Cruces (&#8230;) porque la fábrica necesitó aguas para su industria y Baracaldo le regaló gratuitamente, con perjuicio de la higiene, de la salud y de la comodidad de sus hijos, el más puro y abundan te manantial que nace en su s montañas (&#8230;) porque la fábrica necesitó brazos, para sus labores, y Baracaldo en aras de la industria, sacrificó el sudor, la sangre y hasta la vida de sus hijos en el holocausto del trabajo “.</p>
<p>Estas fuerzas vivas no pudieron con la <em>fábrica </em>y tuvieron que someterse a la dinámica política que ésta impuso. Siguieron presentes en el ayuntamiento cada vez más subordinadas a los rectores de Altos Hornos. Se colocaron la etiqueta de liberales o conservadores según el momento, pero su breve rebelión muestra su preferencia por una especie de corporativismo arcaizante que eludía el sufragio universal y que reivindicaba una representación apolítica, natural.</p>
<p>En este contexto de reconsideraciones acerca de cómo había de organizarse la sociedad y el poder político que erosionaba los principios liberales harían su aparición los primeros nacionalistas.</p>
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<p><strong>1.2.- La propuesta de futuro: los primeros nacionalistas</strong></p>
<p>La historiografía vasca coincide en señalar el carácter integrista y antiliberal del nacionalismo vasco. El primer nacionalismo de Sabino Arana, fue según J. Corcuera, “el grito de un tradicionalista que se rebela ante un mundo tan diferente a la utópica sociedad preindustrial”1. Pero a pesar de su ruralismo y de su inicial antiindustrialismo, el discurso de Arana no fue una mera variante del tradicionalismo. Sabino condensó esta tradición y la fuerista en una formulación explícitamente nacionalista que daba respuesta a nuevas demandas sociales. Así se ha generado un amplio consenso historiográfico en torno a la consideración del nacionalismo vasco como la expresión política de unas clases medias atemorizadas por las consecuencias de la súbita industrialización vizcaína: crisis de las jerarquías tradicionales, retroceso de la religión católica, emersión súbita del conflicto social encarnado en unas masas obreras foráneas de reciente llegada, etc. El lema “Dios y Ley Vieja” proferido por modernos profesionales y clases medias urbanas dejaba clara la ubicación política del movimiento.</p>
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<p><em>Los orígenes del nacionalismo en Barakaldo.</em></p>
<p>El ideal de Sabino Arana parece haber contado en Barakaldo con un buen núcleo de adeptos desde su formulación. En este sentido, la sociedad Euskalduna, o Batzoki de Barakaldo, fue fundada oficialmente en 1898, aunque según Camino, “pudo ser el primer Batzoki inaugurado en Euzkadi, pero por deferencia a Sabino Arana, se retrasó hasta la inauguración del EUZLEKDUN BATZOKIJA”. Definida en estos años en la documentación municipal como una sociedad recreativa, en 1905 contaba con 86 socios.</p>
<p>Las voces de estos primeros nacionalistas barakaldeses no han llegado hasta nosotros. No se han encontrado escritos de propaganda ni editaron prensa alguna. Sus colaboraciones posteriores en la prensa nacionalista perfilaban la propuesta nacionalista barakaldesa como una variante xenófoba del tradicionalismo. La novedad estribaba en la atribución unívoca a agentes exteriores de la responsabilidad de los males de la sociedad vasca, genéricamente la pérdida de las libertades, pero concretamente en estos años la disolución bajo los efectos de la industrialización del viejo mundo rural, ahora idealizado, y muy especialmente la secularización. Antimaquetismo y religiosidad constituían las coordenadas básicas del discurso nacionalista baracaldés o sobre Barakaldo de mediados de la primera década del siglo, como se verá con posterioridad.</p>
<p>Hasta qué punto este ideal era compartido por los primeros nacionalistas barakaldeses es una incógnita que nos obliga a una aproximación más sociológica que ideológica a este grupo.</p>
<p>Este discurso resistencialista parece apuntar a la reacción del mundo tradicional frente a las consecuencias sociales y culturales de la rápida industrialización vizcaína.</p>
<p>En este sentido, Ludger Mees, Santiago de Pablo y José A. Rodriguez señalan que los primeros apoyos del nacionalismo provenían de un sector muy determinado “la pequeña burguesía urbana bilbaína ligada a actividades “preindustriales” o mercantiles tradicionales, amenazadas por el orden económico emergente. Empleados, pequeños comerciantes, artesanos, etc. fueron los primeros <em>discípulos </em>de un <em>Maestro </em>con el que, además de ilusión y utopía, compartían también juventud”.</p>
<p>El caso de Barakaldo no parece desmentir la impresión de estos autores, con la salvedad de que esa pequeña burguesía no era urbana, sino rural. Sólo disponemos del nombre de siete de estos primeros nacionalistas, por lo que todo intento de caracterización global es muy arriesgado. Sin embargo, el análisis de la extracción social de estos siete hombres arroja unos resultados significativos.</p>
<p>El primer concejal nacionalista de Barakaldo fue Eugenio de Tellitu Líbano, presidente de Euskalduna, que entró en el ayuntamiento en 1902. En el censo electoral de 1910 aparece como jornalero, pero la contribución rústica y urbana de 1896 lo sitúa más cerca del mundo de los labradores tradicionales. Vivía en una casa con tierras de su propiedad a las afueras de San Vicente.</p>
<p>De Tomás Palacios Barañano, concejal en 1904, se sabe que era labrador de Retuerto y que en 1918-19 aparecía en la parte baja de los mayores contribuyentes. Más información se tiene de los nuevos concejales nacionalistas de 1906. José Urcullu Santurtún vivía como Eugenio de Tellitu en San Vicente, era labrador y propietario de su casa y tierras. Igualmente, Tomás Zavalla, labrador de El Regato, poseía la explotación en que trabajaba. Pedro Bolivar, también labrador de Burceña, poseía además de la explotación que trabajaba otra casa con tierras que arrendaba. Sólo el labrador Raimundo de Uraga, concejal desde 1904, no era dueño de su explotación.</p>
<p>Esta radiografía de la representación política del primer nacionalismo barakaldés parece circunscribirlo a un grupo social muy concreto: los labradores, un espectro social mayoritariamente propietario de la explotación que trabajaba. Solamente Guillermo de Ariño, presidente de Euskalduna en 1904, era carpintero. En todo caso, se trataba de un grupo social claramente vinculado al mundo tradicional bastante similar al descrito para Bilbao por los autores anteriormente citados.</p>
<p>Sin embargo, a diferencia de lo que señalan los autores citados para el caso bilbaíno, la edad en el caso de los primeros nacionalistas barakaldeses no parece resultar un factor diferenciador. Ciertamente, Eugenio de Tellitu y Tomás Zavalla eran bastante  jóvenes cuando accedieron a la condición de concejal (34 y 29 años respectivamente), pero el resto de los concejales nacionalistas pasaba de los cuarenta. Además, otros concejales de filiación no nacionalista eran más jóvenes que ellos Resulta significativo que no se encuentre entre los primeros nacionalistas a ningún representante del otro grupo de fuerzas vivas del mundo tradicional: los propietarios agrícolas que complementaban sus rentas con el negocio inmobiliario y que pretendieron hacerse con el control político de la población en los primeros años del siglo. El nacionalismo aparece, pues, en Barakaldo como la expresión política de un sector del mundo tradicional: aquél que no se vinculó sus medios de vida a la nueva situación creada por la industrialización.</p>
<p>Más que por el orden económico emergente en sí, tal como lo expresan de Pablo, Mees y Rodríguez, estos sectores se veían amenazados por sus consecuencias culturales, ideológicas y simbólicas, de un lado, y por las políticas, de otro. La insistencia en una invasión de gentes extrañas que corrompían unas formas de vida y costumbres tradicionales (“la bestia exótica”) deja claro el trauma que supuso para estos grupos la súbita transformación de Barakaldo. Pero además de esta conciencia de fortaleza asediada en el orden cultural y simbólico, el primer nacionalismo barakaldés respondía también a una amenaza política. Ante la nueva burguesía local de propietarios y las nuevas clases medias promocionadas por Altos Hornos, los nacionalistas apuntalaron la presencia de los labradores entre el personal político local, evitando a partir de 1904 un reflujo similar al que vivieron los propietarios. En este sentido, el primer nacionalismo barakaldés parece la reacción de los elementos medios de la sociedad tradicional frente a la deserción de las élites tradicionales, subordinadas política y económicamente a los nuevos tiempos industriales.</p>
<p><strong>1.3.- La nueva política</strong></p>
<p>El nacionalismo vasco no consiguió atraer a la burguesía vasca ni a sectores notables de la élite política restauracionista, que en el caso vizcaíno venían a coincidir. Existieron movilizaciones económicas similares a las catalanas como la agitación finisecular de la Liga de Productores, las campañas para la renovación de los Conciertos Económicos de 1906 o las dirigidas contra los impuestos de beneficios extraordinarios de Alba en 1917. Todas ellas generaron plataformas suprapartidistas y cívicas que el nacionalismo vasco intentó capitalizar, pero el naviero Ramón de la Sota fue la excepción en el seno del nacionalismo vasco, y no la norma como en el catalanismo. En consecuencia, el nacionalismo vasco quedó limitado a su base social de clases medias atemorizadas por los efectos de la industrialización de Bilbao y la Ría y a islotes de notables locales en el resto del País Vasco. Libre del contrapeso de intereses sólidos, pragmáticos y concretos que templasen su discurso, el nacionalismo vasco siguió una evolución propia como un movimiento fuertemente ideologizado y claramente al margen del sistema de poder de la Restauración, circunstancia que lo hace diametralmente diferente del catalanismo. La rapidez con la que se moderó el catalanismo apunta a que la radicalidad discursiva y práctica del nacionalismo vasco fue el resultado de este fracaso a la hora de pactar con las redes de poder político y social restauracionistas, no su causa, como propone J. Corcuera. No fue la radicalidad del discurso lo que provocó que la burguesía vasca no se hiciera nacionalista (el nacionalismo catalán no era menos radical), sino que fue esta negativa a incorporarse al nacionalismo lo que permitió la continuación de esta pureza y radicalidad.</p>
<p>Sin embargo, la reconversión del entramado de poder restauracionista, si bien marca claramente las diferencias con el caso vasco, no basta para explicar la consolidación de un movimiento tan sólido y coherente como el catalanismo. La adhesión de notables y burgueses a un movimiento nacionalista no es fruto de un cínico y manipulador cálculo que aconsejaba en un determinado momento cambiar de fidelidad nacional, tal y como acostumbran a caricaturizar los que pretenden subrayar la implicación de estos sectores. La condensación del movimiento se efectuó lentamente a través de ese campo de convergencia de derecha antiliberal definido por la común desconfianza hacia las implicaciones potencialmente peligrosas del liberalismo del que se ha hablado en el primer capítulo. El discurso abiertamente nacionalista sólo era, como se ha indicado, la expresión más radical o más consecuente de un maremágnum de reconsideraciones, fobias y miedos comunes; ahora bien era el más operativo para encarar el segundo fenómeno que actuó como cuajo ante la diversidad de ingredientes ideológicos: la ofensiva de la izquierda.</p>
<p>La razón de fondo de este fracaso radicaría en la debilidad del desafío de la izquierda en el conjunto de la sociedad vasca. La fuerza política de la izquierda sólo era importante en las capitales de provincia, la Ría, la zona minera y alguna localidad guipuzcoana como Eibar. Fuera de Bilbao (donde los republicanos obtuvieron actas en diferentes ocasiones y el socialista Prieto fue diputado a partir de 1918), desde 1898 hasta la Dictadura de Primo la presencia de la izquierda entre los diputados vascos se redujo a dos actas por San Sebastián y dos por Vitoria. Incluso en la Diputación de Vizcaya la participación de la izquierda fue inexistente hasta 1909 y mínima partir de esta fecha.</p>
<p>Al margen de esta presión izquierdista tan acotada geográficamente, las derechas eran hegemónicas en el resto del País Vasco. Dinásticos, carlistas e, incluso, católicos independientes o neutros tenían unas sólidas bases de poder. Nada les impelía a transigir con sus competidores de derechas. La propuesta movilizadora del nacionalismo vasco no compensaba las renuncias sectoriales cuando fuera de Bilbao era todavía posible en los años veinte ganar las elecciones por mecanismos tradicionales e, incluso en la misma Vizcaya, era posible compaginar el pacto tácito con la izquierda y la corrupción</p>
<p><em>La mayoría innominada de Barakaldo</em></p>
<p>Los avances institucionales del nacionalismo vasco fueron bastante limitados hasta 1917. El PNV, como se ha indicado, no contó con el apoyo de la burguesía vasca, ni con las redes de poder restauracionistas. Su primer éxito electoral (la elección de Sabino Arana como diputado provincial en 1898) fue posible gracias al apoyo del grupo euskalerriaco que aportó respetabilidad, contactos y dinero. Pero este grupo de fueristas liberales, procedentes de la sociedad Euskalerria y dirigidos por el naviero Ramón de la Sota, que se ha homologado a los burgueses regionalistas de la Lliga, distaba mucho de la representatividad social y la potencia económica del mundo burgués que pactó con los catalanistas. En consecuencia, el PNV tuvo que luchar realmente desde fuera del sistema, sin complicidades de los poderes fácticos. Por ello, la presencia institucional del nacionalismo vasco se vio limitada hasta la guerra mundial a los ayuntamientos, ya que incluso en Vizcaya, la única provincia donde el partido tenía fuerza electoral, sus avances en la Diputación fueron extraordinariamente lentos.</p>
<p>La actuación del PNV como moderno partido de masas estuvo vinculada a la modernización del escenario político de la capital vizcaína. La gran inmigración de las dos últimas décadas del siglo XIX había roto los vínculos personales que estaban en la base del clientelismo local, que fue substituido por la falsificación del sufragio a gran escala. Como sucedió en Barcelona, aunque no de una manera tan súbita, estos mecanismos caciquiles se colapsaron ante la presión de partidos políticos modernos. En 1905 el alcalde de Real Orden Gregorio de Balparda era el único dinástico presente en el consistorio. Desde esta fecha republicanos y socialistas constituyeron los grupos municipales más numerosos, seguidos de los nacionalistas. La consolidación del nacionalismo vasco como la primera fuerza de las derechas en la ciudad de Bilbao fue paralela, por tanto, a la movilización de las izquierdas, de manera similar a lo que pasaba en Barcelona. La diferencia estaba en que el nacionalismo vasco luchaba en solitario y con complejas relaciones de competencia con el resto de las fuerzas de la derecha.</p>
<p>Sin embargo, esta competencia en Bilbao no ha de ocultar que se pueden detectar desarrollos del espacio de convergencia de derechas similares al catalán. La súbita victoria nacionalista en el ayuntamiento de Bermeo, donde obtuvo la mayoría absoluta en 1901, recuerda demasiado a la prototípica reconversión de notables locales catalanas. De manera similar, en Barakaldo los nacionalistas actuaron hasta 1917 como un grupo más de la <em>mayoría innominada</em>, la coalición de fuerzas vivas locales, que con las tradicionales prácticas caciquiles, dominó el ayuntamiento bajo la dirección de <em>Altos</em> <em>Hornos</em>.</p>
<p>La constitución de Altos Hornos de Vizcaya en 1901, por la fusión de la Sociedad La Vizcaya y Altos Hornos de Bilbao, acentuaba la concentración y el gigantismo que había caracterizado la moderna industria vizcaína desde su nacimiento.</p>
<p>Subrayaba también el enorme poder del reducido grupo de familias que controlaban tanto la explotación minera como la producción industrial y los servicios financieros. De la misma manera que participaban en el control de la política vizcaína, los propietarios de AHV convirtieron el ayuntamiento de Barakaldo prácticamente en una sección más de su compañía. Hasta 1917, AHV dirigió la política municipal baracaldesa, combinando en un bloque de derechas hegemónico y fiel a sus intereses a las distintas sensibilidades políticas y sociales de la derecha local. Este largo dominio de AHV puede dividirse en dos etapas.</p>
<p>La primera, de finales del siglo XIX a 1909, se caracterizó por la desactivación y final desaparición de la oposición tratada en el apartado anterior entre fuerzas vivas tradicionales y la <em>fábrica</em>. En un primer momento, AHV compensó la esterilidad política de estas élites tradicionales subrayando simbólicamente su viejo liderazgo. Respetó, así, su derecho a ocupar los primeros cargos en los equipos de gobierno local para progresivamente reducirlos a la alcaldía. Bajo la teórica presidencia de algún miembro de las viejas familias baracaldesas, las nuevas clases medias del Barakaldo industrial, fueron haciéndose con el control del equipo de gobierno.</p>
<p>En la segunda etapa, de 1909 a 1917, fueron apareciendo los primeros desafíos, externos e internos, al dominio de la <em>fábrica</em>. Desde fuera del poder local, la conjunción electoral formada por socialistas y republicanos fue sacando penosamente a la izquierda del ostracismo en que se hallaba sumida hasta el momento. En el interior del bloque liderado por AHV, un sector del nacionalismo pugnó por mejorar sus posiciones relativas frente a otros sectores. Ante estos desafíos, la <em>fábrica </em>optó en estos años por consolidar su propia opción política, en torno a la cual habían de vertebrarse los sectores que se mantuvieron fieles a sus directrices.</p>
<p>La modernización política 95</p>
<p>La hegemonía política de Altos Hornos La primera década del siglo XX se caracterizó en Barakaldo por la disolución de la oposición entre los propietarios que pretendían mantener su independencia en la política municipal y los intereses de las empresas industriales radicadas en el término municipal. Hasta 1904 las fuerzas vivas independientes de Barakaldo controlaron los equipos de gobierno. Mas estas fuerzas vivas no eran en absoluto, a pesar de su discurso, la expresión del mundo tradicional. Su propia composición revelaba las contradicciones de la sociedad vizcaína del cambio de siglo a causa de la rápida industrialización.</p>
<p>El Barakaldo tradicional estaba representado por los labradores. Se trata de una categoría ambigua, pero el estudio de la contribución rústica apunta a campesinos medios o acomodados, propietarios de la casa y tierras que trabajaban, además de alguna otra de la que obtenían rentas. Este es el caso de Separio de Goicoechea, alcalde de 1899 a 1903 que poseía una explotación en Luchana, del concejal Julián Zavalla, propietario de dos fincas, una de las cuales explotaba directamente, o del concejal Fernando Echevarria que explotaba una finca propiedad de su familia. Aquellos que ya no mantenían un contacto directo con el trabajo en la tierra aparecían como propietarios. Pero los propietarios que intervenían en el ayuntamiento ya no eran la expresión del mundo tradicional, a pesar de seguir obteniendo rentas de sus fincas. La mentalidad rentista de estos grupos acomodados no había dejado escapar las oportunidades que los nuevos tiempos industriales ofrecían, concretamente las necesidades de alojamiento de las masas obreras que llegaban a Barakaldo. Los propietarios que participaban en el ayuntamiento a principios de siglo mantenían sus propiedades en el campo, pero eran sobre todo los dueños de los nuevos edificios de viviendas para trabajadores de El Desierto, de los que obtenían substanciosas rentas. Dadas las competencias del ayuntamiento en cuestiones de urbanismo y sanidad, eran sin duda el sector social de la localidad que mayores beneficios podía obtener del control del consistorio. El equipo de gobierno de 1902 situaba al frente del gobierno local a los mayores propietarios urbanos del municipio. Pero más allá del interés directo por beneficiarse el control del poder, su presencia en el ayuntamiento muestra su disposición a liderar políticamente el nuevo Barakaldo.</p>
<p>Sin embargo, el mismo proceso de industrialización que parecía otorgarles la hegemonía frente a las élites más tradicionales estuvo en la base de su desaparición. Los efectos de la industrialización sobre la sociedad barakaldesa no se limitaron a consolidar a una burguesía local rentista que participaba de la novedad subsidiariamente frente a una masa de trabajadores hostiles. Se desarrollaron también, y en mayor medida, unas nuevas clases medias cuyo grueso no eran industriales y comerciantes de variada condición, sino básicamente empleados. Puesto que la mayoría de estos empleados dependía directamente de la <em>fábrica, </em>su promoción política cumplía una doble función. A la vez que implicaba modernización política frente a la hegemonía de los propietarios, reforzaba el dominio de Altos Hornos sobre el poder local.</p>
<p>En 1906 los propietarios habían desaparecido de los equipos de gobierno y se iniciaba el rápido reflujo de su presencia en el consistorio<em>. </em>En su lugar, las nuevas clases medias iniciaban un despegue hasta convertirse en el grueso del personal político local. La mayor parte de esta expansión correspondió a los empleados, mientras que la presencia de las capas medias independientes (comerciantes, industriales, etc) apenas varió en relación a principios de siglo En estos años recobraba protagonismo en el consistorio un hombre como Domingo Sagastagoitia, antiguo combatiente carlista y empleado de Altos Hornos, alcalde en 1896, a quien <em>La Ortiga Baracaldesa </em>denunciaba como hombre al servicio de la empresa, y que retuvo la primera tenencia de alcaldía de 1906 a 1910. En 1904 entraba en el ayuntamiento otro empleado que había de tomar el relevo de Sagastagoitia como hombre fuerte de la <em>fábrica</em>. Rodolfo de Loizaga, presente en el consistorio de 1904 a 1923, se estrenaba como síndico en el período 1906-1909.</p>
<p>AHV no pretendía, sin embargo, socavar la autoridad social de estos propietarios locales. Respetó la dimensión simbólica de su liderazgo sobre la comunidad y les reservó siempre la alcaldía. Como comentaba la prensa republicana en 1909, cuando la negativa del anterior alcalde Tomás de Begoña a seguir en el cargo hacía sonar el nombre de Domingo Sagastagoitia, “sólo se echará mano de él si no hay ningún propietario importante que quiera la alcaldía, y nadie la quiere dada la función de ser subordinado de Altos Hornos“. Y efectivamente Tomás de Begoña fue sustituido por el propietario Pablo Arregui, alternativamente conservador y liberal.</p>
<p>La variabilidad política del propietario Pablo Arregui muestra que las etiquetas políticas no daban cuenta de los condicionantes básicos del poder en el Barakaldo en la primera década del siglo. Si bien los hombres más destacados de la <em>fábrica </em>fueron católicos sin filiación política, el calificativo de liberal, conservador a nacionalista no tenía mayor transcendencia en cuanto al grado de fidelidad a la política de AHV. De hecho, la primera década del siglo se caracterizó en Vizcaya por la profunda desorganización de las fuerzas políticas en el tránsito de la antigua dinámica política basada en la oposición entre tradicionalismo y liberalismo a un modelo político dominado por la oposición entre derecha e izquierda.</p>
<p>Esta transición se efectuó en Barakaldo bajo la batuta directora de Altos Hornos que combinó todas las sensibilidades de la derecha local en los equipos de gobiernos,  formando aquella “mayoría innominada, incolora, tocada de extraños influjos”, sobre la que ironizaban los republicanos. La <em>fábrica </em>designaba los candidatos y amañaba las elecciones, pero no se decantó en esta etapa por una opción política propia. La práctica disolución hacia 1903 de la “Piña” que agrupaba a las fuerzas dinásticas en Vizcaya privaba tanto a la <em>fábrica </em>como a los dinásticos locales de un claro referente partidista.</p>
<p>Conservadores, liberales y nacionalistas se combinaron durante estos años en los equipos de gobierno sin que tal adscripción política pesara en exceso en la práctica política local. La aparición de una candidatura liberal demócrata en las municipales de 1905, que obtuvo las dos concejalías de mayorías en el distrito de Desierto, apuntaría a la existencia de un sector del liberalismo que pretendería reafirmar la oposición al tradicionalismo. Sin embargo, la reafirmación liberal no iba a ser la salida al marasmo político de la primera década del siglo ni en Vizcaya, ni en Barakaldo. Por el contrario, los liberales fueron la principal víctima de la reorganización de las oposiciones políticas en Vizcaya que se fue fraguando en estos años. La candidatura liberal-demócrata de 1905 fue el canto del cisne del liberalismo barakaldés. Tras esta elección, el mayor éxito liberal fue la proclamación de dos concejales por el artículo 29 en las elecciones de 1909. A partir de esta fecha, el término liberal desapareció de los referentes políticos baracaldeses de la misma manera que desaparecía del discurso del Círculo Conservador fundado en 1909 en Bilbao para dirigir el monarquismo vizcaíno.</p>
<p>La erosión del ámbito político liberal y la propia evolución del monarquismo vizcaíno hacia los principios de orden, catolicismo y monarquía abría un amplio campo de confluencia de derechas entre este nuevo conservadurismo y los sectores que provenían del campo tradicionalista. Tres referentes políticos se disputaban en Barakaldo, al igual que en Vizcaya, la herencia del tradicionalismo antiliberal: el carlismo, el integrismo católico y el nacionalismo.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>LAS DERECHAS</em></p>
<p><em>El carlismo</em></p>
<p>La rápida transformación de Barakaldo en un núcleo industrial no dibujaba un panorama demasiado alentador para los herederos directos del tradicionalismo. El carlismo baracaldés se reorganizaba en 1905 con la refundación de la Sociedad Tradicionalista, ya existente en 1892, pero su estrella política local parecía declinar. El comerciante y labrador jaimista Leonardo Cobreros pasaba de la cuarta tenencia de alcaldía en 1902 a la mera concejalía en 1904, y, finalmente, a la exclusión del consistorio después de su fracaso electoral en la lucha por la minoría en el distrito de Burceña, en el que apenas cosechó 68 votos. En 1909 intentaron los jaimistas conseguir la minoría por el distrito de Retuerto, pero como denunciaban los nacionalistas, el carlismo no contaba ni con base social ni con capacidad electoral (“les metieron más de cien bolillas”) para impedir la victoria del candidato socialista64.</p>
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<p><em>El catolicismo</em></p>
<p>A diferencia de lo que les sucedía a los carlistas, los católicos vivieron una significativa expansión política en este periodo gracias a los efectos combinados del favor de la <em>fábrica </em>y su amplia base asociativa. El asociacionismo católico local se concretaba en la conferencia de San Vicente de Paúl (1898), el Centro Católico Obrero (1903) y el Centro Católico Obrero de Alonsótegui (1908), además de las sociedades piadosas de las Hijas de la Cruz y de San Francisco de Sales. Sus efectivos eran, además, los más numerosos de la localidad. El Centro Católico Obrero y la Sociedad de Socorros Mutuos de San Vicente de Paúl, con 276 y 591 socios respectivamente, se distanciaba considerablemente del resto de las sociedades de resistencia y socorros mutuos como la Unión Obrera (82 socios).</p>
<p>Los presidentes de ambas sociedades ocuparon cargos como concejales en estos años. El presidente de San Vicente de Paúl en 1909 fue concejal de 1901 a 1905. Más peso político tuvo el ya mencionado Domingo Sagastagoitia, presidente del Centro Católico en 1905, que había sido concejal en los periodos 1881-1885 y 1894-1898, además de alcalde al menos en 1896. El empleado de Altos Hornos de quien habían abominado los propietarios de <em>La Ortiga </em>volvía a concurrir en las elecciones municipales de 1905 por las mayorías en el distrito de San Vicente junto al propietario conservador Begoña y pasaba a ocupar la primera tenencia de alcaldía desde 1906 hasta 1910. En 1904 entraba en el ayuntamiento el católico y empleado de AHV, Ramón de Loizaga, que permanecería en el consistorio desde esta fecha hasta 1923, con la excepción del bienio 1911-1913 y durante la República, siendo alcalde de 1920 a 1923.</p>
<p>El catolicismo barakaldés, por tanto, mejoró sensiblemente sus posiciones en el poder municipal en esta primera década del siglo. A pesar de contar únicamente con dos concejales consiguió la primera tenencia de alcaldía en 1906 y la retuvo hasta 1918, incrementando además su presencia en el equipo en los años siguientes como ya se ha indicado. La movilización se realizaba a partir de <em>La Gaceta del Norte </em>de Bilbao.<em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><em>El nacionalismo</em></p>
<p>El tercer vértice del viejo campo tradicionalista estaba ocupado por los nacionalistas que pugnaban por hacer gravitar a su alrededor a los dos sectores anteriores. Los nacionalistas se perfilaban como una nueva síntesis de las tradiciones antiliberales y católicas, desprovista de los lastres dinásticos y políticos carlistas, pero añadiéndole las radicales implicaciones políticas de la ortodoxia sabiniana más o menos latente. En este sentido, el nacionalista retuertoarra <em>Tabejón </em>(Taranco) se definía “defensor empedernido de los intereses Católico-Bizcaitarras” y <em>Aberri </em>destacaba en su reparación (&#8230;) “¡A Barakaldo! A descargar el latigazo a la bestia exótica; a expulsarla de nuestro seno; en que se abriga y nos hiere traidora. ¡A Barakaldo!”  con un negativo diagnóstico sobre la localidad la cuestión religiosa:</p>
<p>“&#8230;Barakaldo, nobilísima Anteiglesia antes, y convertida hoy, por la invasión exótica, en pocilga inmunda donde toda mala pasión es engendrada, y donde tienen asiento el ponzoñoso virus de la irreligiosidad y cualquier clase de ideas disolventes, haciendo huir avergonzado todo sentimiento noble”.</p>
<p>De hecho, las mayores movilizaciones públicas del nacionalismo local recreaban una comunidad armónica y tradicionalizante en la que el elemento religioso y, por tanto, la institución eclesiástica, desempeñaba un papel preeminente. Las <em>Fiestas Vascas</em>, tanto las de la Juventud Vasca como las celebraciones de aniversarios de batzokis, se vertebraban en torno a la Iglesia. Elementos fijos del programa eran la misa de comunión de todos los participantes como primer acto y la misa cantada como segundo. Luego venían los bailes frente a la iglesia, la comida y la excursión o el mitin según los casos.</p>
<p>Este tipo de fiestas constituían no sólo la auténtica y honrada expresión del pueblo vasco que habría de atemorizar a la “bestia exótica”, sino un ejemplo de virtudes terapéuticas sobre “los vascos corrompidos [que], fascinándose en la luz radiante del Nacionalismo, sentirán desaparecer de sus inteligencias las brumas que hoy les ciegan”.</p>
<p>La novedad del nacionalismo se limitaba a la solución política que ofrecía a la nueva situación. Las identidades y concepciones del pasado en que el ideario nacionalista se basada no eran, sin embargo, algo nuevo. Ya se señaló en el apartado anterior cómo estas consideraciones vertebraban el discurso de las élites barakaldesas, incluidos los propietarios y rentistas, a la hora de evaluar la nueva situación. Lejos de presentarse como una novedosa opción <em>anti-stablishment</em>, los representantes del nacionalismo baracaldés constituían una manifestación específica de un discurso ampliamente difundido y, en consecuencia, se combinaban sin problema en la mayoría dirigida por Altos Hornos junto al resto de las fuerzas vivas de la derecha local.</p>
<p>La implantación asociativa del nacionalismo permaneció reducida hasta 1905 a la sociedad Euskalduna de San Vicente. A partir de esta fecha, el asociacionismo nacionalista vivió una importante expansión. La segunda entidad nacionalista de Barakaldo se fundó oficialmente en Retuerto en 190669, aunque ya hay noticias de su funcionamiento desde 190570. La expansión organizativa del nacionalismo se completó en los años siguientes con la fundación en 1907 de la Juventud Vasca71 y, en 1908, del Batzoki de Alonsótegui.</p>
<p>Esta expansión asociativa se desarrolló paralela a la ampliación de la presencia del nacionalismo barakaldés en el gobierno local. De un sólo concejal en 1902, Eugenio de Tellitu, presidente de Euskalduna, el nacionalismo incrementó su participación en el ayuntamiento hasta los tres concejales en 1904 y los cuatro en 1906. Esta evolución invirtió su signo en 1909 reduciendo la presencia nacionalista a dos regidores. A pesar de sus limitados efectivos en la corporación (una media del 13% durante este periodo), los nacionalistas baracaldeses consiguieron posiciones significativas en los equipos de gobierno. Ocuparon la tercera y cuarta tenencia de alcaldía en 1904, la sindicatura suplente en 1906 y la tercera de 1909 a 1912.</p>
<p>La integración del nacionalismo en la coalición que lideraba Altos Hornos y en sus prácticas quedaba subrayada por la complementariedad de la candidatura nacionalista por la minoría de San Vicente con la oficial de la derecha. Los tres candidatos obtenían aproximadamente el mismo número de votos. De hecho, no se trataba sólo de que estos primeros nacionalistas no se diferenciaran excesivamente para los votantes de los conservadores o católicos con los que se complementaban, sino que simplemente formaban parte de la candidatura oficial que se imponía en una elección de dudosa limpieza. Ni siquiera un copo perfectísimamente organizado podría hacer coincidir la votación obtenida por el total de los candidatos con el número de votos emitidos.</p>
<p>A la minoría por San Vicente, se añadía a partir de 1903 una concejalía por Retuerto. Sólo en esta ocasión disputó el candidato nacionalista en este distrito una elección reñida. A partir de 1905 contaba con su elección por la mayoría. Fueron concejales por Retuerto Raimundo Uraga y Tomás Zavalla, ambos labradores, que hasta la consolidación institucional del nacionalismo con el batzoki en 1906, se apoyaron en el Sindicato Agrícola del barrio.</p>
<p>El hecho de que los nacionalistas contaran con un regidor por Retuerto antes de contar con batzoki en el barrio sitúa su expansión institucional más en el equilibrio de las fuerzas vivas tradicionales que en una nueva manera de hacer política. Sin embargo, el nacionalismo barakaldés presentaba ya a finales de la primera década del siglo un elemento clave: una amplia base asociativa que había de convertirse en su fuente de poder cuando las disensiones en el seno de la coalición de orden llegasen a ser insalvables.</p>
<p>La especificidad social, ya señalada, del nacionalismo baracaldés quedaba subrayada por contraste con la extracción social de los representantes del resto de las fuerzas políticas. La identificación de la tradicional élite de propietarios con el conservadurismo resultaba absoluta. No se tienen datos de concejales propietarios que optasen por otra adscripción política que la de conservador durante este periodo, a la vez que la mitad de los concejales conservadores eran propietarios. Estos propietarios, junto a un médico, dibujaban un perfil social de los concejales conservadores en el que las clases altas superaban el 57%. El resto de los conservadores provenía de las clases medias y muy destacadamente del sector de los empleados.</p>
<p>Sin embargo, no era el conservadurismo la adscripción política mayoritaria de estos empleados que iban ampliando su peso en la corporación durante estos años. Un tercio de ellos se declaraba liberal, constituyendo el grueso de los concejales liberales. La representación liberal, cuya extracción social nos es sólo parcialmente conocida, se perfilaba así como eminentemente de clases medias, llegando a incorporar a un jornalero entre sus filas. El otro tercio de los empleados se proclamaba católico, alcanzando en este caso la correlación entre profesión y militancia una intensidad sólo comparable a la del nacionalismo y los labradores. De los siete mandatos católicos, cinco fueron ejercidos por empleados, siendo desconocida la procedencia social del resto de los católicos.</p>
<p>En resumen, frente a conservadores y liberales, de extracción social más difusa, la representación nacionalista y católica tuvo un perfil social muy marcado, labradores y empleados respectivamente. El mundo rural tradicional, modesto, pero independiente en el primer caso; las nuevas clases medias en expansión y dependientes de la industrialización en el segundo.</p>
<p>LAS IZQUIERDAS</p>
<p>Al margen de la entente práctica de este amplio espectro de derechas, la fuerza política de la izquierda aparecía como extremamente débil e irregular. Los republicanos superaban a los socialistas en tradición e implantación asociativa. El Círculo Republicano fundado en 1891 y la más reciente Juventud Republicana de 1904, con 197 y 68 socios respectivamente, situaban al asociacionismo republicano como el más numeroso de la localidad después del católico. Contaban, además, los republicanos con los Círculos Republicanos de Alonsótegui y Retuerto (39 socios), consiguiendo una implantación en los diferentes núcleos del municipio similar a la nacionalista.</p>
<p>En los primeros años del siglo el republicanismo baracaldés se mantuvo en las coordenadas de la vieja oposición liberalismo &#8211; tradicionalismo. Como vanguardia del frente liberal sostuvo en la localidad la antorcha del antitradicionalismo con sus escuelas laicas y su denuncia de la creciente influencia política del catolicismo en sus distintas expresiones (“sociedad jesuítica”) fruto de la erosión liberal. Pero esta propuesta de desarrollo del liberalismo se estrellaba contra la estrategia de frente de derechas impulsada por Altos Hornos.</p>
<p>En el terreno de las oposiciones locales, el republicanismo baracaldés retomaba el testigo que habían abandonado los propietarios agrícolas y pugnaba por convertirse en el cauce de expresión política del descontento del segundo escalón de la pirámide de agraviados por la <em>fábrica</em>: los comerciantes. Los vínculos del republicanismo con los comerciantes eran estrechos. Su estructura para las elecciones provinciales se articulaba en torno a las tiendas, y sus principales candidatos eran tenderos. Esta circunstancia ligaba íntimamente el republicanismo a la Unión Comercial, sociedad de defensa del comercio local, presidida por un republicano. La Unión Comercial y el republicanismo presentaron candidaturas complementarias a las elecciones municipales de 1903 y 1905.</p>
<p>Sin embargo, también en este ámbito de las oposiciones locales, y con mayores motivos, bloqueó Altos Hornos las estrategias del republicanismo local. Ni siquiera bajo la apariencia de representantes del comercio, consiguieron los republicanos ser considerados en las combinaciones electorales de la <em>fábrica</em>, y no obtuvieron más que un sólo concejal por Retuerto en 1905. En consecuencia, tanto la dinámica política general (imposibilidad de desarrollar el frente antitradicionalista) como el juego de oposiciones locales (imposibilidad de hacerse un hueco en las redes pactadas de poder local) abocaban al republicanismo a la ruptura definitiva con Altos Hornos y el monarquismo local y a la alianza con los socialistas.</p>
<p>Los socialistas habían constituido, por su parte, la Agrupación Socialista en 1902 y la Juventud en 1904, además de la Agrupación Socialista del Regato. Con 86, 28 y 30 socios respectivamente, se situaban ligeramente por encima de los efectivos del nacionalismo y le tomaban la delantera en la organización de las juventudes. A diferencia de la actuación más localista y coyuntural de los republicanos, los socialistas aparecían como una opción claramente política al margen del poder local y presentaban desde mediados de los años noventa candidaturas en todos los distritos. Sin embargo, obtuvieron un único concejal en 1899 y tuvieron que contentarse con rozar en 1903 la nominación en Burceña y Retuerto en 1903 y 1905.</p>
<p>Los escasos votos que obtenían los socialistas en El Desierto, el nuevo centro nacido entorno a Altos Hornos, ilustran las dificultades de implantación del partido entre los obreros de la <em>fábrica </em>y obliga a matizar la imagen del partido como expresión política del moderno proletariado. De hecho, más que en la oposición entre capital y trabajo, los socialistas, al igual que los republicanos, se ubicaban en la más tradicional y genérica oposición entre Altos Hornos y el pueblo. Como en el caso de los republicanos, eran comerciantes e industriales, concretamente taberneros, quiénes desde el campo socialista demandaban el voto para alterar el <em>estatus quo </em>local.</p>
<p>La extensión del término municipal de Barakaldo y su fragmentación en diversos núcleos de población le privó de un comportamiento político más o menos uniforme. Cada distrito electoral de Barakaldo, y aún cada sección, presentó unas características políticas diferenciadas.</p>
<p>En San Vicente, viejo núcleo de la localidad, se impusieron sin dificultad las candidaturas de derechas o de orden basadas en la combinación ya señalada de un candidato nacionalista por la minoría y conservadores o católicos por las mayorías. Frente a esta combinación, la izquierda no sobrepasó los 180 votos, aproximadamente un 25% de los votantes.</p>
<p>El Desierto, situado entre San Vicente y la Ría, era la zona de crecimiento del Barakaldo industrial. En él se ubicaban la empresa Altos Hornos, las estaciones de ferrocarril y, de hecho, el centro del moderno Barakaldo. Sin embargo, resulta significativo que no fuera el núcleo más moderno del municipio el protagonista de la modernización política. Por el contrario, fue el distrito sobre el que la <em>fábrica </em>ejerció una influencia más directa y en el que por más tiempo se mantuvieron las viejas prácticas de manipulación del sufragio. Todo ello le convertía en inaccesible para los nacionalistas que no presentaron candidaturas por El Desierto hasta la II República. Tampoco fue un distrito favorable a la izquierda, aunque las candidaturas republicanas de la Unión Comercial rozaron la proclamación por minorías en 1903 y obtuvieron en 1905 un 15% de los votos. Las fuerzas socialistas fueron casi testimoniales (entre un 5 y un 9%). Era, por tanto, un feudo de las candidaturas dinásticas de la <em>fábrica</em>, y especialmente, del católico Rodolfo de Loizaga.</p>
<p>Existen indicios para otorgar crédito a las denuncias de abierta manipulación electoral tanto en San Vicente como en El Desierto. En ambos distritos las concejalías eran pactadas con anterioridad a la elección que meramente sancionaba el acuerdo previo. En 1905 este acuerdo incluía a un excombatiente carlista destacado dirigente del catolicismo local, a un propietario conservador y a un labrador nacionalista por San Vicente, y a dos liberales demócratas junto a un candidato de filiación desconocida por El Desierto. Ni siquiera se intentaba conferir verosimilitud al resultado manteniendo alguna distancia entre los concejales proclamados por la mayoría y el de la minoría; los tres eran candidatos oficiales y los tres obtenían el mismo número de votos. De hecho, como ya se indicó, sólo un perfectamente organizado y poco verosímil copo en ambos distritos podría hacer coincidir el total de los votos obtenidos por los candidatos y el número de votantes, en torno al 75% del censo en los dos distritos.</p>
<p>Así, pues, más allá de la cooptación del nacionalismo en San Vicente, no hubo verdadera pugna política en los dos distritos que componían el núcleo urbano de Barakaldo.</p>
<p>La competencia electoral quedaba en realidad limitada a los distritos de Retuerto y Burceña, menos controlables por la <em>fábrica</em>.</p>
<p>Por Retuerto compitieron personalidades representantes de todo el espectro político. El hecho de que las candidaturas fueran siempre uninominales permite que sea el distrito dónde se conoce con mayor exactitud la fuerza de cada una de las sensibilidades políticas.</p>
<p>Desde la elección del nacionalista Raimundo de Uraga en 1903, el nacionalismo se aseguró la concejalía por mayorías. Se disputaron la minoría carlistas, independientes, y, especialmente republicanos y socialistas, que en 1903 y 1905 consiguieron un 23 y un 19% de los votos respectivamente. La elección en Retuerto era especialmente reñida. En 1903 los republicanos quedaron sólo a tres votos de la victoria y los socialistas a veinte. En 1905 obtuvieron en este distrito los republicanos su único concejal durante este periodo.</p>
<p>El distrito de Burceña aparecía dividido entre Alonsótegui, “pueblo mitad fabril, mitad minero” en el interior, y el núcleo industrial de Luchana en la Ría. Dominado hasta 1909 por los liberales, se perfilaba ya en 1905 como un distrito abierto a la competencia política en el que los socialistas retenían el 21% de los votos ya conseguido en 1903, mientras que la primera candidatura nacionalista se hacía con el 12%.</p>
<p>La relativa independencia de estos distritos del control de Altos Hornos no cuestionó la dinámica política basada en el papel directivo de la empresa en la configuración de una amplia mayoría de derechas en el ayuntamiento afín a sus intereses.</p>
<p>La desorientación y reorganización del monarquismo dejaba un amplio campo de juego a nuevas sensibilidades políticas como el nacionalismo. La empresa reconocía su representatividad y lo integraba, ya fuera dándole la representación de la derecha en Retuerto o combinándolo con sus candidaturas en San Vicente. Las peculiaridades ideológicas de cada uno de los sectores de derechas no eran óbice para su común funcionamiento y los incidentes de Retuerto eran un buen ejemplo de ello. En diciembre de 1905, el nacionalista Meabe pronunciaba un mitin en el Batzoki del Regato en el cual manifestaba abiertamente los postulados sabinianos: “los nacionalistas venimos sufriendo y sufriremos tres persecuciones por parte de los españoles. A saber: primero, la prisión preventiva, segunda la prisión en Ceuta, tercero el fusilamiento (&#8230;) Quizás sea yo una víctima y mártir de nuestra causa, pero no importa. Lo seré con la frente muy alta (&#8230;) los españoles no tienen derecho á pisar este territorio vizcaíno; porque llegará un día que se enseñoreen de Vizcaya y nosotros tendremos que emigrar a América. Por eso aconsejo, que debemos convertirnos en nacionalistas de acción para arrancar á la fuerza lo que por derecho nos corresponde. (&#8230;) Los vizcaínos podemos gobernarnos solos, sin necesidad de que los extraños manden en nosotros.”</p>
<p>Jóvenes republicanos provocaron incidentes durante el mitin que se saldaron con su detención. Dada la indiferencia de las autoridades locales, presentaron una denuncia ante el gobernador (“pues ante todo son españoles que no pueden sufrir tamaño insultos”) que era desautorizada por el alcalde, quien expresaba su confianza en el presidente del Batzoki y cuarto teniente de alcalde.</p>
<p>De hecho, no era sólo que las fidelidades ideológicas del nacionalismo no cuestionaran la coalición, sino que resultaba difícil distinguir, más allá del antimaquetismo, sin duda compartido por amplios sectores, a estos primeros nacionalistas del resto de las sensibilidades de derechas herederas del tradicionalismo. El fundador y principal animador del batzoki de Retuerto en 1906, J.F. Tierra, “el que aquí era ídolo de muchos nacionalistas; el que por sus campañas en la conferencia, en el mitin y en la prensa, enloqueció a muchos que hoy son socios de nuestros Batzokis”, se integraba con posterioridad en la candidatura conservadora para las provinciales de 1913. Francisco Echave, concejal elegido en 1909 como nacionalista, se definía en 1921 como católico. De manera similar, cuando en 1921 reprimió como alcalde las manifestaciones festivas nacionalistas, <em>Aberri </em>recordaba al católico Loizaga el haber sido “tan asiduo concurrente en otros tiempos a jiras y fiestas nacionalistas”.</p>
<p>Los primeros desafíos</p>
<p>La entente de funcionamiento político descrita en el apartado anterior se enfrentó al primer desafío importante en 1909. En las elecciones municipales de diciembre la izquierda presentaba su primer intento coordinado de salir de la marginalidad política a través de la Conjunción republicano-socialista. La Conjunción retomaba el tradicional discurso de defensa de los intereses del pueblo frente a los de la <em>fábrica</em>. Como había sucedido en 1896, el desafío a la <em>fábrica </em>daba lugar a la aparición de un semanario local, <em>El Eco de Baracaldo</em><strong>, </strong>que reeditaba las denuncias de su predecesor sobre la cesión del agua a Altos Hornos, y la dependencia de los concejales: “vosotros sois concejales sólo, entenderlo bien, por la influencia que estas grandes industrias ejercen en las altas esferas del poder y en el elemento trabajador, de cuya inconsciencia se abusa.</p>
<p>Acudís á las sesiones con los mandatos imperativos y dependéis de un modo de directo de los Altos Hornos, Luchana Mining o la Orconera, y digo de un modo directo, porque cobráis sueldo de dichas entidades, y esos sueldos los disfrutáis también cuando tenéis que acudir a las farsas municipales ya aludidas; cuando abandonando el taller, ocupáis el escaño para <em>administrarnos</em>”.</p>
<p>A diferencia de la oposición de las viejas fuerzas vivas, la conjunción trascendía el lamento y la voluntad administrativista, para plantear un programa municipal basado en la revisión de las tarifas fiscales con miras a no gravar las subsistencias y el traslado de la carga fiscal a la propiedad y la producción industrial.</p>
<p>Fiel a sus hábitos de actuación política, Altos Hornos encaró el desafío intentando minar su carácter alternativo por medio de la inclusión de una parte del grupo opositor en sus combinaciones de poder. Así, ofreció la proclamación por el artículo 29 en El Desierto al candidato republicano dirigente de la Unión Comercial. Esta cooptación llegaba, sin embargo, demasiado tarde para frenar el paso del republicanismo, que había pugnado por ella durante años, al campo alternativo. Si bien buena parte del republicanismo veía en este acuerdo el éxito de su estrategia pasada, los socialistas lo denunciaron y amenazaron con romper la coalición electoral. Finalmente, el republicanismo optó por confirmar el desafío a Altos Hornos y, ante la insistencia del candidato en cuestión por mantener el pacto, decidió expulsarlo de la agrupación republicana y nombrar un substituto para la conjunción. La debilidad republicana no podía ser más patente. Por un lado, sólo conseguía ser tenido en cuenta en las combinaciones oficiales ante la amenaza al recurso alternativo a la movilización electoral, y por otro, tal movilización jugaba a favor de los socialistas, pues la candidatura de la conjunción sólo reservaba un puesto a los republicanos sobre siete.</p>
<p>Los resultados electorales confirmaban esta debilidad. Mientras el republicano expulsado casi cuadriplicaba sus votos en relación a 1905 y salía elegido con el mismo nivel de voto que la candidatura conservadora oficial, el candidato republicano conjuncionista fracasaba. Altos Hornos había conseguido gracias a la cooptación de la Unión Comercial no sólo conjurar el peligro conjuncionista, sino además invertir el crecimiento de la izquierda en El Desierto. Si en 1905 republicanos y socialistas habían superado el 22% de los votos, en 1909 apenas rozaban el 19%. En San Vicente, por el contrario, la Conjunción remontó de unas posiciones testimoniales al 23% de los votos, un resultado que los efectivos socialistas no esperaban puesto que el día de la elección abandonaran el distrito dándolo por perdido y marcharon a Bilbao. En Retuerto, con el 35% de los votos, la Conjunción lograba proclamar a su candidato por la mayoría y en Burceña, con el 28%, hacerlo por la minoría. En total, la conjunción había conseguido más de un cuarto de los votos emitidos en Baracaldo y había logrado la proclamación de dos concejales socialistas.</p>
<p>Las elecciones municipales de diciembre de 1909 cerraban un ciclo político en Baracaldo: el del dominio de la derecha sin resistencias notables. A partir de esta fecha, el funcionamiento político local iría abriéndose progresivamente a la competencia política.</p>
<p>Esta nueva circunstancia trastocó notablemente la <em>mayoría innominada </em>que hasta el momento había regido la localidad. A medida que las resistencias a su continuidad crecían y el espacio político se ampliaba con la incorporación de nuevos sectores a la política, había de resultar cada vez más difícil mantener unas pautas de funcionamiento político caracterizadas por la marginación del cuerpo electoral y la reducción del espacio político a un reducido núcleo de personas e intereses. La principal víctima de esta reorganización del juego político fue el liberalismo baracaldés. Los liberales baracaldeses, que habían contado con 6 de las 19 concejalías de 1906 a marzo de 1909 y que mantuvieron 5 concejales desde esta fecha a las nuevas municipales de diciembre, prácticamente desaparecieron del mapa político local. Sólo uno de los concejales proclamados por el artículo 29 en marzo aparece definido como liberal y, tras la finalización de su mandato en enero de 1912, la única calificación de liberal hace referencia este año al alcalde de R.O. Pablo Arregui, quien tres años antes y en el mismo puesto, aparecía definido como conservador. La nueva oposición derecha &#8211; izquierda no dejaba espacio al liberalismo baracaldés.</p>
<p>La reorganización del monarquismo vizcaíno, que no había contado con organización alguna desde 1903, aparecía liderada por los conservadores. La ofensiva conservadora por dotar de instrumentos políticos al monarquismo se concretó a finales de 1909 en la fundación del periódico <em>El Pueblo Vasco </em>y del Círculo Conservador. Esta reorganización conservadora difería de las anteriores en que no pretendía reforzar una identidad política dentro del campo liberal en oposición al tradicionalismo, sino hacer frente al desafío de la izquierda a través de la constitución de una derecha moderna antirrevolucionaria. “Su objetivo fue ahora combatir a los partidos de izquierda, republicanos y socialista, ante lo cual las fuerzas antiliberales tradicionales debían ser aliados naturales”.</p>
<p>Tal reorganización del espectro político en torno a los principios de orden, catolicismo y monarquía dejaba poco espacio en Vizcaya a una identidad política específicamente liberal, máxime en Baracaldo donde la influencia del líder conservador Fernando María de Ibarra, principal accionista de Altos Hornos, era más que notable. Abría, sin embargo, esta reorganización del monarquismo la posibilidad de sancionar políticamente lo que había sido una práctica en la política baracaldesa de los años anteriores, es decir, la confluencia de las distintas sensibilidades de la derecha en un frente común. En realidad este frente se mantuvo en Baracaldo hasta 1917, pero el periodo de 1909 a 1917, cuando precisamente se lanzaba abiertamente la propuesta, se caracterizó por la paulatina demarcación en su interior de identidades políticas progresivamente excluyentes. En Baracaldo la lógica de la posterior división y enfrentamiento radicó en las estrategias que cada sector político de la derecha adoptó frente al desafío de la izquierda.</p>
<p>Los distintos sectores de la derecha baracaldesa no eran en absoluto homologables respecto a sus bases de poder. Mientras los monárquicos derivaban su poder exclusivamente de su relación con el Estado y con Altos Hornos (no tenían de hecho ni una sociedad ni centro), el resto de las fuerzas de derechas se fue dotando paralelamente al crecimiento de la izquierda de una estructura organizativa capaz de proveerlas de una amplia base social.</p>
<p>Ya se señaló en el apartado anterior la amplia base asociativa del movimiento católico a caballo entre la tradicional asociación piadosa y la obrerista. El catolicismo baracaldés se abstuvo, sin embargo, de dirigir hacia la movilización política su estructura organizativa tal y como sucedía en otros lugares. En realidad no lo necesitaron. Figuraron siempre en las candidaturas oficiales de sus núcleos de implantación (San Vicente y El Desierto), consiguieron ampliar su presencia en el ayuntamiento a tres concejales desde 1912, los cuales, además, tendieron a situarse favorablemente en los equipos de gobierno: mantuvieron la primera tenencia de alcaldía que ostentaban desde 1906 que completaban con la segunda tenencia de 1914 a 1916 y con la sindicatura suplente de 1912 a 1914. No teniendo que apelar a la movilización para conseguir posiciones favorables en las combinaciones de Altos Hornos, los dirigentes del catolicismo local pudieron obviar las consecuencias imprevistas del recurso a tal movilización.</p>
<p>La Sociedad Tradicionalista vertebró la sociabilidad del carlismo local, ausente del ayuntamiento desde 1906. Sus actos aparecen con irregularidad en los estados municipales, pero queda constancia de sus intentos de convocar en diferentes momentos ciclos de conferencias y veladas a la manera de los que hacía la izquierda. En 1912 conseguía reunir en un mitin contra la política de Canalejas a más de 200 personas. A partir de 1915, tras la inauguración de sus nuevos locales, consolidó sus veladas semanales. Esta consolidación institucional fue paralela a su reincorporación a las mayorías lideradas por la <em>fábrica</em>. En 1914 retornaban los carlistas con un concejal al ayuntamiento, presencia que se amplió a tres en 1916, en ambos casos claramente alineados y favorecidos por la <em>fábrica</em>.</p>
<p>En contraste con el estatismo diáfano del conservadurismo y con el protectorado que ejercía sobre tradicionalistas y católicos, la expansión organizativa del nacionalismo en el periodo 1905-1910 perfilaba una estructura organizativa homologable a la de la izquierda.</p>
<p>Al igual que socialistas y republicanos, el nacionalismo baracaldés contaba desde 1907 con su propia Juventud e implantación en los distintos barrios. A los Batzokis de Retuerto (1906) y Alonsótegui (1908), siguió la fundación del Batzoki de Burceña, oficialmente en 1913, pero constituido desde 1910. Son escasas las actividades nacionalistas reseñadas en los estados municipales, pero su expansión organizativa apunta a que como mínimo el nacionalismo constituía un referente cotidiano de la sociabilidad de diferentes barrios. Esta estructura organizativa acabó por erigirse en la fuente de poder del nacionalismo local. A medida que avanzaba su implantación en los barrios, la presencia municipal del nacionalismo dejaba paulatinamente de depender del acuerdo con los poderes de hecho para apoyarse crecientemente en la movilización electoral. La transformación cualitativa que sufría el nacionalismo baracaldés durante estos años puede constatarse en la procedencia de sus concejales. En el periodo anterior la integración en la candidatura oficial en San Vicente había sido el canal básico de incorporación del nacionalismo al ayuntamiento. A partir de diciembre de 1909 la movilización electoral de los barrios iba a ser la base del grupo nacionalista municipal estabilizado en torno a los cinco concejales.</p>
<p>En este sentido, mientras el nacionalismo se consolidaba en Retuerto y Burceña, San Vicente perdía terreno hasta el punto de no conseguirse en este distrito la proclamación de concejales en 1915. De manera similar, si todavía en 1909 el distrito de San Vicente representaba el 45% del total del voto nacionalista, en 1915 este porcentaje se había reducido al 19%, en favor del peso electoral de Retuerto y Burceña. Tras el desafío de la izquierda de 1909, el nacionalismo dejaba de ser una expresión más de las fuerzas vivas del casco urbano tradicional, para convertirse en el protagonista de la movilización política de los sectores no socialistas en Retuerto y Burceña, es decir, en aquellos distritos que escapaban al control directo de Altos Hornos. El nacionalismo presentaba la novedad de una derecha antisocialista que ya no basaba exclusivamente su poder en los acuerdos con los poderes tradicionales, sino en la movilización de sus bases, en competencia con la izquierda con sus mismos métodos.</p>
<p>Esta mutación había de crear fuertes tensiones en el seno del movimiento nacionalista. Frente a los primeros nacionalistas, vinculados a una dinámica de equilibrio de fuerzas vivas, los nuevos sectores presionaban hacia una nueva línea de actuación. De un lado, la movilización en función de apelaciones ideológicas entraba en contradicción con una actuación basada en la tradicional negociación de intereses de fuerzas vivas. Por otro, el eco social alcanzado por las propuestas nacionalistas fundamentaba la pretensión de que se les reconociese un mayor peso en la coalición de derechas que gobernaba la localidad.</p>
<p>Puesto que “las turbas revolucionarias que bajaron del monte a hacerle a Prieto diputado, no tuvieron aquí más barrera que la impuesta por los pechos nacionalistas, que así desafiaban las iras de esas turbas”85 en las elecciones de 1914, resultaba lógico que demandasen de la <em>fábrica </em>su reconocimiento como líderes de la derecha en sus respectivos distritos.</p>
<p>El descontento ideológico por la línea transigente seguida por los concejales nacionalistas aparecía ya en 1908 a través de un escrito de un anónimo nacionalista retuertoarra que criticaba en <em>Aberri </em>la asistencia de un concejal “de filiación nacionalista y autoridad del partido” a una fiesta escolar en la que, desde una tribuna “engalanada con los colores nacionales españoles”, escuchó la Marcha Real. La conclusión del denunciante no dejaba lugar a dudas sobre su desacuerdo con la política conciliadora del nacionalismo local: “No quiero hacer comentarios, sólo diré que en la política prudentear, transigir y conciliar, es pintoresco, pero casi siempre inconveniente y que no es de hombres que tienen por armas invencibles la fe y la verdad”.</p>
<p>El nacionalismo baracaldés, sin embargo, estaba aún lejos de la práctica excluyente. Después de la publicación de varias réplicas y contra-réplicas patrióticas que ninguna información añadían al caso, <em>Aberri </em>descalificaba el escrito inicial tras recibir su redactor la visita de una comisión de batzikes y los sectores disconformes habían de sacrificarse a la reconciliación “en holocausto de Dios y de la Patria”.</p>
<p>Consecuente con su rechazo de la transigencia local del partido, este mismo sector intentó presentar un candidato propio a las elecciones municipales de 1909 que, junto al nacionalista apoyado por Altos Hornos, habría de otorgar el copo a los bizcaitarras. La pretensión alarmó a Altos Hornos y a la derecha, ya que esta candidatura, al competir por la segunda acta con un carlista, ofrecía el triunfo al candidato socialista. A pesar de las presiones, este sector se mantuvo firme hasta que, la víspera de la elección, “descendió de un coche un joven con el <em>ukase </em>de las autoridades superiores para que se retirara y con compromiso de Altos Hornos de apoyarle en las siguientes elecciones”. En palabras de los propios afectados “pudo más el sentimiento religioso de nuestros directores que todas las conveniencias del partido y obligaron a nuestro candidato a retirarse&#8230;”</p>
<p>El compromiso se cumplió en las municipales de 1911. Idelfonso Taranco, <em>Tabejón</em>, resultaba elegido en esta fecha junto a un independiente en competencia con republicanos y socialistas divididos. La pugna se reeditaba, sin embargo, en 1913 y 1915 cuando, al igual que en 1909, junto a la candidatura nacionalista oficial y pactada con Altos Hornos, aparecían candidatos que pretendían alcanzar el copo nacionalista. En ambos casos, la operación se saldó con el fracaso.</p>
<p>La exclusión de esta candidatura de los pactos entre los poderes consolidados, abocaba a sus promotores al recurso directo a la movilización electoral de las bases. Aparecía, así, por primera vez en 1913 la propaganda política electoral de la derecha. El discurso de los nacionalistas disidentes de Retuerto no se alejaba demasiado del discurso de las viejas fuerzas vivas de finales de siglo. Simplemente oponía la identidad vasca tradicional y sus valores asociados, ya no a Altos Hornos y a las novedades de la industrialización local, sino al socialismo. La incompatibilidad entre socialismo y linaje vasco era el argumento. El antimaketismo presidía la descalificación del candidato socialista: “Evaristo Fernández (a la reelección), natural de&#8230;&#8230;no sabemos (&#8230;) ¿Que quiere un concejal nacionalista nombrar una barrendera barakaldesa para las Escuelas de Retuerto, Fernández dice que tiene que ser una de&#8230;.que vive en el Desierto”. Junto al antimaketismo, la defensa de la religión establecía el objetivo inmediato del nacionalismo en la lucha contra “seres inhumanos que en Luchana como en Retuerto han declarado guerra a Dios negando hasta el bautizo a sus hijos”.</p>
<p>En definitiva, religión y antimaketismo constituían por el momento los parámetros ideológicos básicos del nacionalismo retuertoarra. A partir de ellos pugnaban por vertebrar en torno a la síntesis sabiniana al catolicismo, al viejo tradicionalismo y a las energías inconformistas:</p>
<p>“Si sois católicos, veréis cómo él defiende pura é intangible la doctrina católica. Si sois tradicionalistas, observaréis como en su programa late intenso, él solo, el verdadero tradicionalismo vasco. Si suspiráis por la libertad, ella es la que informó el espíritu de nuestra antigua legislación, ella la que coronada por la Cruz, simboliza el Arbol. Sin embargo, ni siquiera el sector más radical del nacionalismo baracaldés desempeñaba ese papel “antioligárquico” que Real Cuesta atribuye al nacionalismo vizcaíno ya desde 1898. Ninguno de los sectores nacionalistas cuestionaba las prácticas caciquiles de la fábrica, ni abogaba por la limpieza del sufragio. El anticaciquismo estaba ausente tanto de la actuación del nacionalismo mayoritario que se vinculaba institucionalmente a las candidaturas oficiales (en 1911 era elegido por San Vicente el vicepresidente de Euskalduna de 1917 y en 1915 el presidente de la Juventud Vasca por Retuerto) como de la disidencia retuertoarra. Por el momento, ésta se limitaba a pugnar por su reconocimiento en los encasillados de Altos Hornos y mantenía un tono de lamento porque la <em>fábrica </em>“nunca nos ha dado sus votos de la 2ª Sección”.</p>
<p>La frustración de este sector no haría más que ir en aumento dada la estrategia política de la <em>fábrica </em>en este segundo periodo. A diferencia de los que había sucedido en la década anterior de desorganización dinástica, en estos años Altos Hornos, optó por una opción política propia ya claramente definida: el conservadurismo y, más concretamente, el conservadurismo maurista. En la coyuntura de 1913-1917 la dinámica política de la derecha local (y por extensión la del municipio) había de depender de qué sector consiguiera hacer pivotar a su alrededor a católicos, carlistas y monárquicos indefinidos.</p>
<p>La pugna se estableció entre los mauristas, claramente vinculados a la dirección de Altos Hornos, que contaban a su favor con el poder de la empresa en asuntos electorales, y los nacionalistas, con incipientes pretensiones de hegemonía política, con unas bases electorales firmes y concentradas en Burceña y Retuerto. La disyuntiva se saldó rápidamente a favor de la <em>fábrica </em>que, ante la creciente autonomía de los nacionalistas, se apoyó en católicos y tradicionalistas, reintegrando a éstos últimos en la vida política. A diferencia de las pretensiones hegemónicas del nacionalismo, Altos Hornos no pretendió subordinar ideológicamente estos sectores al conservadurismo, simplemente los ancló a la defensa práctica de sus intereses combinándolos generosamente con los conservadores.</p>
<p>Así, dentro de lo que ya se perfilaba como el grupo municipal de la <em>fábrica </em>por oposición a nacionalistas y a la izquierda, los conservadores no ostentaron durante este periodo más que 15 concejalías, mientras que 10 correspondieron a los católicos, 4 a los tradicionalistas y dos al exrepublicano de la Unión Comercial cooptado en 1909. A diferencia de los nacionalistas, Altos Hornos no estaba tan interesado en consolidar una opción política como en desarrollar un amplio frente de derechas afín a sus intereses.</p>
<p>Con la progresiva delimitación de dos campos de derechas, el de la <em>fábrica </em>y el nacionalista, se dibujaba el mapa electoral local que había de mantenerse hasta la Dictadura de Primo de Rivera.</p>
<p>En Retuerto, el liderazgo de los nacionalistas parecía indiscutible. Sólo la mencionada pretensión de los nacionalistas disidentes de competir por el copo provocaba tensiones. Ambos candidatos conseguían en 1913 y 1915 el 51%. El resto dio la concejalía al socialista Evaristo Fernandez en 1913, quien desde su elección en 1909 parecía consolidar su posición en el distrito a partir de su acercamiento al Sindicato Agrícola local y a sectores del vasquismo95. La entrada del socialismo en las redes del poder local se saldaba con la no obstrucción a la decisión de la <em>fábrica </em>de contrarrestar el minoritario desafío nacionalista con el apoyo a un candidato jaimista en 1915. Una maniobra que los nacionalistas denunciaban como alianza “Carlo &#8211; republicana &#8211; socialista &#8211; médica – Altos Hornos y fuerzas vivas locales”.</p>
<p>Menos disputado resultaba el distrito de Burceña. Desde las municipales de 1911, en las cuales el presidente del Batzoki de Alonsótegui consiguió el 43% de los votos, el distrito se perfiló como un feudo nacionalista en el que éstos obtuvieron el copo desde 1913, primero en alianza con un católico independiente y posteriormente en solitario. La hegemonía nacionalista sobre la derecha perjudicó notablemente a los socialistas que, pese a su continua progresión de votos (21, 28, 32, 34 y 37 por ciento de 1905 a 1915) se vieron marginados de las concejalías por este distrito.</p>
<p>La evolución de la derecha en el casco urbano era diametralmente opuesta a la seguida en los barrios. En San Vicente y El Desierto la <em>fábrica </em>respondió al crecimiento nacionalista, incipientemente alternativo, castigándolo con la expulsión de sus candidaturas e integrando a jaimistas y católicos en su ofensiva conservadora Si todavía en 1911 se mantuvo en San Vicente la característica inclusión del nacionalismo en la candidatura oficial, en 1913 conservadores y jaimistas y en 1915 jaimistas y católicos, privaron de su tradicional acta a los nacionalistas quiénes en abierta competencia electoral apenas superaban el 20% de los votos. Más firme fue aún el control de la <em>fábrica </em>sobre su feudo tradicional de El Desierto donde conservadores y católicos monopolizaron las actas. La minoritaria presencia de la izquierda en ambos distritos (23 y 11% en 1909 y 1911 en San Vicente y 18 y 14% en Desierto) se convertía en meramente testimonial en los años siguientes (por debajo del 2% con la excepción del 6% de 1915 en San Vicente).</p>
<p>Esta progresiva definición de la triangulización política guardaba una notoria correspondencia con los realineamientos de los distintos sectores de la sociedad baracaldesa. El periodo 1910-1918 se caracterizó por el crecimiento del peso de las clases medias en la composición socioprofesional del ayuntamiento. Con anterioridad a 1910 este sector apenas alcanzaba a representar el 45% del total de concejales y más de la mitad de sus efectivos estaba constituido por labradores. Entre 1910 y 1918 rozó prácticamente el 60%, destacando en esta evolución la desaparición de los labradores. Las clases altas y medias se mantuvieron prácticamente en los niveles anteriores. Esta evolución en la extracción social de los ediles baracaldeses no se distribuyó en la misma medida entre todos los grupos políticos. Existió una muy diferente vinculación de los sectores políticos y las oposiciones sociales de la localidad. El desplazamiento de las bases de poder nacionalista hacía los barrios y su creciente alternatividad al poder de Altos Hornos se correspondía con una profunda mutación en su composición social. Como se indicó en el apartado anterior, la representación nacionalista aparecía muy vinculada a un sector concreto de la sociedad baracaldesa, el de los modestos propietarios agrícolas que accedían al conjunto de fuerzas vivas a través del nacionalismo.</p>
<p>A partir de 1910, los nuevos concejales nacionalistas provinieron de sectores claramente urbanos y de clase media en algunos casos de destacada solvencia económica. Estos sectores mesocráticos ejercieron en este periodo más del 60% de los mandatos nacionalistas, en contraste con el 23% correspondiente a las clases bajas y el escaso 4% de las altas. Más concretamente fueron las clases medias independientes (contratistas, carpinteros, etc) quiénes marcaron la pauta del nuevo perfil social nacionalista. Estos sectores representaron el 38% de sus concejalías frente al 23% de los empleados (sd 9%)98.</p>
<p>De hecho, su protagonismo en las mutaciones del nacionalismo baracaldés durante este periodo queda constatada si se tiene en cuenta que las cinco concejalías correspondientes a empleados fueron ejercidas por el sector más cercano a la dinámica política anterior, concretamente por el nacionalista “de Altos Hornos” Zorriqueta, candidato oficioso de la derecha en Retuerto, y por un concejal de Burceña que una vez en el ayuntamiento se proclamaba independiente.</p>
<p>Por tanto, el nacionalismo se erigía por primera vez en uno de los canales de expresión de los antagonismos entre una parte de las clases medias independientes baracaldesas y los intereses de la <em>fábrica</em>. Nada menos que el 72% de los concejales industriales eran nacionalistas (sd.9%). No contaba, sin embargo, el nacionalismo entre sus efectivos con el otro grupo profesional de las clases medias independientes: los comerciantes. La izquierda continuó siendo la vía mayoritaria de acceso al poder local de hombres procedentes del comercio. En este caso la correlación entre militancia y extracción socioprofesional era muy elevada: el 70% de los concejales comerciantes eran socialistas y todos los concejales socialistas provenían del comercio. El resto de los comerciantes presentes en el ayuntamiento se alineaba con el grupo de la <em>fábrica </em>y fue elegido en las candidaturas de la Unión Comercial que, como se indicó, había sido cooptada en 1909.</p>
<p>En contraste con este alineamiento de las clases medias independientes con socialistas y nacionalistas, los concejales empleados pertenecían al bloque de Altos Hornos.</p>
<p>El 25% de los concejales empleados era conservador, el 20% católico, el 5% liberal y otro 5% tradicionalista (sd. 5%). Si a este 55% se le añade el 25% correspondiente a los empleados nacionalistas ya mencionados, la estrecha vinculación de los empleados a las directrices de Altos Hornos quedaría suficientemente establecida.</p>
<p>De entre las identidades políticas que se aglutinaban entorno a la <em>fábrica </em>el catolicismo la que contaba con mayor número de estos empleados en sus filas. El 40% de los concejales católicos eran empleados (sd. 20%), mientras que sólo provenían de este grupo el 33% de los concejales conservadores (sd 6%).</p>
<p>Los conservadores, por su parte, continuaban siendo el grupo político más claramente vinculado a las clases altas baracaldesas. Cinco concejalías ejercidas por propietarios agrícolas y dos por un médico adscribían al 63% de los concejales mejor situados en la pirámide social baracaldesa al conservadurismo (sd. 9%). De hecho, si se obvia la caracterización del alcalde y propietario Pablo Arregui, cuya ambigua significación ya ha sido comentada con anterioridad, este porcentaje se elevaría hasta el 72%.</p>
<p>A grandes rasgos, pues, la progresiva diferenciación de dos sectores políticos en el seno de la mayoría de derechas que seguía rigiendo el ayuntamiento traducía una fractura clave entre las ascendentes clases medias baracaldeses: aquélla que separaba a los grupos que obtenían sus ingresos de una actividad independiente que se movilizaban políticamente en torno al nacionalismo y la izquierda, y aquellos sectores sociales para los que tanto su ubicación social como política dependía de las empresas.</p>
<p>Estas tensiones entre las diferentes identidades políticas de la derecha en proceso de definición no afectaron a la continuidad de la <em>mayoría innominada </em>que gobernaba en el ayuntamiento. Se circunscribían, por el momento, a la obtención de mejores posiciones relativas en el seno del grupo que monopolizaba el poder local que ni siquiera se expresaban abiertamente. Solamente en 1916 los nacionalistas de Retuerto y Burceña utilizaron su representación en el consistorio para cuestionar el lugar que se les reservaba en el equipo de gobierno y, en todo caso, desde una perspectiva más defensiva que ofensiva. Las votaciones para la constitución del ayuntamiento de este año apuntaban a que lo mecanismos de negociación tradicionales comenzaban a entrar en crisis. Por primera vez, el equipo no era elegido por unanimidad y tuvo que ser renegociado en la búsqueda de votos necesarios.</p>
<p><strong>1.4.- Las mutaciones</strong></p>
<p>En los años finales de la segunda década del siglo, el protagonismo adquirido por el referente nacional acabó por fragmentar el espacio de convergencia de derechas que se ha expuesto en los capítulos anteriores. Los elementos que se habían puesto en juego en la búsqueda de unos nuevos fundamentos de la legitimidad política estrechamente vinculada al conservadurismo, al catolicismo y al tradicionalismo adquirieron suficiente autonomía para definir comunidades con fidelidades culturales y simbólicas progresivamente excluyentes y opuestas. Este fenómeno fue el resultado de la combinación de dos procesos: la desincronización de la política española que bloqueó la propuesta inicial de un programa moderno no liberal de legitimación del sistema político y la incorporación de nuevos agentes políticos que ante este bloqueo presionaron en nuevas direcciones.</p>
<p>En lo referente al primer punto, la mayoría de los sectores dominantes españoles pudo prescindir de la necesidad de afrontar una reforma en ninguno de los sentidos fundamentales en que se estaba planteando. Ni se desarrolló el liberalismo político ampliando democráticamente la participación de los sectores excluidos, ni se apoyó los proyectos de modernización política de ámbito español que eludían esta democratización (fracaso de Maura y el maurismo). Dado que en gran parte de España su dominio no había sido cuestionado seriamente, la clase política española continuó ejerciendo el poder desde una ideología vinculada al tradicional liberalismo doctrinario y a una práctica caciquil, y se limitó a ofrecer contradictorias repuestas puntuales a los desafíos planteados. El recurso al poder del Estado, y en último término al Ejército, resultaba menos arriesgado que intentar consolidar mecanismos de penetración social generadores de consenso en torno a su dominio.</p>
<p>Ante este bloqueo del espacio de convergencia de derechas que se ha venido estudiando hasta el momento, los discursos nacionalistas siguieron su propio desarrollo bajo la presión de los nuevos sectores que habían movilizado. El final de la I Guerra Mundial favorecía, además, esta evolución con su promesa de una primavera de las naciones. El regionalismo catalanista, tras sus fracasos a escala estatal, se replegaba sobre su territorio y movilizaba a la sociedad catalana en una campaña a favor de la autonomía. El nacionalismo vasco, por su cuenta, tomaba nuevos bríos tras la victoria electoral que le dio el control de la Diputación de Vizcaya. Pero no eran los nacionalistas y regionalistas los únicos en rearmarse políticamente. El resto de la derecha también se reorganizaba dispuesta a responder al desafío de aquéllos que rompían ese ambiguo y fluctuante espacio político hasta el momento común. En 1918 se fundaba en Vizcaya la Liga de Acción Monárquica con el fin de frenar el avance nacionalista y en 1919 le tocaba el turno a los dinásticos catalanes con la Unión Monárquica Nacional. La ruptura entre las derechas se había consumado y su enfrentamiento abría una espiral de interacciones que se retroalimentaba y de la que la apelación nacional salía reforzada.</p>
<p>La reivindicación comunitaria se convertía así en excluyente y exigía el alineamiento de unas masas de derechas para las que hasta el momento había tenido un carácter fluctuante y ambivalente.</p>
<p>Pero la novedad de la situación no radicaba sólo la centralidad de la reivindicación nacionalista. La cuestión era que esta radicalización de la apelación comunitaria amenazaba con independizarla de la vieja matriz de conservadurismo, catolicismo y orden social a la que había estado estrechamente anclada. El mismo éxito de la fórmula nacionalista a la hora de movilizar nuevos sectores atentaba contra la síntesis originaria. Una vez abierta la espiral de oposiciones nacionales excluyentes, los nuevos sectores movilizados presionaban hacia nuevos desarrollos y proponían nuevas combinaciones de los elementos ideológicos asociados a la apelación comunitaria. Esta mutación estaba en la base de las graves tensiones y las escisiones que tanto el catalanismo como el nacionalismo vasco sufrieron en los años finales de la Restauración.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>El fin de la mayoría innominada</em></p>
<p>También el año 1917 supuso un punto de no retorno en la dinámica política barakaldesa. La <em>mayoría innominada </em>que venía gobernando la localidad desde principios de siglo se escindió en dos sectores enfrentados en abierta confrontación política en las elecciones municipales de finales de 1917. En esta fecha, el nacionalismo barakaldés dejó de ser un polo de atracción dentro de un difuso conglomerado de derechas para aparecer por primera vez como una fuerza política claramente definida y excluyente.</p>
<p>Este salto cualitativo constituía un desarrollo lógico de las tensiones a las que la coalición de derechas estaba sometida desde unos años antes, descritas en el apartado anterior, y de la progresiva definición de dos bandos en su seno. Pero la eclosión de los enfrentamientos larvados no encontraba su razón de ser en la dinámica local, sino en la política vizcaína. Superada la crisis de 1915-16, el nacionalismo vasco se aprestaba a luchar en las provinciales de 1917 en un ambiente favorable tanto por la coyuntura interna como internacional. De un lado, la cuestión nacional había adquirido un creciente protagonismo en la esfera internacional; de otro, la crisis política española y la movilización regionalista que había desatado el proyecto de Alba reavivaba la viabilidad de un frente regionalista en España.</p>
<p>Tras el fracasado intento de crear con el resto de partidos de la derecha una “Solidaridad Vasca” contra los proyectos de Alba, el nacionalismo vizcaíno optó en las provinciales de 1917 por presentarse en solitario y por las mayorías en todas las circunscripciones vizcaínas. Su victoria le otorgó el control de la Diputación. Por primera vez, el nacionalismo contaba con un centro de poder desde el cual poner en práctica su programa político y convertirse en punto de referencia de la acción política del partido.</p>
<p>La elección de Ramón de la Sota Aburto, hijo del industrial nacionalista Ramón de la Sota Llano, por el distrito de Balmaseda, suponía una victoria sin precedentes en un distrito que incluía los centros fabriles de la margen izquierda, dominados por los conservadores. Los resultados nacionalistas no eran, sin embargo, una novedad en Barakaldo. Ya en las provinciales de 1913, las primeras elecciones no municipales a las que concurrían, los nacionalistas habían obtenido más del 20% de los sufragios y habían confirmado su implantación en Retuerto y Burceña. Similares resultados obtuvieron en 1917. Pero esto no significaba que no existieran resistencias entre los votantes nacionalistas ante la nueva exigencia nacionalista de alineamiento. Los <em>panages </em>en Burceña y Retuerto entre el exnacionalista barakaldés Tierra integrado en la candidatura monárquica y de la Sota mostraban que una parte de los votantes se decantaba todavía por las tradicionales combinaciones locales frente la obediencia partidista. Con el referente del gobierno de la Diputación, los nacionalistas barakaldeses optaban en las municipales de 1917 por desmarcarse del antiguo conglomerado de fuerzas vivas de derechas arbitrado por Altos Hornos y presentarse como una opción política alternativa. Privado del apoyo de la <em>fábrica </em>y necesitado de la movilización electoral, el nacionalismo barakaldés tomaba partido en la vieja oposición entre intereses de la <em>fábrica </em>y numerosos sectores de la comunidad que hasta el momento había eludido.</p>
<p>Por primera vez, el nacionalismo barakaldés se presentaba a las elecciones como una fuerza abiertamente anticaciquil, calcando el tradicional discurso de republicanos y socialistas en la presentación de sus candidatos como hombres “sin imposiciones ni mandatos de caciques de escritorios y empresas” que “solamente se someterán á las órdenes de su autoridad política local, con quien, guardando una constante y estrecha relación, llevarán al Ayuntamiento la más sana y fiel administración, sobre todo en estos momentos en que es necesario copiar todo cuanto nuestra infatigable Diputación está enseñando”.</p>
<p>Con este giro, los nacionalistas venían a converger tácticamente con las tradicionales denuncias de la izquierda, y confirmaban el progresivo desengaño de diferentes sectores locales que habían esperado ver reconocido por Altos Hornos su peso en la sociedad barakaldesa. En palabras de <em>El Liberal: </em>“El malestar alcanza también a entidades tan importantes como el Sindicato de Labradores, la Unión Comercial y la Asociación de Propietarios que, representando una fuerza positiva y respetable y, sobre todo, constituyendo el verdadero pueblo baracaldés, se ven sin una representación legítima en el Ayuntamiento por culpa, única y exclusivamente, de Altos Hornos.</p>
<p>Antes de ahora, la Unión Comercial y el Sindicato de Labradores, han tratado, amistosa y cordialmente, de hacer entrar en razón a la soberbia Sociedad, para que se les diese en el Municipio la representación que, por lo que son y significan en el pueblo, les corresponde; pero, si hubo buenas palabras, justo es consignar que los hechos han sido fatales”.</p>
<p>Aunque no renunciara a su tradicional discurso en relación a la Conjunción republicano-socialista que “deja traslucir al hombre primitivo, selvático, pletórico de incultura y lleno de odios hacia todo lo establecido”, la convergencia práctica del nacionalismo y la izquierda en un frente anticaciquil, depurador y administrativista, auguraba el fin del tradicional dominio de Altos Hornos.</p>
<p>Las elecciones municipales de 1917 fueron las primeras elecciones modernas de la historia de Barakaldo, es decir, las primeras en las que fuerzas organizadas en torno a un programa competían por la captura del voto. Pero esta nueva realidad de movilización y competencia política no implicó que todos los sectores en pugna modernizaran sus estrategias. Las viejas prácticas todavía dejaban un amplio margen de maniobra a Altos Hornos. Ante esta nueva correlación de fuerzas, la <em>fábrica </em>aplicó su tradicional maniobra de cooptación del sector descontento una vez que este amenazaba con convertirse realmente en alternativo. Como había hecho en 1909 con la Unión Comercial, integró en su candidatura a los sectores del nacionalismo de San Vicente que continuaban entendiendo el desafío nacionalista como un medio de presión para el reconocimiento de mayor representación por parte de Altos Hornos y recelaban de una ruptura total que hiciese depender tal representación de la movilización electoral.</p>
<p>Después de los fracasos de las candidaturas nacionalistas en las dos elecciones municipales anteriores, se reeditaba el tradicional y sospechoso <em>panage </em>con los conservadores en San Vicente. Así, el carpintero nacionalista Ariño, que no había conseguido ni la mitad de sus actuales votos en las convocatorias anteriores, se convertía en el candidato más votado. El copo de nacionalistas y conservadores dejaba sin representación por el distrito a la izquierda que había obtenido el 38.9%.</p>
<p>También había de recurrir la <em>fábrica </em>a la cooptación en El Desierto frente al avance de la izquierda. En esta ocasión reeditaba el copo con la Unión Comercial de 1909 y 1913. Con el 38.2% de los votos, la izquierda, en este caso republicanos, se quedaba a quince votos de la nominación.</p>
<p>En Retuerto, la lucha entre las tres fuerzas políticas locales dio la victoria a nacionalistas y republicanos, y en Burceña, los nacionalistas consolidaban su aplastante hegemonía frente a la izquierda, obteniendo el copo con un 66% de los votos.</p>
<p>Los resultados de las municipales de 1917 (30% de los votos para los conservadores, 33% para los nacionalistas y 30% para la izquierda) inauguraban una etapa en la que la vida política local se había de caracterizar por la casi aritmética triangulización del voto. La pugna sobre el liderazgo de católicos y jaimistas que en los años anteriores habían protagonizado nacionalistas y conservadores se había resuelto ya claramente a favor de estos últimos. Conservadores, católicos y jaimistas monopolizarían con el apoyo de la <em>fábrica </em>la representación de la derecha en San Vicente y Desierto, mientras que los nacionalistas, con apoyo popular, lo harían en Retuerto y Burceña. Frente a esta concentración geográfica de la derecha, la izquierda aparecía más homogéneamente implantada en todos los distritos, homogeneidad que había de limitar sus éxitos electorales en el sistema de elección por distritos.</p>
<p><em> </em></p>
<p>El frente anticaciquil barakaldés.</p>
<p>Las elecciones municipales de 1917 configuraban un consistorio compuesto por siete nacionalistas, nueve concejales de la <em>fábrica</em>, dos socialistas y un republicano. El desafío nacionalista, a pesar de su éxito electoral, se saldaba con el frustrante resultado de tener que pactar con una de las fuerzas políticas del triangulo local para hacerse con el ayuntamiento. La trayectoria política anterior apuntaba a un pacto con Altos Hornos que habría de readaptar sus pretensiones al nuevo peso del nacionalismo. Esta era la opción del nacionalismo tradicional del centro de la localidad, el sector cooptado en San Vicente. Pero la fuerza nacionalista ya no provenía de estos notables, sino de los sectores movilizados que no estaban dispuestos a transigir con las antiguas componendas. Las primeras elecciones modernas en Barakaldo se habían desarrollado bajo la máxima del anticaciquismo, y el sector nacionalista triunfante impuso su desarrollo. Sin embargo, era ésta una opción que entraba en contradicción con el núcleo de valores primarios de antimaketismo y antisocialismo que había constituido el motor de la movilización nacionalista local hasta el momento. La llegada del nacionalismo al poder en Barakaldo no pudo superar las graves tensiones internas a la que le sometía esta disyuntiva.</p>
<p>Los nacionalistas retuertoarras y burcetarras optaron por la alianza con la izquierda que el ambiente anticaciquil favorecía para conseguir la alcaldía. Las principales resistencia a tal objetivo provinieron del mismo grupo nacionalista. Como apuntaba <em>El Liberal</em>, discrepaban de tal opción Manuel Solaeche, antiguo presidente de la Juventud Vasca, definido más tarde como católico y candidato oficial frente a Idelfonso Taranco en 1915 en Retuerto, y el concejal electo por San Vicente, Guillermo Ariño, que “se apresuraba a declarar que, a su juicio, el no votar al candidato de la fábrica implicaba una traición, toda vez que salió triunfante en las urnas gracias a los votos de los amigos de la poderosa Sociedad, que le fueron otorgados luego de haber adquirido el compromiso de apoyar al nombramiento del Sr. Loizaga para la Alcaldía”.</p>
<p>Finalmente, los nacionalistas consiguieron la alcaldía, que se sometía a votación después de largos años de designación por Real Orden, gracias al apoyo de la izquierda.</p>
<p>El anticaciquismo había triunfado y presidía la primera intervención del nuevo alcalde popular quien, a pesar de ser accionista de Altos Hornos, inauguraba la presidencia con un duro ataque a los concejales que respondían a los intereses de la <em>fábrica</em>.</p>
<p>Tanto nacionalistas como socialistas se apresuraban a justificar este espectacular giro que revolucionaba el tradicional juego de oposiciones locales. La izquierda insistía en el anticaciquismo y señalaba que, puesto que los nacionalistas necesitaban sus votos para “para arrebatar a la fábrica la Alcaldía, no han vacilado en dárselos”. Se cuidaba mucho, sin embargo, de mostrar excesivo entusiasmo con el pacto y marcaba la distancias con el nacionalismo: “las dos fuerzas contrarias a los intereses populares, rompieron esas relaciones, quedando frente a frente, y en actitud hostil, las huestes de la casa Sota y de la fábrica (&#8230;) Altos Hornos, decimos, ha perdido la Alcaldía de Baracaldo. Pero, ¿la habrá ganado el pueblo?”.</p>
<p>La prueba de que la solución alcanzada en Barakaldo era audaz y suscitaba grandes recelos en el seno del nacionalismo vasco fue la actitud del diario nacionalista <em>Euzkadi</em>. De hecho, la toma del ayuntamiento de Barakaldo era un gran triunfo para el nacionalismo que se hacía así con la segunda localidad de Vizcaya. Junto a Barakaldo, el control de la Diputación y el Ayuntamiento de Bilbao confería a los nacionalistas una sólida base de poder para expandir su modelo político al resto de la provincia. Sin embargo, tan importante victoria no fue resaltada por el periódico. Por el contrario, la toma del poder local por los nacionalistas fue relegada a un segundo plano sin comentarios específicos. <em>Euzkadi </em>obviaba el apoyo de la izquierda y se aplicaba a tranquilizar conciliatoriamente a los desplazados del poder: “no teman los que crean erosionados sus intereses con dejar el mando de pueblo, nada se lesiona, todo se cura&#8230;”. Estas prevenciones de las direcciones provinciales tanto nacionalista como socialista han conseguido que el olvido histórico caiga sobre el pacto anticaciquil de Barakaldo. Así, la historiografía política sobre el periodo no da cuenta de este pacto que, como se verá, resultó contradictorio con el desarrollo de las alianzas políticas provinciales en los siguientes años. No por ello, deja de ser una prueba patente de las posibilidades políticas abiertas que ayuda a entender la evolución del partido nacionalista más de una década después.</p>
<p>A pesar de estas reticencias que las justificaciones públicas de sus órganos de prensa dejaban entrever, sectores tanto de la izquierda como del nacionalismo local se mostraban firmemente dispuestos a desarrollar el frente anticaciquil, por el momento limitado al coyuntural apoyo al alcalde, en forma de un acuerdo para el reparto de las tenencias de alcaldía. Así, el día siete de enero nombraba la Juventud Socialista en asamblea una comisión para negociar con la Juventud Vasca el reparto del equipo. Las negociaciones configuraron un equipo de gobierno de mayoría nacionalista en el que el socialista Ortega ocupaba la tercera tenencia de alcaldía.</p>
<p>Para cualquiera que leyese la prensa vizcaína del momento, el anticaciquismo triunfante presidía la política barakaldesa en enero de 1918. <em>Euzkadi </em>reseñaba el homenaje que los nacionalistas brindaban al nuevo alcalde de elección insistiendo en la denuncia del dominio de Altos Hornos:</p>
<p>“Todos tuvieron palabras de execración para los persistentes atropellos é inicuas persecuc iones por parte del ominoso caciquismo que en los treinta y más años ha disfrutado del presupuesto, ha tenido la anteiglesia falta de todo y en particular de urbanizadas vías de comunicación, excepción hecha de aquellos lugares en que algún Juantxu tiene fijada su residencia”.</p>
<p><em>El Liberal</em>, por su parte, publicaba una entrevista con el nuevo alcalde en el que éste exponía sus planes para hacer frente a las dificultades a las que se enfrentaba el ayuntamiento (subsistencias, deuda) que concluía con un significativo “me interesa la vida de este Ayuntamiento <em>renovador</em>”.</p>
<p>No escapaban a los dinásticos las contradicciones internas del frente y, aún, las del propio nacionalismo. Por ello, antes de que los nacionalistas pudieran desplegar una estrategia reivindicativa desde la institución, se adelantaron presentando una moción en la que pedían la restauración de los fueros. Tal como pretendían mauristas y carlistas, además de cogerlos por sorpresa, el debate revelaba las diferencias entre los propios nacionalistas. Mientras el concejal nacionalista Larrinaga exponía con claridad que no era esa la reivindicación y que había que superar el tema de los fueros, el nacionalista retuertoarra Taranco defendía la más ortodoxa vuelta a la situación anterior a 1839. Finalmente, el frente funcionó y nacionalistas y socialistas hicieron abortar la cuestión.</p>
<p>Sin embargo, pronto el frágil frente anticaciquil barakaldés iba a verse pronto sometido a graves tensiones que difícilmente podía superar. La convocatoria de elecciones a Cortes en febrero de 1918 subrayó la flagrante contradicción existente entre la dinámica política local y la del resto de Vizcaya. Mientras los nacionalistas se preparaban para revalidar sus victorias del año anterior, socialistas y mauristas parecían llegar a un acuerdo tácito para repartirse los distritos. A cambio de no obstaculizar la candidatura de Prieto por Bilbao, los socialistas renunciaban a presentar candidatos en el resto de las circunscripciones vizcaínas. En Barakaldo, este acuerdo de no intromisión suponía que, sin la presión y vigilancia de la izquierda, Altos Hornos y los monárquicos tenían manos libres para forzar su maquinaria caciquil en contra del candidato nacionalista. Las consideraciones de la dirección política provincial socialista frustraban la movilización y el avance de la izquierda local, máxime cuando existían presiones para convertir la neutralidad en apoyo al candidato maurista Ibarra, consejero, además, a la <em>fábrica</em>.</p>
<p>Con la deserción de la izquierda, el discurso anticaciquil y democrático se convertía en patrimonio del nacionalismo que pasaba a capitalizar los descontentos. Así, la Unión Comercial, que tradicionalmente había oscilado entre el republicanismo y la cooptación por Altos Hornos, expresaba su apoyo anticaciquil, aunque apolítico, al candidato nacionalista:</p>
<p>“Necesario es que los comerciantes todos de la anteiglesia nos unamos para la defensa de nuestros intereses. Para ello nos ofrece su apoyo el candidato don Alejandro de Zaballa y Loizaga, persona prestigiosísima que, aunque afiliado a determinado partido político, se ha prestado á defender nuestros legítimos derechos en las Cortes de Madrid, ampliando su ofrecimiento de que aún en el caso poco probable de que no fuera elegido diputado, sus compañeros de filiación política se colocarán en nuestra defensa y en la del Comercio de este distrito.</p>
<p>Por las razones expuestas, esta Junta, atenta siempre al cumplimiento de su deber que es la defensa del Comercio de esta anteiglesia, y teniendo en cuenta el a poyo ofrecido por don Alejandro de Z aballa, y dejando aparte la política, de la que esta entidad quiere estar completamente separada, pe ro en justa reciprocidad al ofrecimiento hecho, ruega encarecidamente á todos los comerciantes apoyen la candidatura del señor Zaballa en cuyo triunfo vemos la consecución de nuestras aspiraciones”.</p>
<p>Incluso algunos sectores de la izquierda local se resistían a subordinar la dinámica política local a los designios de la dirección provincial socialista y más aún en favor del candidato maurista que era un insigne representante de la patronal. <em>El Liberal </em>publicaba un rotundo desmentido republicano-socialista que negaba la existencia de ningún acuerdo a favor de Ibarra:  “porque se opusieron importantes elementos que no estaban conformes en votar la candidatura del señor Ibarra, por entender que así se traicionan los ideales y se destruye dos urnas rotas, tiros y un nacionalista herido de arma blanca (“De Bilbao al Abra” <em>El Liberal</em>, 25-II-1918) y, de hecho, los niveles de participación fueron sospechosamente altos: 81.5 % en general, 93% en la primera sección de San Vicente (94% en municipales de 1917), 87% en la segunda del Desierto (63%) y 88% en la primera de Retuerto (76%).</p>
<p>¿Cómo nosotros, fervientes socialistas y republicanos, vamos a cooperar con nuestro sufragio al triunfo de un maurista, que a su significación política une la de un burgués explotador directo de nosotros mismos?”.</p>
<p>El mismo número de <em>El Liberal </em>publicaba a continuación sin comentarios el apoyo de la Unión Comercial al candidato nacionalista y reseñaba un manifiesto de “un importante grupo de trabajadores aconsejando la abstención en esta lucha, señalando como preferente para la concesión del voto a <em>cualquier candidato menos al señor Ibarra</em>, miembro de una política cruel y persecutoria para el obrero“.</p>
<p>La elección de 1918 en Barakaldo es referencia obligada de los estudios de política vizcaína tanto por la competencia en manipulación de actas y compra de votos como por las reacciones de los obreros barakaldeses ante la ajustada victoria final del candidato nacionalista. Citando a Ybarra y a <em>El Liberal</em>, Fusi señala que “centenares de obreros de Altos Hornos habían marchado en manifestación hacia Bilbao en protesta, en parte espontánea, por las irregularidades electorales cometidas por el candidato nacionalista y sus agentes, vitoreando a España, a Prieto y al candidato dinástico por Barakaldo, Ibarra”. Estos sucesos han sido tradicionalmente interpretados como la manifestación del españolismo de los obreros barakaldeses. En este sentido, el maurista Javier Ybarra en su <em>Política nacional en Vizcaya </em>reseñaba las palabras del candidato maurista a la multitud congregada a la vuelta de la manifestación en Barakaldo: “Todos vosotros, como yo, nos consideramos servidores de la Patria, y prescindimos de todo otro interés para sacrificarlo todo en aras de la Patria, por amor a España”.</p>
<p>No se trata aquí de negar la animadversión de las bases de la izquierda a los nacionalistas. No era sólo una cuestión de profundas diferencias ideológicas en cuestiones sociales y religiosas. Basta repasar las proclamas nacionalistas sobre la <em>bestia</em> <em>exótica </em>y demás diatribas antimaketas para entender que difícilmente podían sentir simpatía por los nacionalistas con los que, de hecho, venían combatiendo en la calle hasta pocos meses antes. La cuestión es que la constatación de esta animadversión no es suficiente para postular la existencia de un españolismo entre las bases electorales de la izquierda barakaldesa capaz de dirigir el sentido de su voto.</p>
<p>El protagonismo de la dialéctica españolismo &#8211; nacionalismo vasco en la política barakaldesa fue, como se verá, posterior a esta fecha. De hecho, la estrategia de la izquierda barakaldesa entraba en oposición con tal dialéctica de confrontación que, más que de adscripciones nacionales previas, era el resultado de la estrategia práctica de la dirección socialista vizcaína. Como señala Fusi, a consecuencia del ascenso nacionalista en la coyuntura 1917-1918 y de la creación de la Liga de Acción Monárquica, en 1919 la balanza del poder político de Vizcaya quedaría en manos del partido socialista”.</p>
<p>Prieto inclinó pragmáticamente la balanza a favor del acuerdo con la Liga manteniendo el distrito de Bilbao a cambio de no obstaculizar las candidaturas monárquicas en Barakaldo y Valmaseda. La elección de Prieto por Bilbao en 1918 coincidió además con los momentos más bajos del movimiento obrero vizcaíno después del fracaso de la huelga de 1917 y con la primacía de los intereses políticos de la organización sobre la dinámica sindical. En estas circunstancias, la exaltación españolista no sólo justificaba la entente entre monárquicos y socialistas, sino que constituía una fuente de legitimación de Prieto y el socialismo sobre sectores sociales no estrictamente ligados al mundo del trabajo. A partir de su acuerdo con los dinásticos, Prieto dejaba de ser el abanderado de la democracia y los derechos obreros, para convertirse en el adalid vizcaíno de la defensa de la civilización española frente a la barbarie bizcaitarra. El españolismo era más una consecuencia de la opción pragmática de poder tomada por el socialismo prietista que su causa. El españolismo como fuente de movilización política aparece estrechamente vinculado a la figura de Prieto. En este sentido, resulta muy ilustrativo de la conexión que se iba a desarrollar entre ambos elementos el comentario de <em>Euzkadi </em>cuando, denunciando la “compenetración de patronos mauristas y obreros socialistas de Barakaldo”, afirmaba: “Es que tienen un ideal común, repiten: el españolismo. <em>Y este  ideal común lo descubren, añadimos, al grito de ¡Viva Prieto!</em>”.<em> </em></p>
<p>En conjunto, los resultados de la elección en Barakaldo arrojaron una victoria conservadora con el 62% de los votos frente al 36% de los nacionalistas. Estos resultados apuntarían a primera vista al trasvase casi aritmético del voto de la izquierda a los conservadores. De la suma de los 1230 votos de la izquierda en las municipales de 1917 y de los 1037 de la derecha resultarían 2267 votos, cifra muy cercana a los 2338 votos obtenidos por el conservador Ibarra. De esta operación cabría deducir el éxito de la estrategia prietista entre las bases electorales de la izquierda. Sin embargo, el estudio pormenorizado de los resultados electorales y la consideración de todas las hipótesis de combinación de voto verosímiles problematizan seriamente este tipo de inferencias. Si se atiende a la evolución del voto nacionalista, el trasvase de voto de la izquierda a los conservadores pierde su aritmética claridad. Puesto que el nacionalismo ganó en esta elección cerca de 400 votos que volvió a perder en la repetición de la elección en julio, cuando la izquierda también compitió, y puesto que no parece probable la existencia de 400 abstencionistas que sólo votasen a los nacionalistas en febrero de 1918, no existen razones de peso para no postular que estos votos procedían de la izquierda. En tal caso, al menos un tercio de los votos ganados por los conservadores en esta elección, puesto que no podían proceder de la izquierda, habrían de proceder de la abstención. Un precedente de tal comportamiento lo encontraríamos en las provinciales de 1917 en que, a la vista de los resultados en las municipales, los conservadores contaron con votantes que luego se abstuvieron. Sin embargo, no parece lógico que votantes conservadores en las provinciales de 1917, cuando el triunfo era seguro, se abstuvieran en las municipales, cuando sus votos eran más que necesarios para la victoria. De igual manera, cualquier otra hipótesis de combinación electoral lleva a resultados contradictorios o poco verosímiles si se atiende a sus implicaciones para el comportamiento del total de los agentes en juego. Por tanto, el análisis de los resultados electorales de estos años en lugar establecer una lógica del comportamiento electoral de los barakaldeses apunta a la inexistencia de cualquier lógica política. De ello se deduce que, o bien, los barakaldeses votaban aleatoriamente en función de criterios que nos son desconocidos, o bien, que la lógica del voto era independiente de las preferencias políticas de los  votantes, es decir, que la elección estaba manipulada. En realidad, esta hipótesis de la corrupción del sufragio es la única que encuentra abundantes indicios en la que sustentar su verosimilitud.</p>
<p>En primer lugar se encuentra el hecho de que la participación en estas elecciones a Cortes (87%) en las que no participaba una de las tres opciones políticas fundamentales fuese notoriamente superior a las elecciones mucho más competitivas en que todas fuerzas concurrían (76% en las municipales de 1917, 77% en la segunda elección a Cortes de 1918). En segundo, el análisis del comportamiento electoral por secciones parece indicar que más que fruto del españolismo de la izquierda, el reparto del espacio electoral de la izquierda respondió a las posibilidades de corrupción del sufragio de cada uno de los contendientes. Finalmente, hay que tener presente que se trataba de una elección que fue anulada por las numerosas manipulaciones tanto de nacionalistas como de conservadores. En definitiva, poco puede deducirse acerca del comportamiento político de los barakaldeses a partir de una elección que fue anulada por corrupta en un sistema que convertía la manipulación de sufragio en una de las premisas básicas de su funcionamiento.</p>
<p>En todo caso, lo que quedó meridianamente claro a principios de 1918 era que la dirección provincial socialista defendía una estrategia contraría a la ensayada en Barakaldo. A los dos meses de su constitución, uno de los pilares del frente anticaciquil barakaldés se tambaleaba seriamente. Tampoco el nacionalismo había de ser una base firme para su continuidad. El nacionalismo recién llegado al poder distaba mucho de ser un grupo homogéneo con una estrategia política clara, tal y como ya se hizo evidente en la propia votación de constitución del ayuntamiento. En la complicada coyuntura de 1918, se perfilaban básicamente tres posturas en el seno del grupo nacionalista. De un lado, se encontraban aquéllos que recelaban de la ruptura con Altos Hornos y el conglomerado de derechas que la empresa lideraba y que pugnaban por la vuelta al  antiguo clima de entente práctica. Frente a ellos, se impusieron los partidarios de configurar el nacionalismo como una opción política claramente definida, con objetivos propios e independientes del núcleo de poder tradicional. Sin embargo, éste mismo grupo se debatía ante la disyuntiva entre utilizar las cuotas de poder alcanzadas en favor de la depuración y democratización de la vida pública o, contrariamente, subordinarlas en favor del ideario nacionalista a la manera del viejo caciquismo.</p>
<p>De un lado, el alcalde aparecía como partidario de ahondar el frente anticaciquil evitando el enfrentamiento con los socialistas y asentando las bases de un funcionamiento político que permitiese la competencia entre las dos fuerzas con bases electorales, nacionalistas y socialistas, marginando, por tanto, a los hombres de la <em>fábrica</em>. Frente a él, los protagonistas del desafío nacionalista defendían la utilización tradicional del poder (amplia intervención del alcalde sobre las sesiones, control de la guardia, etc), pero esta vez al servicio del ideario nacionalista.</p>
<p>Las discusiones durante los primeros meses sobre cuestiones relativas a la dimensión simbólica del poder público (festejos, religión) comenzaron a dejar traslucir en la primera mitad de 1918 estas diferencias. El alcalde quedaba en solitario con su talante conciliador frente a un grupo nacionalista dominado por posturas claramente beligerantes en contra del socialismo y partidarias de la utilización del poder público en su lucha por el control de las masas.</p>
<p>Así, la mayoría de nacionalistas y conservadores se reeditaba para la afirmación de la alianza del poder municipal y la iglesia. Esta mayoría aprobaba la asistencia de la banda y la corporación a las funciones religiosas en enero44, y de nuevo su presencia en la procesión en junio. Los socialistas protestaban en esta ocasión no sólo por la presencia municipal en actos religiosos, sino por la actuación de guardia que obligaba a los transeúntes a descubrirse ante su paso. Mas la postura de la mayoría nacionalista no dejaba lugar a dudas a este respecto. Como señalaba el primer teniente de alcalde Taranco en una discusión sobre la conveniencia de que los maestros municipales llevasen a sus alumnos a una función religiosa en los salesianos, no había de cuestionarse la subordinación del poder público a la Iglesia, “siendo católica la religión del Estado”.</p>
<p>Por el contrario, la misma mayoría de nacionalistas y concejales de la <em>fábrica </em>negaba la banda a las entidades de la Casa del Pueblo para la celebración del 1 de mayo, desestimando las argumentaciones de la izquierda acerca del carácter no político de la fiesta. Un concejal nacionalista señalaba además que “votaría a favor de ésta si no fuera porque la fecha que trata de conmemorarse más que de regocijo y jolgorio, es de luto”.</p>
<p>Sólo el alcalde mantenía una actitud conciliadora, “pero advierto que he de votar con mis compañeros”. Poco después veían frustrada los nacionalistas su pretensión de utilizar la misma banda para la romería nacionalista de Santa Águeda.</p>
<p>Antisocialismo y religión unían pues a nacionalistas, conservadores y jaimistas en unas sesiones que daban lugar, además de a la agitación del público, a acusaciones de traición que mostraban la ambigüedad de la política de alianzas de la izquierda. Los socialistas, a la vez que criticaban a Ibarra por “romper las buenas relaciones” (que, por tanto, existían), concluían con una genérica descalificación de toda la derecha: “Solo existen dos grupos muy amigos (&#8230;) enemigos políticos de ayer os dais un abrazo para hundir el deseo de la clase obrera. Tan malos sois unos como otros”.</p>
<p>Anulada la elección a Cortes de febrero de 1918, su repetición a finales de junio trasladaba la dialéctica de enfrentamiento entre los nacionalistas y la izquierda a sus respectivas bases sociales. A diferencia de lo que había pasado en febrero, la presencia de una candidatura republicana en junio implicaba directamente a las bases de izquierda en la elección. De esta elección arrancó una espiral de violencia callejera entre los efectivos movilizados por nacionalistas y socialistas que acabaría por frustrar cualquier intento de entendimiento entre ambos sectores.</p>
<p>La nueva convocatoria electoral confirmaba la triangulización de la correlación de fuerzas locales, aunque esta vez con destacada ventaja de la izquierda. Con 1751 votos la izquierda se hacía con el 49.7% del voto, mientras que nacionalistas y conservadores reducían sus posiciones a un 27 y 22% respectivamente. Se confirmaba, también, la distribución tradicional del voto por distritos. En contraste con la distribución homogénea de la izquierda, más del 80% del voto conservador provenía de San Vicente y El Desierto y los nacionalistas obtenían sus mejores resultados en Retuerto y Burceña.</p>
<p>No faltaron voces nacionalistas que denunciaran el apoyo de los mauristas a la candidatura republicana, pero lo cierto era que, a diferencia de lo que había ocurrido en febrero, competían en la calle contra los nacionalistas esas “hordas” que saciaban</p>
<p>“sus odios africanos en los abnegados patriotas del distrito de Barakaldo”.</p>
<p>Durante la elección se produjeron agresiones a jóvenes nacionalistas en Landáburu y varios tiroteos, entre ellos el que hirió de gravedad al hijo del conserje de la Casa del Pueblo, al parecer de tendencia nacionalista. Las agresiones socialistas encontraron en las semanas siguiente su repuesta en la implicación de la guardia municipal en la violencia partidista. Así, ya en julio podían los socialistas podían efectuar una radiografía de la situación local en la que quedaban claramente perfiladas los instrumentos de poder de que disponía cada sector de la derecha: “En el mando de la fábrica, cuando la poderosa Sociedad tenía su imperio en Baracaldo, los enemigos políticos, obreros en su mayoría, eran condenados con el despido a la miseria. Hoy que el nacionalismo, por las artes ya conocida, impera políticamente en la ciudad fabril, combate a sus enemigos con un procedimiento mucho más repugnante, con el palo. Y lo triste es que vista de uniforme a determinados hombres a quienes encarga esta “delicada” misión”.</p>
<p>La espiral de violencia callejera era azuzada por la prensa. Mientras <em>Euzkadi </em>insistía con renovada beligerancia en los tópicos xenófobos sobre las hordas incivilizadas, <em>El Liberal </em>se erigía en defensor de la civilización ilustrada y se enzarzaba en una ardiente campaña contra <em>el matonismo bizcaitarra </em>que servía de base para encendidas proclamas españolistas.</p>
<p>El incidente más grave en esta espiral de violencia callejera se registró a mediados de julio. Varios disparos efectuados por una militante nacionalista en un mitin celebrado precisamente contra los malos tratos de la guardia municipal costaron la vida al presidente de la Juventud Republicana Radical. Ante la aparente tendenciosidad de la guardia municipal, se produjeron intentos de asalto al batzoki. <em>El Liberal </em>dio cuenta de los sucesos en los días posteriores con truculentos titulares y crónicas que los La modernización política. “En el crimen del viernes último no debe verse únicamente el hecho vulgar de una riña que tiene consecuencias sangrientas. E s algo más que eso, porque parece responder a un plan trazado por los nacionalistas para imponerse por el terror; porque no es un hecho aislado, fortuito, imprevisible, inesperado, sino por el contrario, según todas las referencias y todas las impresiones recogidas en el lugar del suceso, estaba premeditado y dispuesto de la manera que más convenía a la impunidad. Así vemos que acude a un mitin organizado por republicanos y socialistas uno de los más exaltados bizcaitarras baracaldeses; que va armado de pistola; que sabe situarse enfrente del presidente de la Juventud Republicana de aquella localidad; que busca la cuestión interrumpiendo a los oradores; que dispara un tiro contra los que le mandan callar; que hiere mortalmente, no a un ciudadano cualquiera, no a un individuo de los mucho s que allí había, sino precisamente a uno de los más caracterizados; que los a gentes de la autoridad municipal protegen la huida del agresor y toman atestado contra los que quisieron detenerle; que un abogado poco escrupuloso, de acreditada especialidad criminalista por la maña que tiene para probar coartadas, un abogado muy “popular”, toma la dirección del asunto y hace hablar de legítima defensa y prepara testigos y trata de embrollar el enjuiciamiento dificultando la saludable acción de la justicia; que todo el partido nacionalista parece asistir con sus cuidad os al criminal y que el órgano de ese partido no tiene una sola palabra de condena para el crimen” (&#8230;) “Vemos también que quedan en la impunidad los tormentos denunciados por el concejal socialista Agustín Gondra y que es éste detenido tan pronto como los guardias presentan una denuncia contra él”. “Le matan con alevosía y le entierran con vilipendio” <em>El Liberal</em>, 15-VII-1918.</p>
<p>Finalmente, la implicación de la guardia municipal en los enfrentamientos callejeros provocó la primera crisis grave del nacionalismo barakaldés en el poder. Ante el incremento de las denuncias, el alcalde Juan de Garay destituyó al cabo de la guardia. El grupo nacionalista se opuso a tal medida, pidió la expulsión del partido del alcalde y amenazó con que si ésta no se producía dimitiría la Junta Municipal en pleno, en versión de <em>El Liberal. </em>Si bien el alcalde Garay no llegó a dimitir de su cargo, solicitó una licencia por asuntos personales que le alejó del ayuntamiento durante meses. Taranco, el líder del nacionalismo retuertoarra, se hacía cargo como alcalde interino de la situación.</p>
<p>Negándose a reconocer al nuevo cabo y confirmando en su puesto al antiguo entre protestas del resto de los concejales, se alejaba de cualquier postura conciliadora.</p>
<p>Afrontaba la cuestión del orden público publicando un bando que establecía el cierre de todos los establecimientos a las nueve y prohibía la circulación de grupos superiores a tres personas durante la noche y las “reuniones o conversaciones de menosprecio a algunas personas y muy concretamente a la religión Católica, a S.M. el Rey, o al Gobierno de la Nación, así como proferir blasfemias contra Dios y sus Santos, o cosas sagradas, silbar, ultrajar, apostrofar a persona alguna&#8230;”.</p>
<p>Finalmente, el sector más beligerante del nacionalismo se había hecho con el poder a costa de los antiguos conciliadores con Altos Hornos y del talante independiente y conciliador con la izquierda del alcalde. Su victoria le colocaba, sin embargo, en una posición de extrema debilidad en el consistorio que le dejaba a merced de los votos de la <em>fábrica </em>y del recurso al autoritarismo por parte del nuevo alcalde interino.</p>
<p>En estas circunstancias se produjo la primera gran discusión acerca de la simbología nacional en el consistorio. Los concejales jaimistas y mauristas presentaron una moción solicitando explicaciones sobre la substitución del himno nacional por el de San Ignacio en la misa mayor de Burceña y de la retirada de la percalina con los colores españoles del kiosco de la banda municipal. Correspondió a los mauristas la glosa de las glorias de España ultrajada por estas medidas.</p>
<p>Los concejales de izquierda se situaron inicialmente al margen del debate. <em>El Liberal </em>señalaba la secundariedad del asunto apuntando que “hoy contenderán frente a frente los que ayer fueron aliados y acaso también mañana lo sean, por oponerse a la aprobación de otras cuestiones más urgentes y de mayor interés para el vecindario”.</p>
<p>Los socialistas sólo intervinieron en el debate cuando los ánimos de concejales y público se crisparon ante la intervención del nacionalista Larrinaga: “Además el Sr. Sanz habla de una España grande; no será tan grande cuando trenes cargados de hombres que proceden de esa España vienen a matar el hambre a Vizcaya”. Respondió el concejal socialista Gondra a esta declaración defendiendo la dignidad de los inmigrantes, su contribución a la riqueza de Vizcaya y su condición de explotados de quienes les despreciaban. Hasta aquí la intervención socialista se mantenía fiel a los parámetros tradicionales anacionalistas y antixenófobos. Sin embargo, la última parte de su intervención mostraba cómo el discurso de los dirigentes socialistas se iba impregnando no sólo de españolismo, sino de un españolismo legitimador del sistema político vigente:</p>
<p>“aunque parece que no tienen importancia los actos que se discuten, la tienen mucho, y él que, sin embargo, no pretende sentar “pregón de católico” ni de “Empresa” entiende que quien ocupa un sillón presidencial, bajo el retrato de S.M. el Rey, tiene la imperiosa y primordial obligación de rendir los honores correspondientes á las altas jerarquías en todos los actos oficiales”.</p>
<p>Como se indicó con anterioridad, la dureza nacionalista coincidía con una situación de extrema debilidad en el pleno que obligaba al alcalde interino a forzar sus atribuciones. Así, ante las peticiones jaimistas de una comisión investigadora y su sometimiento a votación, el alcalde suspendió la sesión asumiendo todas las responsabilidades. La sesión se clausuró con una violenta discusión entre concejales nacionalistas y jaimistas. Estos últimos atizaron el enfrentamiento proponiendo en la sesión siguiente que constasen en acta textualmente las afirmaciones del nacionalista Larrinaga, lo cual, a pesar de los intentos de éste de dar un nuevo sentido anticaciquil a su declaración, consiguieron en votación.</p>
<p>A finales de septiembre de 1918, los enfrentamientos multilaterales de los nacionalistas liderados por Taranco con el resto de las fuerzas políticas y con su propio grupo habían desembocado en el bloqueo de la acción política del consistorio. A estas alturas, la salida a esta caótica situación provocada por los enfrentamientos cada vez más violentos entre los nacionalistas y el resto de la derecha pasaba por un realineamiento de las fuerzas políticas locales en el que los socialistas se perfilaban como un valor en alza. Los intentos de tender puentes hacía los socialistas por parte de los dos sectores de la derecha se multiplicaron en los meses siguientes. En octubre, los socialistas apoyaban la moción nacionalista de protesta contra la supresión de la ley de 183968, mientras los mauristas puntualizaban que, si bien estaban en contra la abolición de los fueros, Vasconia antes y después de ella formaba parte de España. Una semana antes de esta votación, el propio alcalde Taranco había hecho suya la argumentación socialista de negar a la Conferencia de San Vicente de Paúl recursos para ayudar a las víctimas de la epidemia de gripe por competer tal ayuda a la Junta de Beneficencia. En diciembre los mauristas, con jaimistas y nacionalistas, se plegaban a la negativa socialista de que la banda acudiese a los funerales por las mismas víctimas70. Sin duda, el mejor ejemplo de las distintas sensibilidades que convivían en los sectores de la derecha barakaldesa y su pragmatismo a la hora de halagar a los socialistas lo constituían las continuas contradicciones y realineamientos que se produjeron en la discusión acerca de la redacción concreta de una moción congratulándose del fin de la guerra mundial.</p>
<p>Los intentos de acercamiento a la izquierda no evitaron a los nacionalistas el rotundo fracaso que implicaba perder el control de la representación del ayuntamiento de Barakaldo en la Asamblea de Municipios convocada por la Diputación para presentar al gobierno un proyecto de autonomía. Paradójicamente, un ayuntamiento teóricamente gobernado por los nacionalistas enviaba a la Asamblea una comisión compuesta por el católico Loizaga, el jaimista Saez y el republicano Vilda, quienes se alinearon con el maurista Ramón Bergé en el intento de sabotearla. La impotencia nacionalista no podía ser más manifiesta.</p>
<p>Los alineamientos estrictamente coyunturales en función de los beneficios a obtener por las partes se impusieron en la política local. De ahí, que el discurso socialista La modernización política fluctuase alternativamente entre la adscripción a la dinámica de enfrentamiento españolismo- nacionalismo vasco y el periódico resurgir de los planteamientos anticaciquiles. Por un lado, <em>El Liberal </em>continuaba con su ofensiva antinacionalista con titulares como “el matonismo bizcaitarra”, “el salvajismo bizcaitarra”, “los crímenes de Baracaldo” y acusaba a los conservadores de haber favorecido el, a su juicio, nefasto ascenso al poder de los nacionalistas en Barakaldo: “Este absurdo estado de cosas había de producir indignación y la produjo. Germinó la protesta en los obreros, mayoría de este vecindario; en los comerciantes, en los propietarios y en los labradores. Esto suponía una grave amenaza y se pensó, no en un cambio de conducta municipal, sino en una nueva y oscura alianza con los nacionalistas, a los cuales se daría cinco o seis concejales a cambio de que continuaran los fabriles con la primera vara y la dirección de los asuntos. Amamantaron la víbora y hoy ésta amenaza sacarles el corazón”.</p>
<p>Simultáneamente, desde el mismo periódico, el concejal socialista Gondra replicaba a <em>El Pueblo Vasco</em>, que acusaba a los socialistas de ser el apoyo de los nacionalistas, con el tradicional discurso demócrata anticaciquil, desmarcándose del juego antinacionalista: “le diré que serán conservadores o jaimistas los concejales que el informante alude; pero que en el Ayuntamiento baracaldés no hay más que un considerable número de concejales que, salvo raras excepciones, están únicamente para defender los intereses de poderosas Empresas (&#8230;) Este Ayuntamiento está compuesto por siete nacionalistas, tres jaimistas, tres conjuncionistas, dos republicanos independientes, un conservador maurista, otro conservador no definido. (&#8230;) un tradicionalista que no sabe si lo es, y un concejal alcaldable que toda vía germina en su cerebro la idea separatista. Pero bien, de todo este considerable número de minorías (&#8230;) pertenecen a las Empresas de este pueblo (&#8230;): un accionista de A.H. de V., otro accionista de Industria y Comercio, seis empleados en A.H. de V., un empleado en la Luchana Mining&#8230;.”  Así, el resurgir de la violencia callejera entre nacionalistas y socialistas, con nuevas denuncias de actuaciones irregulares de la guardia en enero de 1919, no era obstáculo para que éstos llegaran a acuerdos que parecían revivir el frente anticaciquil.</p>
<p>Socialistas y nacionalistas pactaron la renovación de los vocales asociados, arrebatando a la <em>fábrica </em>su tradicional control sobre el presupuesto.</p>
<p>Sin embargo, la vuelta de Juan Garay a la alcaldía a principios de febrero de 1919 no consiguió consolidar ninguna alianza política mínimamente estable. De hecho, su política en torno al tema de las subsistencias le llevó a un enfrentamiento con aquellos sectores de comerciantes cuyo voto había sido solicitado por los nacionalistas en las elecciones a cortes de 1918. Los contactos entre la Unión Comercial y la Casa del Pueblo para abaratar las subsistencias no mejoraron la situación. En abril de 1919 se produjo una manifestación de mujeres que amenazó con asaltar el ayuntamiento y que profirió insultos y abucheos contra el alcalde Garay77. El ayuntamiento respondió a estos indicios de posible desbordamiento del descontento popular tasando el precio de los productos. Esta acción provocó la animadversión de los comerciantes que se quejaban de que: “es un error pretender exigir al pequeño comerciante precios más baratos que los que nosotros tenemos que pagar por los comestibles, una vez que esto no es posible llevarlo a cabo; prueba clara y terminante de ello es que las Cooperativas obreras y socialista de la provincia no han podido acatar los precios fijados por la Junta Provincial de Subsistencias y que esto podía redundar en perjuicio del público, una vez que, de pretender exigir artículos a precio de tasa, los comerciantes tendríamos que dejar de suministrar éstos”.</p>
<p>La oposición de los comerciantes a la tasación desembocó durante el mes de abril en un cierre de establecimientos y un agrio conflicto entre múltiples partes. <em>El Liberal, </em>mostrando cuál la clientela política que le interesaba ganar, se ponía de parte de los comerciantes, mientras el alcalde Garay, desbordado por el conflicto, se vio obligado a ceder autorizando la apertura de los establecimientos a finales de mes y tolerando los viejos precios hasta que la alcaldía pudiera suministrar productos al precio de tasa.</p>
<p>En este convulso clima llegaba una nueva convocatoria de elecciones a Cortes en junio de 1919. De nuevo, la estrategia de la dirección provincial socialista frustraba cualquier salida depuradora al marasmo político barakaldés. Pero, por otro lado, el acuerdo de monárquicos y socialistas tampoco conseguía mantener las viejas prácticas de corrupción del sufragio, puesto que el acta de Barakaldo tuvo que ser anulada por el Tribunal Supremo.</p>
<p>El alcalde Garay volvía a abandonar el cargo entre julio y octubre de 1919, cediendo la alcaldía de nuevo al primer teniente Taranco. A finales del año, se reproducían las denuncias de extralimitaciones y malos tratos de la guardia municipal, La modernización política a la vez que le procesamiento del socialista Gondra por no descubrirse al paso de una procesión atizaba el enfrentamiento ideológico entre la izquierda y el nacionalismo en el poder. En consecuencia, el bloqueo político presidió el resto del mandato nacionalista.</p>
<p>El desafío nacionalista de 1917 se había saldado con un rotundo fracaso. El grupo nacionalista había mostrado su incapacidad para presentar una acción de gobierno contínua y coherente, no había conseguido colaborar en el proceso de construcción nacional desde las instituciones al perder la elección de los delegados que habían de representar a Barakaldo en la asamblea de municipios, se había visto afectado por fuertes tensiones internas que habían provocado la retirada intermitente del alcalde y, finalmente, había sido incapaz de anclar en la causa nacionalista los apoyos coyunturales obtenidos de sectores de la localidad tradicionalmente no nacionalistas, como los comerciantes. En este negativo balance de su paso por el poder, el nacionalismo barakaldés no se alejaba demasiado del fracaso del ciclo expansivo del PNV iniciado en 1917. Pronto sería la hora del reflujo y de la reconsideración.</p>
<p><em>El fracaso de la convergencia de derechas.</em></p>
<p>El pragmatismo socialista</p>
<p>En 1920 el bloqueo de la situación política barakaldesa se resolvió al consolidarse una alianza entre dos de los vértices del triangulo político local. Los socialistas barakaldeses acabaron con sus ambigüedades, olvidaron el precedente de frente anticaciquil y optaron por aplicar la estrategia prietista al ámbito local en el momento en que en Barakaldo se daban unas condiciones similares a las que habían determinado la actuación de la dirección socialista a escala vizcaína: la posibilidad de obtener cuotas significativas de poder.</p>
<p>Las elecciones municipales de 1920 no alteraron substancialmente el equilibrio de fuerzas electorales existente en 1917. La izquierda, esta vez dividida entre republicanos y socialistas, consolidó sus resultados de la última elección a la que concurrió erigiéndose con más del 40% de los sufragios en la fuerza más votada. A pesar de que <em>Euzkadi </em>publicara la intención de los nacionalistas de pasar a la ofensiva en el distrito de El Desierto presentando un candidato80, el mapa electoral de 1917 se mantuvo sin grandes modificaciones. Los dinásticos seguían controlando los distritos de San Vicente y El Desierto, y los nacionalistas hubieron de conformarse con renovar el copo por Burceña. Se produjo, sin embargo, un cierto reequilibrio del voto de derechas. Los nacionalistas se resentían de sus crisis internas y del duro enfrentamiento que, a causa de la cuestión de las subsistencias, habían mantenido con los comerciantes en 1919.</p>
<p>Si los resultados electorales globales no variaban con respecto a 1917, la composición del ayuntamiento sí que se vio significativamente alterada por efecto del sistema de votación por distritos. La pretensión de mauristas y jaimistas de ir al copo en tres distritos redujo su éxito a un sólo concejal, con lo que el grupo de la <em>fábrica </em>reducía su presencia en el ayuntamiento a sólo cinco concejales, el mínimo en todo el periodo estudiado. Por el contrario, los socialistas conseguían actas para tres de sus cuatro candidatos y con cuatro regidores alcanzaban su máxima representación en el consistorio. Por último, los nacionalistas conseguían hacer triunfar a todos sus candidatos, a pesar de su retroceso relativo. Con nueve concejales, los nacionalistas constituían el grupo municipal más numeroso y volvían a quedar a sólo un voto de la mayoría absoluta.</p>
<p>Tal composición ampliaba los efectivos del frente anticaciquil de 1917. Sin embargo, a estas alturas, semejante pacto ni siquiera se planteaba. Al igual que ocurría en el ámbito provincial, la izquierda optó por la alianza antinacionalista con los monárquicos a cambio de amplias cotas de poder. Las pretensiones iniciales de <em>El Liberal </em>no eran pocas: apuntaba la alcaldía para el socialista Evaristo Fernández a cambio de la primera tenencia de alcaldía para Altos Hornos.</p>
<p>Los nacionalistas sólo podían esperar el desacuerdo entre las otras dos fuerzas o la disidencia o incomparecencia de algunos concejales. En este sentido, parece que no estaba exenta de intencionalidad la campaña de <em>Euzkadi </em>en la que se denunciaba la implicación de dos concejales socialistas en el atentado sufrido por un trabajador nacionalista.</p>
<p>Finalmente, los socialistas no consiguieron la alcaldía, pero la <em>fábrica </em>hubo de pagar cara la primera vara municipal para el católico de Altos Hornos Rodolfo Loizaga: la primera y la cuarta tenencias de alcaldía para los socialistas y la tercera para los republicanos, un resultado que difícilmente podría haberse obtenido de los nacionalistas.</p>
<p>La estrategia política de los socialistas no había de ayudar precisamente a relajar el enfrentamiento callejero entre las bases de izquierda y las del frustrado nacionalismo. Una nueva espiral de violencia se abrió en junio, cuando una manifestación nacionalista y una jira socialista coincidieron en la zona de Barakaldo. Según el relato de <em>El Liberal</em>, los nacionalistas dispararon contra la manifestación socialista provocando intentos de asalto al batzoki de la calle Fueros y de linchamiento de los detenidos nacionalistas, además de enfrentamientos entre los manifestantes y la guardia civil. <em>Euzkadi, </em>por su parte, diferenciaba entre tres incidentes independientes y subrayaba que el resultado de las escaramuzas (dos nacionalistas muertos y un herido frente a un republicano muerto) difícilmente podía sostener la campaña de <em>El Liberal </em>acerca del matonismo bizcaitarra.</p>
<p>A diferencia de lo que había ocurrido en el periodo 1918-1920, los nacionalistas se encontraban ahora en desventaja ante este rebrote de la violencia política callejera. La ofensiva represiva gubernamental se veía agravada por la pérdida del control sobre la fuerza pública local. El nuevo alcalde, Loizaga, destituyó al cabo de la guardia nombrado por Garay, que incluso fue cacheado por orden del juez municipal durante la sesión de constitución del ayuntamiento.</p>
<p>Los socialistas tuvieron que pagar un alto precio electoral por su pragmatismo político. De entre las tres fuerzas políticas en juego, fueron los que más castigados electoralmente resultaron por el cambio de alianzas. En las municipales de 1922, el nuevo Partido Nacionalista recogió el voto tradicional del nacionalismo barakaldés e incluso mejoró resultados con relación a 1920. También mejoraba resultados con relación a esta fecha la derecha dinástica. La principal víctima, pues, del juego de alianzas establecido en 1920 eran los socialistas que perdían casi la mitad de sus votos y no obtenían ningún concejal, sin que la recuperación republicana consiguiera recuperar los niveles de voto de la izquierda de las convocatorias anteriores. El prietismo no parecía acabar de convencer a las clases obreras de Barakaldo que desafiaban la línea socialista tanto en su vertiente política como en la laboral, pugnando por romper la estrategia de armonía social y contención reivindicativa seguida por los sindicatos socialistas.</p>
<p>Sin embargo, estos resultados adversos no hicieron variar la estrategia de los dirigentes socialistas barakaldeses. La estrategia prietista no se basaba en la ampliación de las bases electores socialistas, sino en el pragmático aprovechamiento de la coyuntura política para ampliar las cuotas de poder del partido. Así, tras la debacle electoral de 1922, los socialistas optaban por desarrollar crudamente esta estrategia.</p>
<p>La composición del ayuntamiento en 1922 volvía a situar a los nacionalistas, con nueve regidores, a sólo un voto de la mayoría absoluta. La <em>fábrica </em>había superado su escasa representación del mandato anterior y obtenía seis concejales (dos jaimistas, tres conservadores y un católico). Entre ambos sectores, la minoría de izquierda con tres regidores socialistas y un republicano volvía a convertirse en la clave del poder.</p>
<p>Habiendo conseguido el católico Loizaga, alcalde desde 1920, la alcaldía por Real Orden, la reedición del pacto entre la izquierda y los dinásticos hubo de adecuarse a la nueva situación de reforzamiento de los dinásticos. Los resultados de la primera votación apuntan a que la minoría socialista se dividió entre el veterano concejal Fernández, en el ayuntamiento desde 1910 y partidario de la alianza con los dinásticos, y los dos nuevos concejales socialistas que se abstuvieron en las votaciones. El equipo quedó, por tanto, interinamente formado por nacionalistas. En estas circunstancias, la cotización de los votos socialistas se disparaba y Altos Hornos se vio obligada a pagarlos caros.</p>
<p>En la siguiente sesión, los dos socialistas se reintegraron a la disciplina antinacionalista. El equipo resultante otorgaba la primera, la tercera y la cuarta tenencias de alcaldía a los socialistas y la sindicatura suplente a los republicanos. La lógica pragmática de la política socialista había dado sus máximos frutos: <em>los tres únicos concejales socialistas conseguían colocarse en el equipo de gobierno.</em></p>
<p>La estrategia socialista de condicionar el apoyo a los dinásticos a la obtención de amplias cotas de poder volvía a ponerse en práctica un mes después al suspenderse la alcaldía de R.O. En la votación para alcalde, los dos socialistas se abstenían de nuevo y el católico Loizaga había de conformarse con ocho votos frente a los nueve del nacionalista Atxabal. Hicieron falta tres sesiones para que Loizaga consiguiese los votos socialistas, precisamente cuando se mantenía un largo conflicto huelguístico en Altos Hornos. Las reticencias socialistas no parecían, pues, derivadas de la voluntad de no incrementar la contradicción entre oposiciones laborales y oposiciones políticas en la localidad, sino de su estrategia meramente pragmática de obtención de la máxima presencia en el poder. Como se indicaba irónicamente el diario <em>Aberri</em>: “¿Qué les dá el compañero Loizaga a estos ciudadanos universales para que se le muestren tan sumisos y obedientes? Les dá, <em>todo lo que se puede dar en estos casos</em>: guardias municipales diurnos y nocturnos, terrenos comunales, clientes, etc.”</p>
<p>Vista en perspectiva, la evolución de la derecha barakaldesa no podía ser más contradictoria. Tras una común andadura cimentada en su oposición a la izquierda, sus enfrentamientos internos habían acabado por ofrecer amplias cuotas de poder a la izquierda, paradójicamente en sus momentos de máxima debilidad electoral.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Mutaciones y escisiones</em></p>
<p>De manera similar, el amplio frente interclasista articulado por el nacionalismo vasco había de imponer al partido soluciones propias ante el bloqueo político. La presión de los nuevos sectores movilizados abría a finales de la década un periodo de fuertes tensiones, crisis y mutaciones en el seno de los nacionalismos periféricos. L. Hooghe da cuenta de estas mutaciones en lo que denomina modelo de conflicto &#8211; movilización &#8211; actividad de la pauta cíclica del nacionalismo. Dejando aparte la oportunidad del nombre, el modelo de este autor resulta útil y puede sintetizarse de la siguiente manera.</p>
<p>Algunas personas deciden desafiar a los que detentan el poder por medios no convencionales de actuación política. Tal desafío se difunde por el sistema político en función de los agravios existentes (conflicto) y de las posibilidades reales de  éxito (estructura de las oportunidades) y de la fuerza de los contendientes. A medida que se expande la movilización nuevas organizaciones y nuevos sectores se añaden a las inicialmente inspiradoras del procesos. Con ello los temas y las tácticas se diversifican e incluso algunos sectores se radicalizan más allá de los objetivos iniciales de la protesta.</p>
<p>Una parte importante de los movilizados se retira, sin embargo, en la medida en que sus demandas inmediatas son satisfechas o cuando consideran que los costos y los riesgos no compensan el objetivo a conseguir. El movimiento pierde fuerza y se desintegra, pero el ciclo ha alterado sus características. Se han socializado nuevos tipos de participantes, han emergido nuevos actores y se han introducido nuevos temas. En este proceso las pautas y valores asociadas a la nación pueden haberse transformado de manera radical e, incluso, volverse en contra de sus iniciales inspiradores.</p>
<p>Esta era la dinámica que estaba latente bajo las escisiones que vivieron los movimientos nacionalista y catalanista en los primeros años veinte. El golpe de Estado de Primo llegó antes de que el proceso iniciara su reflujo y se completara el ciclo, aunque sí que puede detectarse la retirada o el intento de volver a la situación anterior de algunos sectores. A lo largo de estas escisiones los temas se solaparon y se combinaron de diferentes maneras en los debates, pero es importante separar analíticamente las tres fuentes de fricción básicas y posibles vías de desarrollo:</p>
<p>a) La primera era la de la radicalidad nacionalista. Dado que la soberanía procedía de la nación y ésta ya se había definido en contra de la española en toda una serie de escaramuzas durante los años precedentes, buena parte de los movilizados comenzó a considerar que la defensa de la catalanidad o de la vasquedad exigía una práctica política que no se correspondía con el posibilismo y regionalismo de las direcciones de los partidos nacionalistas-regionalistas y defendían una política más radicalmente nacionalista.</p>
<p>b) La segunda fuente de disensiones procedía de la dimensión social de los programas nacionalistas. Toda idea de comunidad nacional implica de alguna manera la de solidaridad. A pesar del blindaje originario de los nacionalismos en este tema, a medida que los sectores populares se incorporaban a la nación se incrementaba la tensión entre la comunidad espiritualmente solidaria y las desigualdades materiales que se producían en su seno.</p>
<p>c) La tercera fuente de fricción era la más estrictamente política y la única que atentaba directamente contra el núcleo ideológico que había actuado de motor de la expansión nacionalista. Aceptada la idea de una comunidad que aspiraba al autogobierno, definida en la práctica por la lucha política, la estrecha vinculación originaria con contenidos substantivos como el orden social y la religión comenzaba a relativizarse. El autogobierno de la nación tomaba una significación autónoma que no había tenido hasta el momento. Todas la propuestas de ordenamiento político futuro de la nación comenzaban a ser teóricamente posibles, hasta las liberales o democráticas. La misma práctica política cotidiana favorecía estos planteamientos. La experiencia de la represión y de las intervenciones autoritarias del Estado legitimaba los principios democráticos. Para horror de parte de sus impulsores, el inicial regeneracionismo ultraconservador y corporativista nacionalista podía desembocar en la práctica, a través de mecanismos no previstos y mucho menos deseados, en un fuerte motor democratizador.</p>
<p>En el caso vasco, el detonante de la crisis nacionalista fueron las expectativas frustadas de las victorias de 1916-17. La táctica posibilista del partido nacionalista amplió notablemente su base electoral como partido de orden y permitió un ciclo expansivo que comenzó con la consecución de la mayoría en la Diputación de Vizcaya y se manifestó espectacularmente en las elecciones a Cortes de 1918. Un partido que no había tenido ningún diputado hasta el momento se hacía súbitamente con todas las actas de Vizcaya, menos la de Bilbao, y una por Guipúzcoa. Después de estas victorias no era de extrañar que la campaña en pro de la autonomía generara grandes expectativas que se frustraron estrepitosamente al cabo de dos años. La reorganización dinástica, la ofensiva represiva estatal y las mismas contradicciones y rigideces del nacionalismo, redujeron estas victorias a la nada.</p>
<p>Las fuertes tensiones internas que culminaron en la ruptura del partido en 1921 no derivaban tanto de la oposición a la estrategia moderada y posibilista llevada a término hasta el momento como de la brutal frustración de expectativas que implicó su fracaso. Para buena parte de las fuertemente ideologizadas bases nacionalistas, la ortodoxia se convertía en el único agarradero sólido en esta frustrante coyuntura. En este sentido, el escindido PNV aberriano fue básicamente un fundamentalismo, es decir, una radical y confortable reafirmación en los principios como guía de actuación en una situación adversa. El importante papel que las juventudes jugaron en la escisión y el carácter popular de la base nacionalista les permitió crear un juego de imágenes socializantes, que, en el sentido de la segunda fuente de fricción, enfrentaba la verdadera raza vasca a los débiles burgueses de la Comunión (el partido tradicional).</p>
<p>Pero este populismo no era más que aranismo. Fue la primera fuente de fricción, la cuestión de la radicalidad nacionalista, la que rompió el movimiento de arriba a abajo, incluidos los obreros nacionalistas, no una oposición de programas o composición social. Aparte de la fidelidad a la Comunión de la escasa gran burguesía nacionalista, ambos partidos se distinguían más por la radicalidad asociada a la juventud de sus miembros que por su composición social. Sólo algunos sectores de la Juventud Vasca de Barakaldo, con un proyecto de Partido Nacional Vasco, se atrevieron a avanzar por la tercera vía de desarrollo atentando directamente contra la síntesis racial-integrista sabiniana para plantear abiertamente un nacionalismo aconfesional, socializante, democrático y abierto a todos los habitantes del País Vasco.</p>
<p>Las escisiones barakaldesas</p>
<p>Tras su audaz desafío y su llegada al poder, la situación del nacionalismo barakaldés a principios de los años veinte reflejaba la frustración general del nacionalismo vasco ante el fracaso de su ofensiva. Perdido el ayuntamiento y privado de la fuerza pública local en la lucha callejera, el nacionalismo había de sufrir en mayo de 1921 la destitución de sus nueve concejales por el gobernador civil por haber votado una moción en la que censuraban la suspensión gubernativa de un acuerdo de la Diputación acerca del uso del euskera por parte de los funcionarios. La evolución del contexto político para el nacionalismo local era paralela a la general y el fracaso de la ofensiva iniciada en 1917 igualmente notorio. Sobre este clima de frustración incidiría la polémica entre los aberrianos y la Comunión que había de llevar a la escisión del nacionalismo.</p>
<p>Los batzokis de Burceña y Retuerto y la Juventud Vasca apoyaron durante el verano de 1921 la campaña de depuración y petición de responsabilidades sobre la situación que inició <em>Aberri</em>. Existe constancia de una junta celebrada el 2 de septiembre por la Juventud en la que, sin duda, se tomó partido en la crisis abierta en el nacionalismo vasco. Igualmente, el día 3, la sociedad Euskalduna celebró otra junta en la que se decidió la expulsión de varios socios. A finales del verano eran expulsados de la Comunión la Juventud Vasca de Barakaldo, los centros vascos de Alonsótegui y Retuerto, y la sociedad Euskalduna, más los votantes a favor de las tesis aberrianas de la asamblea de Alonsótegui y los batzokis de Regato y Burceña.</p>
<p>La escisión aberriana contó, pues, con el apoyo inicial en Barakaldo de las principales entidades nacionalistas. Este apoyo se vio rápidamente ampliado a la totalidad del entramado institucional nacionalista barakaldés. En diciembre, las entidades nacionalistas respondían a las declaraciones del diputado provincial de la Sota en contra del PNV renunciando a su representación y negándose a continuar los contactos tendentes a solucionar la crisis nacionalista. Firmaban la declaración la Junta Municipal de Barakaldo, la Juventud Vasca, la sociedad Euskalduna y los Batzokis de Retuerto, Regato y Burceña. El nuevo partido nacionalista incluía ya, por tanto, a aquellos dos Batzokis que no habían sido expulsados en septiembre. Una semana después la Junta Municipal ratificaba la adhesión al PNV.</p>
<p>Por su parte, en Alonsótegui, el <em>Centro Vasco </em>había decidido prestar apoyo a <em>Aberri </em>en dos juntas sucesivas de 22 y 28 de julio de 1921. En noviembre, el presidente de la junta municipal comunicaba a Eguilor la falta de información sobre la fundación del nuevo partido y la decisión de retener las cuotas hasta decidir a qué partido adscribirse. La adhesión al PNV se confirmó en la primera semana de enero de 1922 por una votación de 40 a favor, 10 en contra y 8 abstenciones.</p>
<p>A principios de 1922, la totalidad de las entidades nacionalistas barakaldesas se había escindido de la Comunión y adherido al nuevo PNV. Con tal apoyo institucional, no era extraño que el nuevo partido se aprestase a luchar con renovada beligerancia y en exclusividad en las elecciones municipales de febrero de 1922. Aunque anunció su intención de presentar por primera vez candidatos en El Desierto, finalmente hubo de conformarse con la más tradicional competencia por las mayorías en los distritos de San Vicente y Retuerto y el copo en Burceña.</p>
<p>Los buenos resultados electorales obtenidos por los nacionalistas en 1922, similares a los de 1920, no encandilaban al nuevo partido: “el fin supremo del Nacionalismo no son las luchas electorales”. La composición del ayuntamiento de 1922 confirmaba el alejamiento del poder institucional del nacionalismo barakaldés iniciada en 1920, que había condicionado el surgimiento de la escisión de <em>Aberri </em>y, en consecuencia, nada invitaba a un replanteamiento del camino emprendido por el nacionalismo local en el otoño-invierno de 1921.</p>
<p>Viejos y nuevos temas se solapaban en esta crisis de la Comunión de 1920-21. Más, concretamente, resurgían los viejos temas conflictivos en el seno del nacionalismo, pero en un nuevo contexto. El nacionalismo barakaldés ya no era el mismo de 1917.</p>
<p>Durante la ofensiva de los años posteriores, el nacionalismo había sufrido importantes mutaciones: se había erigido en un referente nacional claro y excluyente y, además, había conseguido un éxito notable a la hora de movilizar a nuevos sectores de la población en torno a su programa</p>
<p>La radicalidad nacionalista, a diferencia del catalanismo, había sido teóricamente explícita en el nacionalismo vasco desde su nacimiento. Sin embargo, como denunciaban los aberrianos, el propio éxito del movimiento había llevado a una práctica regionalista. Tal como denunciaba un editorial de <em>Aberri:</em> “A medida que el Partido Nacionalista va ganando en cantidad, va perdiendo en calidad. El espíritu sabiano se va entibiando y aquella austeridad de principios e intransigencia patriótica que el Maestro infundió en los primeros <em>Jetzales</em>, se va mistificando. Vamos de concesión en concesión, de dejación en dejación, olvidándonos de nuestra primitiva fiereza&#8230;”</p>
<p>Una práctica política radical era aún más novedosa en Barakaldo, donde, como se ha expuesto, el nacionalismo había mantenido estrechos lazos con las fuerzas vivas y a las redes de poder local. Desde 1917, con el desafío a Altos Hornos, la situación se había clarificado, pero cabe recordar que hombres como Ariño, presidente de Euskalduna en 1904-05, se mostraban reticentes a la nueva dinámica excluyente. Lo cierto, es que a partir de esta fecha, ya no eran posibles ambigüedades como al fundador del batzoki de Burceña, Francisco Tierra, posteriormente diputado provincial monárquico, o la del propio alcalde de Altos Hornos, Rodolfo Loizaga, que dirigía en este periodo la represión de las manifestaciones nacionalistas, habiendo sido, según <em>Aberri, </em>“tan asiduo concurrente en otros tiempos a jiras y fiestas nacionalistas, donde sabe él muy bien que la más franca alegría y la mayor corrección son los dignísimos acompañantes de todos los concurrentes&#8230;.</p>
<p>Las juventudes suelen ser señaladas como un factor de radicalización consecuente de los principios nacionalistas. De hecho, la Juventud Vasca de Bilbao fue el bastión del PNV en todo el proceso de escisión de 1921. Sin embargo, si bien la Juventud Vasca de Barakaldo, como se verá, tuvo un protagonismo incuestionable y actuó como punta de lanza de la evolución nacionalista en estos años, los datos disponibles para Barakaldo no apuntan a una oposición generacional en este sentido.</p>
<p>En 1917, la media de edad de la Junta directiva de Euskalduna era de 33.8 años, pero esta relativa juventud no constituía una novedad en el nacionalismo barakaldés. El primer concejal nacionalista entró en el ayuntamiento con 34 años y la media de edad de los nuevos concejales se mantuvo siempre entorno a los 38 años. Igualmente, la media de edad del grupo nacionalista en el ayuntamiento fluctuó en torno a los 40 años.</p>
<p>Por tanto, no se constata una diferencia apreciable en cuanto a la edad entre los primeros concejales nacionalistas y los del periodo posterior a 1917. Si bien es cierto que en este año se produjo un notable rejuvenecimiento de los nuevos concejales, también lo es que el PNV aberriano llevó por primera vez al ayuntamiento hombres mayores de 55 años, con lo que la media de edad del grupo nacionalista de 1922 resulta ser la más elevada del periodo estudiado (44,5). Mayor peso que la edad <em>estrictu sensu </em>en la radicalidad nacionalista parece tener el grado de imbricación en las redes sociales tradicionales de poder local. En este sentido, sí que resulta notoria la transformación social del nacionalismo barakaldés durante las dos primeras décadas del siglo XX. Hasta 1910, los escasos datos que tenemos sobre la base social del nacionalismo barakaldés apuntan a su vinculación a los sectores medios bajos autóctonos (labradores, jornaleros). Coincidiendo con la consolidación del grupo municipal en torno a los cinco concejales, se produjo una significativa transformación social entre 1910 y 1917. La presencia de labradores se vio reducida a un único concejal (9.5%) y la de las clases bajas a un 23%. En su lugar, las clases medias y, especialmente, las clases medias independientes (comerciantes, industriales, contratistas) constituyeron el grueso del grupo municipal (61.9%). La expansión del nacionalismo local, en compleja relación de amor y odio con Altos Hornos, pareció coincidir con su adopción por una parte de las clases medias urbanas.</p>
<p>Sin embargo, a partir del desafío de 1917 y más acentuadamente a partir de 1920, esta configuración social varió notablemente. Las clases medias mantuvieron sus posiciones, pero en el resto de la composición del grupo se produjeron importantes variaciones. En estos años, las clases bajas recuperaron un creciente protagonismo, pasando a constituir el 55% del grupo aberriano de 1922. Similar proceso, aunque más limitado, siguieron los labradores. Por otro lado, y esto constituía una novedad sin precedente, las clases altas irrumpieron en el grupo nacionalista (12%), concretamente jóvenes profesionales liberales.</p>
<p>Por tanto, el nacionalismo barakaldés del periodo de ofensiva y crisis aparece como un movimiento claramente interclasista, con un importante componente popular incluso entre sus representantes en las instituciones y con presencia de profesionales acomodados. En resumen, todo un espectro social alternativo a la sociedad no nacionalista. Era esta una composición similar a la apuntada por Ludger Mees para el grupo aberriano, aunque, a nuestro entender, en el planteamiento de este autor existe una confusión entre la ausencia de la burguesía industrial nacionalista en el PNV con la negación del carácter acomodado de la dirección peneuvista. Abogados, gerentes, ingenieros o el propio caso del médico barakaldés, José Larrea, miembro del BBB del partido, no diferencian socialmente de manera substancial al PNV de la Comunión, aunque resulte claro que el primero no contó con el apoyo de la minoritaria gran burguesía que apoyaba a la Comunión.</p>
<p>En una localidad eminentemente industrial como Barakaldo, esta composición interclasista implicaba un notable peso de los trabajadores en el movimiento nacionalista. Así, en 1917, tanto la junta de la Juventud Vasca como la de Euskalduna estaban íntegramente compuestas por trabajadores. Igualmente, los jóvenes trabajadores eran hegemónicos en la junta directiva del batzoki del Regato de 1922. A finales de 1921, el núcleo dirigente del nuevo PNV confirmaba esta preponderancia de trabajadores combinada con la presencia de jóvenes profesionales liberales. Presidía la Junta Municipal un joven abogado de 30 años, que contaba con la ayuda de un modelista y un albañil como tesorero y secretario respectivamente. La cúpula dirigente del nacionalismo barakaldés se completaba con un albañil en la presidencia de Euskalduna, un forjador en la del Batzoki de Retuerto y Juan de Garay, alcalde en 1917 y marino acomodado, en la del Batzoki de Burceña. En Alonsótegui, por su parte, era un jornalero de 40 años quien presidía la Junta Municipal que se completaba con un empleado de 24 años como secretario y un capataz de 29 como tesorero.</p>
<p>Por tanto, la radicalidad nacionalista aparece relacionada con el establecimiento de un espectro social alternativo, vertebrado por esta ideología, e independiente de los intereses y tradiciones de un grupo social determinado.</p>
<p>Ahora bien, el notable peso de trabajadores en las filas del nacionalismo vasco había de incidir en el convulso panorama nacionalista. Aceptada la exclusividad de la identidad nacional quedaba pendiente el escollo de las diferencias sociales en el seno de esta comunidad, es decir, la segunda línea de desarrollo.</p>
<p>La armonía de las clases y, en todo caso, la subordinación de la cuestión social a la cuestión nacional era el lema tradicional del nacionalismo vasco. Ello no obstó para que, como expresión de la base popular autóctona, surgieran desde muy pronto propuestas en favor de un sindicato nacionalista. En Barakaldo existió una sociedad de obreros vascos de la que sólo se conoce su reglamento de 1909. Sin embargo, el sindicato SOV-ELA se fundó bastante tarde en la localidad: en 1919 en Barakaldo y 1920 en Alonsótegui, contando con unos 500 y 100 afiliados respectivamente, según <em>Euzkadi</em>. En noviembre de 1921, un estadillo municipal recoge la existencia de este sindicato y de las agrupaciones de madera, oficios varios (Barakaldo y Alonsótegui), caldereros y ajustadores.</p>
<p>Ya en 1919, Antonio de Villanueva, dirigente de la SOV barakaldesa, había tomado parte en el debate sobre el contenido social del nacionalismo. Defendía Villanueva la necesidad del abandono del “neutralismo” de la Comunión y la elaboración de un programa social claro y vinculante. Es de suponer que defendiera similares ideas en la conferencia que pronunció en la Juventud Vasca de Barakaldo en marzo de 1920. Esta crítica al conservadurismo social de la Comunión fue uno de los aspectos que configuró el clima de descontento sobre el que había de producirse la escisión nacionalista. Sin embargo, aunque por oposición a la Comunión tildada de conservadora, el nuevo PNV apareciera más cercano a la cuestión social, la realidad es que no llegó a formulaciones claras al respecto. Para ambos partidos, la cuestión social no era solamente secundaria con respecto a la nacional, sino que quedó relegada del ámbito de los compromisos programáticos.</p>
<p>Sin embargo, existía desde 1920 en Barakaldo una coyuntura favorable para la expansión de un nacionalismo obrerista y demócrata. La tradicional hegemonía socialista sobre el movimiento obrero local empezaba a resquebrajarse dada su contradictoria posición. La alianza política socialista con la dirección de la <em>fábrica </em>entraba en contradicción con la dinámica de la lucha social en la localidad. Además, la votación de la alcaldía en plena huelga en Altos Hornos convertía esta contradicción en flagrante.</p>
<p>Para los descontentos con la estrategia españolista de Prieto, surgía por la izquierda una escisión comunista que en junio de 1921 aprobaba su reglamento y que con su actividad regular a partir de 1922 constituía un desafiante referente en la sociabilidad política de la izquierda local. También en el terreno sindical la tradicional hegemonía socialista se veía cuestionada por la formación a partir de agosto de 1922 de un Sindicato Único de Trabajadores de Barakaldo.</p>
<p>Resultaba evidente que las bases de la izquierda barakaldesa no podían tener ninguna simpatía por el nacionalismo vasco tal como se había formulado hasta al momento, puesto que el agresivo antimaketismo y antiizquierismo constituían elementos definitorios de este movimiento. Seguramente, profesaban ese españolismo primigenio que señalaba Fusi, pero en todo caso no acababan de ser convencidos por el españolismo prietista, tal como muestran los resultados electorales socialistas. La izquierda barakaldesa había remontado el bache electoral de 1913 y 1915 en la municipales de 1917 con 941 votos (30%) y alcanzaba su mejor resultado en las de 1920 con 1545 votos (42%). La estrategia de alianza con los hombres de Altos Hornos invertía esta tendencia. En las municipales de 1922, la izquierda no superaba los 900 votos (23%). De hecho, esta evolución era aún más marcada en el caso de los socialistas.</p>
<p>El rápido incremento del voto socialista entre 1917 y 1920 (415 y 1005 respectivamente) se tornaba en una verdadera debacle en 1922. Los 447 votos de este año se situaban por debajo de los resultados obtenidos en 1911 y 1913.</p>
<p>Este descrédito socialista entre parte de sus bases electorales fue explotado por los nacionalistas. Por primera vez, los nacionalistas podían abandonar el integrismo y el conservadurismo en su discurso antisocialista. En la campaña electoral de junio de 1918 el nacionalista Esteban de Isusi se mantenía todavía en el esquema tradicional de crítica a los socialistas: “Acordaos de Agosto en que teníais planteada un huelga justa y la intromisión de los elementos perturbadores de los Prieto y comparsa hizo que se convirtiera en revolución aria y ser perdida por vosotros; los mismos que mientras poníais el pecho a las balas del ejército, preparaban cuidadosamente su huida a Francia ”Sólo un año después, el también candidato nacionalista Epalza “ensalzó y elogió la labor desarrollada por Pablo Iglesias [y] atacó duramente la actuación del candidato por Bilbao, Sr. Prieto, manifestando que no se le puede considerar como demócrata por pertenecer a la camarilla que obtiene los triunfos inclinando la rodilla ante las gradas del Trono”. La entente de Prieto con la derecha dinástica permitía que por primera vez los nacionalistas pudieran atacar a los socialistas desde su terreno tradicional: el de la democracia y la defensa del trabajador. En este sentido, tras el pacto municipal de 1920, <em>Euzkadi </em>insistía en la traición socialista a sus bases<strong>, </strong>aunque no podía evitar rematar la crítica con una vuelta a la más rancia ortodoxia antimaketa: “son aquellos que arribaron á este pueblo con alforjas, erigiéndose hoy en administradores de nuestra hacienda”.</p>
<p>Esta variación del discurso que sin duda, tal como revela el anterior pasaje, era meramente pragmática por parte de los dirigentes nacionalistas, tenía posibilidades reales de calar entre las bases trabajadoras del nacionalismo barakaldés. Mientras la anterior generación del nacionalismo vasco veía con profunda desconfianza cualquier democratización que pudiera desembocar en el acceso al poder de los izquierdistas y moralmente corruptos maketos, la generación nacionalista forjada en la lucha electoral y social de este periodo podía adoptar las reivindicaciones democráticas y antiburguesas que el prietismo había abandonado, puesto que, dado el pacto de la izquierda con el poder estatal, eran ellos las principales víctimas de la represión política del régimen.</p>
<p>Sin embargo, ni la Comunión ni el PNV dieron cuenta de esta evolución. Tanto en el terreno social como en la cuestión religiosa o en las formulaciones políticas sobre el futuro Estado vasco, el PNV aportaba pocas novedades. La radicalidad fundamentalista le confirió una áurea dinámica e innovadora frente a la instalación de la inercia cauta y acomodaticia de la Comunión, pero distó de dar solución a las cuestiones que estaban en la base de su nacimiento. Resulta, así, comprensible que la Juventud Vasca barakaldesa, después de haber jugado un decidido papel en la escisión a favor de los aberrianos y haber ayudado al establecimiento del PNV aberriano en Barakaldo, mostrase pronto su insatisfacción ante el nuevo partido y mantuviese su independencia de criterio entre ambas organizaciones nacionalistas. Ya en diciembre de 1921 asistía su junta directiva, para escándalo de <em>Aberri, </em>a una conferencia de Eleizalde, destacado teórico de la estrategia gradualista de la Comunión y polemista antiaberriano. A finales de 1922, la insatisfacción ante ambos partidos llevó a un grupo de jóvenes barakaldeses a lanzarse de lleno por la tercera vía de desarrollo con la fundación de un tercer partido: el Partido Nacional Vasco.</p>
<p>El ideario del Partido Nacional sólo es conocido indirectamente a través de las conferencias que se realizaron en la Juventud Vasca desde noviembre de 1922 a febrero de 1923, con una asistencia media de 100 personas. Aparte de lo publicado en la prensa, se conserva un borrador de la de Telesforo Uribe- Etxebarria</p>
<p>El Partido Nacional partía de una explícita declaración independentista reclamando la “independencia absoluta y terminante de nuestra patria”, según Uribe-Etxebarria. Se alejaba, por tanto, de la ambigua formulación de “derogación de la ley de 1839&#8243; que había permitido la convivencia de diferentes tendencias en el seno del nacionalismo vasco y que todavía defendía la Comunión. Con ello, se acercaban a los planteamientos del PNV aberriano. Sin embargo, los puntos de contacto acababan aquí, puesto que el Partido Nacional tenía una concepción muy diferente de la aberriana acerca de la organización del futuro Estado vasco.</p>
<p>El Partido Nacional propugnaba una república vasca unitaria con “unas mismas Cortes legislativas y un mismo poder ejecutivo para todos los vascos y teniendo las regiones y Municipios facultades solamente administrativas”, según la formulación del ponente del programa Nicolás de Aldai. Con tal declaración casi jacobina, los disidentes barakaldeses superaban el esencialismo y el idealismo tradicional que defendía la restauración del funcionamiento político vasco previo a la abolición de los fueros. La independencia de la nación vasca ya no podía ser un mero retorno a la situación anterior a 1839; sino que debía desarrollarse en torno a un sistema político homologable a la contemporaneidad, desde el cual cimentarla y reforzarla. Así, el tema de la centralización vasca iba ligado al tema de la unificación del euskera. A la manera catalana, debía crearse un euskera unificado por encima del conglomerado de dialectos locales y regionales. En definitiva, el Partido Nacional abandonaba idealizaciones tradicionalizantes y esencialistas, que veían en el pasado anterior a la revolución liberal española la nación vasca ya formada, para incidir en la necesidad de la moderna construcción de la nación en consonancia con lo que habían sido los principios del nacionalismo liberal del siglo XIX.</p>
<p>En este punto, se acercaban más a la teoría y la práctica de la Comunión que al PNV. El ex-presidente de la Diputación, Ramón de la Sota Aburto, expresaba el acuerdo de la Comunión con estos planteamientos señalando “la necesidad de la unidad nacional de que el Estado sea uno y único”, y atribuía a los particularismos tradicionales el fracaso de la nación vasca en la historia. Igualmente, Julián de Arrién establecía que la multiplicidad de gobiernos iría contra la unidad nacional y remitiría más a un regionalismo españolista administrativo “que le repugna” que a la reivindicación nacionalista. El PNV, por el contario, en tanto que retorno a la ortodoxia integrista, defendía el pensamiento del Maestro y proponía una confederación de estados vascos absolutamente autónomos, con dialecto propio y personalidad soberana propia, teóricamente facultados para separarse de la confederación, y supuestamente organizados a la manera tradicional. Así, el conferenciante aberriano, Luís González de Etxabarri, establecía en este punto el principal desacuerdo entre la nueva propuesta y el PNV, señalando que “esa futura constitución que se propone es lo más antidemocrático y centralista y los más contrario al espíritu que informó la antigua y libérrima legislación del Pueblo Vasco”. La diferencia de planteamientos era substancial, puesto que no se trataba simplemente de una oposición entre centralismo y federalismo, sino de dos concepciones del movimiento nacional absolutamente distintas: la que defendía la necesidad de construir la nación, adecuarla a la contemporaneidad y cimentarla desde el Estado y la que, casi al margen de las nuevas realidades sociales, pensaba que la nación vasca había existido con anterioridad a la privación de sus derechos por los liberales españoles y, en consecuencia, sólo necesitaba para su libre funcionamiento del abandono de sus ocupantes. La declaración de Uribe- Etxebarria sobre el idioma expresaba claramente la resistencia ortodoxa a aceptar la propuesta de construcción nacional del nuevo partido: “En lugar de preocuparnos hondamente en la unificación de los dialectos actuales creo que sería más práctico que invirtiésemos todas nuestras energías en desterrar el erderade [de] nuestra patria”.</p>
<p>A la luz de esta substancial diferencia de planteamiento, estaba claro que la disidencia barakaldesa no se basaba, como pretendían los aberrianos, en una cuestión de grado o matiz. El resto de los puntos de fricción constituía el correlato lógico del paso adelante dado por los disidentes barakaldeses en la dirección de la tercera línea de desarrollo arriba apuntada. La comunidad nacionalista vasca se había definido en los enfrentamientos prácticos de las dos décadas anteriores, jalonados de batallas políticas y callejeras con heridos y muertos, y había tomado conciencia de su existencia. En consecuencia, el programa nacionalista debía centrarse en la realización de la voluntad de autogobierno de tal comunidad que progresivamente aparecía como independiente de los estrechos contenidos substantivos que venían caracterizándola teóricamente. Nada impedía a esta nación dotarse del sistema político que decidiera. Se abría, así, no sólo la posibilidad de superar las recetas concretas ofrecidas por Sabino sobre la organización del futuro Estado, sino también, y esto era lo radicalmente novedoso, de relajar y modificar los estrechos criterios fijados por el Maestro para definir la comunidad. Como expresaba la Juventud Vasca en carta dirigida a <em>Euzkadi, </em>la idea de Sabino de que Euskadi era la única Patria de los vascos constituía “lo UNICO que admitimos como básico y dogmático en el Nacionalismo Vasco”. El resto de las cuestiones quedaban expuestas al debate y la discusión.</p>
<p>Este desarrollo resultaba lacerante en el tema religioso. El Partido Nacional proponía una estricta separación de la Iglesia y el Estado relegando la cuestión religiosa al ámbito privado y suprimía el Jaungoikua de su lema. La formulación de Nicolás Aldai muestra que, con todo, las formulaciones del nuevo partido distaban de ser radicales en esta cuestión: “Pero a pesar de ser el Pueblo Vasco tradicionalmente católico, existen y existirán en el mañana discrepancias religiosas entre sus hijos, y a éstos no podemos ni debemos cerrarles las puertas de nuestros Batzokis y Sociedades si aman a Euzkadi y desean su libertad <em>No pedimos libertad completa para estos hermanos nuestros</em>, que han perdido la fe de Cristo para que sus ideas expongan en nuestros Bazokis, sino solamente tolerancia para que, juntamente con nosotros laboren en pro de la patria”.</p>
<p>De hecho, el aberriano Luís G. de Etxabarri prefería eludir el tema reduciéndolo a “un simple matiz de tolerancia, que el Partido Nacional quiere proclamar en su Manifiesto y que el Partido Nacionalista, sin aludir a ella en el suyo, la practica todo los  días”. No era este el caso de la Comunión. Ya cuando publicó la carta de la Juventud sobre su interpretación de la herencia sabiniana, <em>Euzkadi </em>se había apresurado a subrayar la síntesis indisoluble entre nacionalismo y religión como elemento central de su legado: “No creemos que lo UNICO básico en el Nacionalismo Vasco sea la afirmación patria.</p>
<p>A esa afirmación política unimos la afirmación religiosa, estimando, por tanto, que lo básico del Nacionalismo por nosotros defendido es, conforme a las enseñanzas sabinianas, la afirmación de la unidad patria y la afirmación religiosa”.</p>
<p>De manera similar, el comunionista Elejondo se declaraba partidario de la separación <em>económica </em>entre Iglesia y Estado, pero se mostraba contrario a la supresión de la primera parte del lema sabiniano, ya que “el espíritu religioso se halla tan arraigado en el alma de nuestra raza, que serán inútiles todos los esfuerzos que se hagan para desvincularlo”. Mucho más radical era en este sentido, Ramón de la Sota: “No hay problema religioso en el País Vasco porque la inmensa mayoría de vasco son católicos. Habrá, sin duda, una minoría &#8211; de número y de calidad- que no tenga sentimiento religioso de ningún género, <em>bien por holgazanería o por incultura. </em>Estos son precisamente los que constituyen la intolerancia ignorante. Y frente a esa intolerancia es cuando <em>no cabe el bálsamo misericordioso de nuestra tolerancia </em>que es virtud demasiado preciosa para la cerrilidad”.</p>
<p>No había cabida para los laicos en la nación vasca y sus planteamientos sólo podían ser descalificados. La Comunión era, por tanto, radical en la defensa del legado integrista sabiniano, a pesar de su moderación y apertura en otras cuestiones.</p>
<p>Las novedades del desarrollo protagonizado por el Partido Nacional eran también evidentes en el tema social. Seguramente, nunca se plantearon los impulsores del nuevo partido subordinar la cuestión nacional a la social, ni mucho menos formar un frente único con los trabajadores socialistas con los que se batían en las calles. Sin embargo, no era éste el tema fundamental. La cuestión era que, aún sin abandonar la lógica subordinación del tema social a nacional (de lo contrario no serían nacionalistas), no había razones para seguir realizando profesiones de fe ante los dogmas armonicistas sabinianos para aquéllos que no eran ni nostálgicos tradicionalistas ni modernos conservadores. Puesto que los trabajadores constituían el grueso de la comunidad nacionalista (como mínimo así era en Barakaldo) y su realidad social era constatable, el nacionalismo debía formular un programa claro y vinculante acerca del tema social, tal y como había propugnado Antonio Villanueva en 1919.</p>
<p>La diferencia entre el Partido Nacional y los dos partidos nacionalistas no estribaría tanto en las implicaciones concretas de este programa como en la clara voluntad de establecer un compromiso entre el movimiento nacionalista y la realidad social de la mayoría de la comunidad nacionalista. La dificultad de los conferenciantes de las dos ramas nacionalistas para abordar este tema eran proverbiales. Ramón de la Sota recordaba el proyecto de la Diputación para facilitar el acceso de los campesinos a la propiedad de los caseríos y, tras una larga disertación sobre el socialismo, parecía cifrar las mejoras obreras en la educación y el cooperativismo. Uribe-Etxebarria concluía que “a pesar de que el Nacionalismo Vasco no haya definido aún oficialmente su actitud en la esfera social, es tan poco lo que vosotros demandáis, que no puede haber ningún patriota que se oponga a vuestras pretensiones”. Pero es sin duda la argumentación del comunionista Elexondo la que mejor sintetiza la nebulosa armonicista que caracterizaba el discurso nacionalista sobre esta cuestión y su incapacidad para dar respuesta a la desafío obrerista del Partido Nacional: “&#8230;esta cuestión podrá ser resuelta en el País, de forma armónica y cordial, entre patronos y obreros, el día en que el ideal nacionalista triunfe. Nadie más capacitad o que la organización nacionalista para encontrar una fórmula de concordia a este problema, ya que nuestro ideal, al estrechar los lazos de fraternidad entre los vascos de todas las clases sociales, uniéndolos con los vínculos de un efusivo cariño de hermanos, facilita la compenetración, acorta las distancias, despierta la mutua simpatía haciendo posible una cordial y fraternal convivencia de la inteligencia, el capital y el trabajo, mediante la distribución, en justa y equitativa proporción, de los beneficios debidos a los tres factores que integran la producción de la riqueza”.</p>
<p>A la luz de las anteriores consideraciones parece más correcto situar al Partido Nacional como un precedente de ANV, tal y como apunta Mees, que enmarcarlo simplemente en las incapacidades del PNV para dar repuesta a los problemas que provocaron su escisión de la Comunión como defiende Elorza. Es necesario insistir en que la disidencia del Partido Nacional no sólo suponía una específica combinación de los acentos en los temas que enfrentaban a los dos partidos nacionalistas, sino que cuestionaba abiertamente las soluciones dadas por el Maestro y, aún más, atentaba contra el estrecho núcleo definitorio de la misma comunidad nacionalista (integrismo, antiliberalismo, antimaketismo). En este sentido, resulta especialmente relevante el preámbulo de la conferencia de González de Etxebarri: “El espíritu del nuevo Partido es sano en cuanto pretende crear un vínculo más amplio de unión entre todos los vascos, en cuanto defiende una mayor tolerancia para las ideas y opiniones del adversario, en cuanto busca soluciones más progresivas a los problemas políticos y sociales. Pero ese espíritu es nocivo en cuanto significa <em>una acogida indudablemente suicida al elemento extraño</em>, en cuanto puede caer, no ya en la tolerancia para las ideas ajen as, sino en la transigencia de las propias, en la claudicación más o menos consciente de las propias convicciones, en cuanto esa busca de soluciones progresivas puede hacernos perder la genuina idiosincrasia”.</p>
<p>El nuevo Partido Nacional no sólo pretendía dotar de un sentido menos integrista y más socialmente comprometido a la ortodoxia sabiniana, sino que, haciéndose eco de una realidad local eminentemente industrial, urbana y obrera, atentaba directamente contra su intolerancia y cerrazón (“acogida indudablemente suicida al elemento extraño”) abriendo por primera vez el camino para una desvinculación de la definición de la comunidad nacionalista de los contenidos tradicionalistas.</p>
<p>Con semejantes planteamientos, la disidencia barakaldesa aparecía a los ojos de los aberrianos como una auténtica deserción, máxime cuando algunos de estos planteamientos la acercaban a la Comunión. En marzo de 1923, la Juventud Vasca se adhería, en contra del resto del nacionalismo local, a la manifestación convocada por la Comunión para el primero de abril, que Aberri calificaba de “gran farsa”. La resolución aprobada por los participantes subrayaba los puntos de coincidencia entre los disidentes barakaldeses y la Comunión: definición de los vascos como una nación única, idioma unitario-literario para el Euzkera, restauración de la “independencia nacional que Euzkadi disfrutó durante siglos” y creación de un estado unificado vasco y de un gobierno para todo el País Vasco.</p>
<p>Posteriomente, según anunciaba <em>Euzkadi, </em>la Juventud Vasca de Barakaldo apoyó al candidato nacionalista a Cortes, Mariano de la Torre. Con este apoyo explícito, la Juventud no se distanciaba de la base del nacionalismo barakaldés, puesto que este candidato obtuvo una votación similar a la obtenida por los candidatos nacionalistas anteriores a la escisión.</p>
<p>Tras haber planteado un esbozo de superación del nacionalismo tradicional, los disidentes barakaldes parecían tomar en la primavera de 1923 un camino de apoyo a la Comunión en aquellos temas en que la política de ésta coincidía con su ideario. Sin embargo, no es posible evaluar si la tercera opción nacionalista propuesta por la Juventud Vasca de Barakaldo iba a ser absorbida finalmente por alguna de las dos grandes tendencias en pugna o si, por el contrario, mantendría una posición autónoma.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>El final de un ciclo</em></p>
<p>El golpe de Estado del general Primo de Rivera suspendió la evolución de los movimientos nacionalistas e impide establecer en qué propuestas políticas y sociales se hubiera concretando la mutación que vivían. A pesar de ello, en Barakaldo, se había cerrado un ciclo político ya antes del golpe. La pretensión originaria de encontrar una fórmula política moderna que evitara los peligros de la democratización y la lucha social había fracasado estrepitosamente. Las derechas habían llegado a un punto en que preferían pactar con la izquierda antes que retornar a la actuación común que había presidido el desarrollo de los discursos de referencia comunitaria en los primeros años. El propio éxito de su propuesta estaba en la clave de este resultado.</p>
<p>La nueva manera de hacer política había conseguido movilizar a amplios sectores de la población paralelamente a la movilización de la izquierda. La misma lucha política había legitimado un conjunto de normas y hábitos de actuación democráticos que precisamente de pretendían deslegitimar en la síntesis inicial. La presión de los nuevos sectores movilizados apuntaba a desarrollos ni previstos ni deseados inicialmente. Incluso se planteaban en torno a la apelación nacional combinaciones específicas de temas que atentaban contra la matriz originaria que la había dotado de sentido.</p>
<p>Sin embargo, a pesar de este común fracaso de la propuesta inicial, la diferencia estructural persistía entre sus impulsores en ambas localidades. En Barakaldo, la síntesis original había fracasado en la práctica política, pero no había perdido su vigencia. El Partido Nacional era sólo un desafío parcial fruto de las peculiaridades locales que difícilmente podía cuestionar al conjunto del nacionalismo vasco. Sin variar sus presupuestos ideológicos el nacionalismo vasco había conseguido cimentar un amplio movimiento interclasista libre de lastres y compromisos con los grupos dominantes.</p>
<p>Había conseguido incluso penetrar en el mundo del trabajo con sindicatos propios que contraponían el ideario nacionalista al movimiento obrero izquierdista. El propio éxito del PNV subrayaba la vigencia de las síntesis sabiniana. La vieja matriz no se había resquebrajado, sino que por el contrario contaba con nuevas fuerzas para enfrentarse a la izquierda.</p>
<p>Antonio Fco. Canales Serrano</p>
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		<title>La Arboleda y alrededores: caminos de hierro</title>
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		<pubDate>Tue, 11 May 2010 04:15:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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		<description><![CDATA[De la costa al monte… Casi desde el nivel del mar, desde el valle vizcaíno de Trápaga se nos presenta el monte de forma brusca. Este paseo es un viaje a mi infancia. Aquí aprendí a amar el monte y a la naturaleza. Desde muy pequeños, en el verano, mis padres nos traían a mis [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/La-Arboleda.jpg" class="floatbox" rev="group:1808 caption:`La Arboleda`"><img class="alignleft size-medium wp-image-1809" title="La Arboleda" src="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/La-Arboleda-300x225.jpg" alt="" width="258" height="193" /></a>De la costa al monte… Casi desde el nivel del mar, desde el valle vizcaíno de Trápaga se nos presenta el monte de forma brusca. Este paseo es un viaje a mi infancia. Aquí aprendí a amar el monte y a la naturaleza. Desde muy pequeños, en el verano, mis padres nos traían a mis dos hermanas y a mí casi todos los domingos. Después de misa cogíamos un taxi desde Barakaldo hasta el Valle de Trápaga, pero más adelante cuando fuimos creciendo, casi siempre íbamos andando hasta la entrada del “Funi” -funicular que va desde La Escontrilla hasta Larreineta- para subir a la localidad de La Arboleda.<br />
Este maravilloso lugar de aquellas vacaciones eternas e inolvidables de los años 60 y principios de los 70 son el mejor recuerdo que guardo de mi infancia, de mis correrías por el monte y de mi primer contacto con la naturaleza. Allí pasé los veranos desde que aprendí a andar hasta los trece años. Todavía recuerdo las palizas que se pegaban mis padres con la bolsa de cuadros rojos y negros siempre llena de comida y con tres renacuajos dando guerra por el camino.</p>
<p>A continuación te propongo varias rutas por el paisaje minero La Arboleda y sus alrededores.</p>
<p>De Barakaldo a La Escontrilla</p>
<p>Se puede ir por carretera por la N-635 Bilbao-Santander y desviarse a la altura del ayuntamiento de Trapagaran, ascender por una carretera de unos 5 Km sinuosa y difícil hasta Larreineta, pero no merece la pena, pues se pierde el encanto del viaje. La mejor solución es llegar hasta Barakaldo en metro hasta la estación de Bagatza salida Avenida Miranda y luego coger en esta misma calle la línea de Bizkaibus A3141 (mediante el bono de creditrans puedes empalmar un transporte con otro incluido el funicular).</p>
<p>Subida a Larreineta</p>
<p>Este funicular se creó en 1926 para facilitar el transporte de mineral y a su vez comunicar los montes de Triano con el Valle de Trápaga. Su longitud es de algo más de 1 kilómetro y salva un desnivel de 342 metros. Actualmente sirve de transporte para los habitantes de la zona, además de ruta de ocio y turismo principalmente para los ciudadanos de la margen izquierda, pues lo tenemos muy a mano.</p>
<p>Durante la semana se suelen ver coger el “Funi” a los vecinos que bajan a trabajar al Gran Bilbao y a algunos chavales que van a estudiar a los colegios más cercanos. Los fines de semana o en época estival es más frecuente ver a jóvenes y viejos, unos con sus mochilas otros con las bicis a pasear por las numerosas rutas de la zona.</p>
<p>Durante el recorrido del “Funi” podemos ver el camino de la antigua vía de la Orconera, que iba desde el Valle hasta el cargadero de Lutxana (Barakaldo) junto a la dársena de Portu, pasando por Retuerto. Actualmente este camino de apenas 8 Km rodeado de encinas, cerezos, robles y avellanos no esta en muy buenas condiciones: por una parte, presenta desprendimientos en el terreno y, por otra, están las obras de la Supersur. Creo que muy pronto será rehabilitado tanto para ciclistas como paseantes (muy recomendable).</p>
<p>El funicular durante el recorrido va abrigado de mimosas, eucaliptos, robles, pinos y demás especies de la zona. En Larreineta hay dos opciones; seguir a pie, que es la mejor o coger un autobús, cuesta abajo, para apenas recorrer un kilómetro hasta la Arboleda.</p>
<p>Camino al Argalario</p>
<p>Llegamos a Larreineta, un pueblo de pasado eminentemente minero, como lo denotan sus casas, y a unos 200 metros nos desviamos a la izquierda, por una rampa empinada que nos lleva a Barrionuevo. Aquí todavía se pueden ver sueltas a las gallinas picoteando en el suelo. Al final de las casas hay un lavadero donde no hace tanto tiempo se reunían las mujeres a lavar la ropa. Siempre me acuerdo de los enormes tenderos de ropa, que se secaban rápidamente, pues allí corre muy fuerte el aire y la colada se seca enseguida.</p>
<p>Si te acercas a la orilla izquierda de la explanada se contempla un paisaje majestuoso e impresionante, al fondo se ve la desembocadura de la ría de Bilbao en El Abra así como</p>
<p>todos los pueblos y montes de ambas márgenes que miran a la ría. Antes en esta planicie en el mes de agosto se podía recoger cantidad de manzanilla, el campo estaba plagado, y en los corrales entre las piedras había muchos caracoles.</p>
<p>A la derecha del camino todavía se puede contemplar una montaña artificial de color rojizo oscuro de escoria y desechos minerales procedentes de la separación del hierro. Si buscas bien aún se puede encontrar alguna limonita que otra y, por supuesto, cuarzo. De pequeños cuando hacíamos la colección de minerales, aquí veníamos.</p>
<p>Llegados a este punto os propongo dos rutas; una corta que acaba en Ugarte o más adelante en Retuerto y otra bastante más larga que acaba en el Parque de Tellaetxe en Gorostiza (Barakaldo).</p>
<p>Camino de Ugarte</p>
<p>El recorrido es de apenas de 2 kilómetros en constante descenso. Son caminos bastante vallados, pues la principal fuente de riqueza aquí es la ganadería. El camino está lleno de argomas, helechos y zarzas llenas de moras buenísimas a principios de septiembre. Descendiendo hacía una explanada podremos encontrar cantidad de restos de la industria minera –hornos, lavaderos, cargaderos de mineral- y continuando nos aproximamos a un terraplén –escombrera plagada de escorias-, seguiremos bajando bordeando al final un riachuelo hasta llegar a la altura de las vías de la Orconera. Al lado está el túnel más largo de la Orconera del cual no se divisa el fondo, aquí nos encontramos la Mina de los Alemanes (de críos íbamos a buscar casquillos y balas procedentes de la guerra) donde se está construyendo un tramo de la autovía Supersur. Prácticamente ya estamos en el barrio de Ugarte y ya podemos coger el camino de vuelta cruzando la carretera y esperar el autobús de línea A3144 (Bilbao-Cruces-Barakaldo). Si queremos continuar seguimos la vía de la Orconera a mano derecha y acabaremos en el Barrio de Retuerto en Barakaldo, desde aquí podemos coger cualquier autobús o el metro detrás del Bilbao Exhibition Center (Feria de Muestras en Barakaldo) en la estación de Ansio.</p>
<p>Subida al Argalario</p>
<p>Desde Barrionuevo seguimos el camino asfaltado hacía arriba. También podemos bordear el monte por la derecha a través de un sendero cubierto de restos de mineral, así llegaremos al mismo lugar un montecillo, siempre desde que yo recuerdo lleno de caballos que pastan sueltos en las faldas del monte Bitarratxu al igual que las vacas y algún que otro rebaño de ovejas. Al fondo se divisa el repetidor del Mendíbil, nos aproximaremos a él y continuaremos más adelante hasta el monte más emblemático de Barakaldo el Argalario, como decimos los barakaldeses de Barakaldo de toda la vida. Desde aquí vemos todos los montes cercanos y lejanos. Para mí este es el auténtico balcón de Vizcaya: por un lado los más cercanos como son el Arroletza, Sasiburu, Peñas Blancas y, encima, el Apuko; a continuación el Eretza, y seguidamente el Ganeran, el Pico Mayor, el Pico Menor y el Pico la Cruz; luego girando la cabeza hacía la ría los montes más próximos a Bilbao como son: Artxanda y a la derecha el Pagasarri y el Ganekogorta. En los días claros se ven también el Sollube, el Monte Oiz y los montes del Duranguesado. Después de este cúmulo de imágenes impregnadas en la retina volveremos sobre nuestros pasos a iniciar el descenso de unos 8 kilómetros a través de una carretera asfaltada y sinuosa que desemboca en el barrio baracaldés de Bengolea junto al Parque de Tellaetexe, para mi gusto el parque más bonito del Gran Bilbao, aquí ya estamos en la civilización y podemos coger cualquier autobús que pase por Retuerto o si todavía tienes ganas de andar ir hasta Barakaldo.</p>
<p>La Arboleda</p>
<p>La pequeña localidad de La Arboleda no ha perdido aún el encanto de antaño a pesar del paso del tiempo. Todavía uno puede imaginarse cómo bajaban los tranvías aéreos cargados sus cucharas de hierro para aprovisionar a la emergente y floreciente industria vizcaína a finales del siglo XIX y principios del XX.</p>
<p>Cuando nos asomamos desde Larreineta, parece mentira viendo el paisaje que haya habido tal bullicio de personas de arriba abajo picando la piedra a cielo abierto en busca del oro de finales del XIX: el hierro. En sus buenos tiempos hubo más habitantes que en algunos pueblos colindantes, la inmensa mayoría, gente emigrante procedente de Andalucía, Extremadura, Castilla y Galicia principalmente.</p>
<p>Este caótico paisaje plagado de lagunas artificiales creadas por la inundación de las minas, le confiere al terreno una suerte de belleza artificial creada por el hombre de manera involuntaria debido a su esfuerzo y su trabajo tan poco recompensado en aquellos tiempos. Actualmente en la laguna más grande la gente suele echar la caña, por si pica algo y algún insensato suele bañarse, aunque más de uno se haya ahogado.</p>
<p>Visita obligada</p>
<p>Actualmente la Arboleda es un lugar de ocio y esparcimiento para la mayoría de los habitantes de la margen izquierda del Nervión. Se ha instalado el Campo del Golf de Meaztegi, no sin protestas, pero al final ha primado la economía como siempre.</p>
<p>Al pueblo se accede a través de una calle central escalonada hasta el kiosco, con sus típicas viviendas mineras muy atractivas para el visitante. En el extremo norte del pueblo de La Arboleda se alza el arruinado edificio del hospital de Matamoros.</p>
<p>Si es la primera vez que vienes, es recomendable visitar el Centro Medio Ambiental “Peñas Negras”, a un kilómetro de La Arboleda. En este centro se trata de comprender y hacer comprender la historia geológica de la zona y su historia más reciente. Además, se busca sensibilizar a la población sobre el respeto y el mantenimiento de estos parajes naturales. También en la Arboleda se organizan excursiones a caballo y otra serie de actividades relacionadas con el ocio.</p>
<p>Gastronomía del lugar</p>
<p>Son famosas las alubias rojas del restaurante La Sabina con sus sacramentos, aunque actualmente en el resto de los establecimientos las hay también muy ricas.</p>
<p>Es muy recomendable comprar en la panadería del pueblo el pan de leña, al lado está la quesería, que nos vende un queso de oveja latxa tanto fresco -que es el más famoso- como el semicurado, muy logrados.</p>
<p>Frecuentemente se ven sobre todo a jubilados en busca de setas en los bosques de los alrededores. Como anécdota, hasta hace algunos años todavía se comían los burros recién destetados, y dicen los que la han probado que es una carne excelente.</p>
<p>Camino al Regato, pulmón de Barakaldo</p>
<p>Ascendemos desde la quesería a través de las escuelas al cementerio que está en la parte alta de la Arboleda, desde aquí podemos ver el pantano viejo o de Arnabal. A través de este pantano por ambas márgenes se accede al El Regato, nosotros nos decidimos por la orilla izquierda y bajamos por una especie de laberinto abismal por las muchas vallas y recovecos que nos encontramos a lo largo del sendero hasta llegar a la presa, a partir de aquí tomamos la carretera que baja directamente al El Regato. Si ha llovido mucho los días anteriores en la pared izquierda de la carretera se ven cascadas de agua que van directamente a los sumideros. La única nota negativa del recorrido es encontrarse con la gente que pilota esas motos quars que distorsionan el silencio del paraje y destrozan los caminos.</p>
<p>Al llegar al Regato, otro lugar imprescindible de visitar, podemos hacer dos cosas; o ir andando a Barakaldo a través de un Bidegorri –camino acondicionado para pasear- apenas a 4 kilómetros del casco urbano, o esperar el autobús A3139 de Bizkaibus que sale cada hora, y si tenemos tiempo podemos tomarnos algún pincho -que los hay buenísimos- acompañado de lo que más te guste para hacer tiempo.</p>
<p>Kiko Martinez</p>
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		<title>El Ferrocarril de la Ría</title>
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		<pubDate>Fri, 07 May 2010 06:18:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Industria]]></category>
		<category><![CDATA[Patrimonio]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace ahora 120 años, el 24 de septiembre de 1888, se inauguró el recorrido completo del ferrocarril desde Bilbao a Portugalete. Cuando se plantea el propósito de conformar el espacio metropolitano de Bilbao, la Villa tenía entonces (en 1877) 32.734 habitantes y las anteiglesias inmediatas de Abando 2.771, Begoña 1.867 y Deusto 2.323, siendo Portugalete [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Puente-Alzola-.jpg" class="floatbox" rev="group:1804 caption:`Puente Alzola`"><img class="alignleft size-medium wp-image-1805" title="Puente Alzola" src="http://ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/Puente-Alzola--300x94.jpg" alt="" width="253" height="94" /></a>Hace ahora 120 años, el 24 de septiembre de 1888, se inauguró el recorrido completo del ferrocarril desde Bilbao a Portugalete. Cuando se plantea el propósito de conformar el espacio metropolitano de Bilbao, la Villa tenía entonces (en 1877) 32.734 habitantes y las anteiglesias inmediatas de Abando 2.771, Begoña 1.867 y Deusto 2.323, siendo Portugalete con3.013 vecinos, después de Barakaldo que tenía 4.710 el municipio más habitado de la comarca, superando a Sestao, 1.077, Santurtzi-Ortuella, 2.614 y a Getxo con 2.651 en la otra orilla de la Ría.</p>
<p>En el Proyecto de Ensanche de la Villa de Bilbao aprobado en 1876 y redactado por el arquitecto Severino de Achúcarro junto con los ingenieros de Caminos, Canales y Puertos Ernesto Hoffmeyer y Pablo de Alzola, ya se preveía la propuesta que el ingeniero inglés Charles Vignoles, autor del proyecto del ferrocarril de Tudela a Bilbao y de la estación terminal del Norte en Abando inaugurados en 1863, hacía cinco años había hecho.</p>
<p>Suponía prolongar, antes de que el conjunto de vías finalizara dicho trazado, la vía de la derecha y mediante un ramal que pasase por debajo del arco seco existente en el Puente de Isabel II (Arenal) vincularla con la Ría hasta una estación en Olabeaga donde existían desde 1868 los Diques Secos de  Bilbao, prolegómeno de lo que años más tarde sería la Compañía Euskalduna de Construcción y Reparación de Buques. Considerando que entonces el puerto fluvial de Bilbao se desarrollaba, en la margen izquierda en los muelles de Ripa y Uribitarte. Por problemas económicos no pudo realizarse y el trasvase de las mercancías de la estación de Abando a la de La Naja se efectuara mediante carruajes por una rampa en la calle Ripa.</p>
<p>La concesión y el pro y e c t o</p>
<p>El empresario inmobiliario, financiero y político Federico de Solaegui consiguió en 1872 una concesión para construir una línea de ferrocarril a lo largo de toda la margen izquierda de la Ría para transporte de mercancías y viajeros pero el estallido de la II Guerra Carlista impidió iniciar las obras.</p>
<p>Posteriormente, José María Arteche creó la Sociedad del Ferrocarril de Portugalete obteniendo el 10 de mayo de 1884 la concesión para el tráfico industrial de mineral y el de pasajeros desde Bilbao a Barakaldo, Sestao y Portugalete de 12 km. de longitud. El proyecto de trazado, con una disposición de vía en ancho ibérico de 1,675 m. estaciones, viaductos y demás obras lo realizó el ingeniero Pablo de Alzola y Minondo (1841-1912), a su vez director gerente de la empresa.</p>
<p>Existieron grandes dificultades para la expropiación de terrenos por la existencia en las proximidades de su recorrido de fábricas y ferrocarriles mineros, empezando a construirse desde 1885.</p>
<p>El tramo hasta Desierto (Barakaldo) se abrió el 19 de marzo de 1888 finalizando poco después, el 24 de septiembre de ese mismo año en Portugalete. Constituyó un enorme acontecimiento urbanístico, social, económico y tecnológico.</p>
<p>El párroco de Barakaldo bendijo la llegada del tren inaugural que arrastrado por la locomotora de vapor Baracaldo y siete coches había partido a las nueve de la mañana siendo apoteósica su llegada a Portugalete a una estación provisional.</p>
<p>El carácter de transporte para trabajadores se manifiesta con el horario del servicio que desde el día siguiente se iniciaba a las 5:55 de la mañana. El recorrido completo con parada en todas las estaciones duraba 25 minutos. El edificio terminal definitivo se inauguró el 25 de mayo de 1890.</p>
<p>Modificaciones en el trazado</p>
<p>En Bilbao, la dificultad de conexión en el muelle de Ripa exigió que en 1890 se estableciese el enlace entre Olabeaga y Cantalojas, junto a la estación de Abando que permitiría la continuidad de la red procedente de la meseta a través del F.C. de Tudela con la nueva línea que sirvió para las diversas instalaciones industriales cercanas a su trazado. Pocos años después ante el notable incremento del tráfico se duplicó la vía (en 1893, año de la inauguración del Puente-Transbordador Bizkaia entre Portugalete y Getxo transportó 2.415.737 pasajeros). Dado el crecimiento del puerto exterior y del propio municipio de Santurtzi (junto con Ortuella tenía 10.199 habitantes en 1920) se vió conveniente prolongarlo hasta este municipio.</p>
<p>Ante los inconvenientes de proseguir con un recorrido rectilíneo que hubiese obligado a irrumpir y crear una incómoda injerencia en la trama urbana histórica de Portugalete se optó por modificar su alineación 600 m. antes de su final, trazando una curva desde un lugar conocido como la Canilla, abriendo un túnel de cerca de un kilómetro hasta el barrio de Peñota, donde se construyó un apeadero. Esta modificación obligaba a los trenes a una curiosa maniobra puesto que después de parar en la estación de Portugalete debían regresar un tramo hasta el desvío y cambio de agujas y dirigirse por el túnel hacia el final de su nuevo recorrido. Posteriormente se resolvió el inconveniente con la construcción de un apeadero Portugalete-Empalme justo antes del túnel, que es la actual única estación en la villa y supuso el abandono de la histórica estación que dejó definitivamente de prestar servicio de pasajeros el 14 de julio de 1957.</p>
<p>El resto del nuevo trazado se resolvió con rellenos, el borde de ribera fluvial cuyo muro de contención se había iniciado en 1906 creando un nuevo espacio conocido como “El Relleno”, llegando el tren el 21 de diciembre de 1926 a la que sería su estación final en</p>
<p>Santurtzi junto al parque y el puerto pesquero para pasajeros, pero con una extensión por los muelles comerciales. A su vez, estas obras supusieron la desaparición de la playa de El Salto, el atractivo turístico de Portugalete, lo que originó un cierto declive de su interés veraniego. Debido a esta gran demanda, el consiguiente aumento del tráfico y razones económicas, sería electrificado en 1933 y como sucedió con otras diversas compañías de vía ancha existentes fue incorporada en una única empresa estatal, denominada Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles (RENFE) el 24 de enero de 1941, siendo una de las líneas más importantes y rentables de la península.</p>
<p>Paisaje industrial</p>
<p>Se trata de un trazado que desde su inicio, en el paraje de La Naja junto al Puente del Arenal, recorre toda la margen izquierda, ajustándose a la diversa topografía bordeando Bilbao bajo la cornisa del Ensanche, alameda Mazarredo, y en ciertos tramos por su misma orilla entonces con pocas edificaciones.</p>
<p>Esta diferencia de nivel permitió que posteriormente sobre su trazado se construyeran una parte extrema de los puentes del Ayuntamiento o de Begoña en 1933 y de Deusto un año después y donde bajo éste se estableció un apeadero San Mamés, posterior, errónea y ridículamente denominado Parke–Guggenheim, más cerca estaba el Museo</p>
<p>de Bellas Artes, en servicio hasta el 21 de noviembre de 2003.</p>
<p>Entre las estaciones de Olabeaga y Zorrotza el recorrido lo hace algo más elevado permitiendo una interesante visión panorámica de la Ría y la ribera opuesta de Deusto.</p>
<p>La existencia de espacios portuarios e industriales, el Real Arsenal de Zorroza, una larga construcción de 340 m. de longitud, y la Jabonera Tapia Hermanos, fabricante del popular “Jabón Chimbo” condiciona su distanciamiento del borde para cruzar el río Kadagua y llegar a Barakaldo. La presencia desde 1877 de los numerosos cargaderos</p>
<p>de mineral de The Orconera Iron Ore &amp; Railway Company, Luchana Mining Company y Société Franco-Belge des Mines de Somorrostro y de la fábrica Altos Hornos y Fábricas de Hierro y Acero de Bilbao (1882) obligaron a un trazado más alejado que sirviese también para el municipio que en 1887 ya tenía 8.868 habitantes.</p>
<p>En este contexto de territorio industrial y con el progresivo asentamiento de grandes empresas siderometalúrgicas ha tenido numerosos empalmes a la red y apartaderos hacia el interior de importantes recintos productivos que generaban un enorme volumen de mercancía.</p>
<p>Asimismo resultará fundamental la construcción por la Diputació del Ferrocarril de Triano,  el primero de los trazados mineros, inaugurado el 26 de junio de 1865 y realizado en vía ancha para el transporte de mineral a lo largo de 8 km. por el valle del río Galindo inicialmente entre Ortuella y los cargaderos de San Nicolás en Sestao.</p>
<p>Posteriormente prolongado el 26 de julio de 1890 para servir a nuevas explotaciones mineras a 12,8 km. llegando a Memerea (Muskiz). Años más tarde con la competencia de los otros ferrocarriles mineros de vía estrecha fue deficitario dedicándose más al transporte de viajeros y aprovechando su mismo ancho viario se enlazó en 1889 con la línea Bilbao-Portugalete en la estación de Barakaldo. En la actualidad es la línea de cercanías C2.</p>
<p>Tomado de EL CORREO</p>
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		<title>Infraestructuras (HOSPITALES)</title>
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		<pubDate>Tue, 04 May 2010 04:44:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ezagutu Barakaldo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>
		<category><![CDATA[Patrimonio]]></category>
		<category><![CDATA[Urbanismo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-2343" title="normal_Barakaldo_151" src="http://www.ezagutubarakaldo.net/es/wp-content/uploads/2010/05/normal_Barakaldo_151-300x196.jpg" alt="" width="250" height="163" /> <strong>Asilo de la Fundación Miranda</strong>. Fue iniciativa del baracaldés Antonio Miranda Arana que asignó el remanente de su herencia para la instalación y dotación de un asilo para ancianos pobres de la Anteiglesia. Nació en Burceña el año 1831 y, tras una fecunda vida dedicada al comercio en Cuba a donde llegó en 1846, se vino a Bilbao en 1869. Murió en San Sebastián en 1910. Para cumplir su voluntad, sus testamentarios compraron varias parcelas en el punto de Cruces (barrio de San Vicente). El proyecto del Asilo fue confeccionado por Ismael de Gorostiza. Comenzó su construcción en 1911 y fue inaugurado en 1914. El edificio, precedido de unos amplios jardines, tiene forma de U y consta de planta baja a modo de semisótano y una altura. El eje central se prolonga destinándose a capilla y contiene, además, despachos, sala de visitas, aseos, comedor y estancias de la Comunidad de Religiosas que lo atienden (Hijas de la Caridad). Las dos alas laterales, más pequeñas, están reservadas a para dormitorios de ancianos de uno y otro sexo. En los años ochenta del siglo XX se construyó una nueva Residencia (en la parte posterior del edificio) que conllevó el abandono del descrito edificio que fue destinado a nuevos servicios (entre ellos, el de Conservatorio de Música).</p>
<p><strong>Hospital de Rontegui. </strong>Su origen está en el “viejo fuerte” que existió en el lugar. Constaba de dos cuerpos de edificio de mampostería mixta con cubierta de teja árabe y aspilleras en el muro exterior que da a la Ría. Este fuerte, que ocupaba, sin contar los fosos, de 2.297 metros cuadrados, fue utilizado coyunturalmente como hospital, especialmente tras la tercera guerra carlista. En 1936 estaba absolutamente derruido. En 1904 se construyó el hospital-asilo bajo el proyecto de Alfredo Acebal. En 1928 se destina el edificio para Centro Municipal de Beneficencia (enfermería para epidemiados, albergue para transeúntes y celdas para dementes pobres). Para ello necesitaba ampliar y acomodar las instalaciones y se encargó de ello a Ismael Gorostiza. Su proyecto no se llevó a cabo. El Centro desapareció, vista su precariedad, al finalizar la guerra civil.</p>
<p><strong>Hospital de Altos Hornos de Vizcaya</strong>. Se instaló en el barrio de San Vicente, frente donde, meses después se levantaría el Asilo Miranda. Fue un proyecto de Manuel María Smith (1910). Sigue el estilo de los hospitales de la época: un pabellón central y dos alas laterales (unidas por un pasillo) para enfermos contagiosos y no contagiosos a ambos lados. El cuerpo principal presentaba dos alturas mientras que el resto disponía únicamente de una. Es una de las mejores contribuciones de Smith al estilo del sezessionismo vienés (alzado sencillo desnudo, estructuras asimétricas de la fachada, sucesión de cuerpos escalonados a diversa altira, etc…). Tenía una cubierta aterrazada aunque, en 1927, fue sustituida por techumbres a doble vertiente. La última reforma se realizó en 1950. En la década de los sesenta del siglo XX será sustituido por el actual Hospital de San Eloy.</p>
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